El manual de la dirección de Dios

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CÓMO EL SALMO 25 NOS AYUDA

Recuerdo que en los años 90, muchos se fascinaron con el llamado “Código de la Biblia”, esa idea de que hay mensajes ocultos en el Pentateuco y que se descubren saltando letras cada cierta distancia para predecir el futuro. Pero la verdadera maravilla es que el Salmo 25 no es un mensaje cifrado para unos pocos expertos en computación; es un diseño a plena vista para quienes quieren vivir en la voluntad de Dios. 

El Salmo 25 es, en el hebreo, un acróstico: utiliza el alfabeto de la A a la Z en las primeras letras de cada versículo (en un 95%) para darnos un “Manual de la dirección de Dios”. Mientras el “Código de la Biblia” busca curiosidades ocultas, el Salmo 25 nos revela principios universales y visibles. No necesitamos un software para encontrar a Dios; necesitamos la actitud correcta para que Él, que es inmanente y se deja hallar, nos enseñe el ABC de Su camino.

A veces la percepción común es que solemos creer que Dios tiene a ciertos “elegidos” a quienes les revela con absoluta nitidez sus propósitos, planes y perspectivas.

Recordamos que Isaías dice que uno de los nombres de Cristo es Admirable Consejero (Is. 9:6). El libro de Proverbios dice que podemos “recibir consejo” (Pr. 1:3) y que “el entendido adquiere consejo” (Pr. 1:5). Es decir que la Biblia no da lugar a dudas sobre qué, cómo y dónde buscar consejo y quiénes son los que lo aprecian.
A veces no hace falta más que tomar el Manual y repasar algunas cosas que son básicas. Me sorprendo cuando leo algunos instructivos de aparatos eléctricos porque contienen cosas elementales como: Desenchufe para limpiar, no sumergir en agua, solo para uso doméstico, no tire del cable para desenchufar, mantenga fuera del alcance de los niños, etc. Son las cosas básicas y son las que a veces más se descuidan. Creo que el Salmo 25 nos da una visión de esas cosas que por ser tan elementales (pero no simples) se descuidan en la vida espiritual y hacen que la vida cristiana se parezca más a un laberinto que a la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es perfecto. Pr. 4:18

LA DIRECCIÓN DE DIOS ES PARA PECADORES (1-7; 16-22)

A veces la percepción común es que solemos creer que Dios tiene a ciertos “elegidos” a quienes les revela con absoluta nitidez sus propósitos, planes y perspectivas. Sin embargo, este salmo nos enseña que David no era un ser “superespiritual”, sino alguien con nuestras mismas flaquezas, pecados, batallas e incertidumbres.

El perfil de David en este salmo y lo que descubrimos a través de su vulnerabilidad es que:

a. Es un pecador con conflictos e inseguridades (v. 1-2; 20): Posee un deseo profundo de no ser defraudado. Teme haber depositado su fe en algo que, al final, resulte indigno de su confianza.

b. Experimenta el miedo (v. 1-2; 19): En una comtemporización diríamos que se cuestiona constantemente: ¿Qué sucede si los resultados no son los que imagino? ¿Y si mi perspectiva es errónea? ¿Qué ocurre si interpreto mal las Escrituras? ¿Y si invierto mal mi tiempo o estudio la carrera equivocada? ¿Y si elijo a la persona incorrecta? Como cristianos, nos preocupa el testimonio: ¿Qué dirán los demás si ven que he fallado?

c. Atraviesa angustias (v. 16-18): David experimenta esa sensación de asfixia, de estar cercado por los problemas o “contra la pared” en un callejón sin salida. Una realidad que afecta múltiples áreas de la existencia. ¿Te ha ocurrido?

d. Se siente acongojado (v. 17): Esto describe una presión sofocante; el sentimiento de estar aplastado por un peso enorme sobre el pecho. Es una crisis de alta intensidad emocional. Es un estado de ansiedad.

e. Padece la soledad (v. 16): El término hebreo sugiere que su situación es “única” (similar a la descripción de Isaac). Se siente como el único que transita por ese dolor específico. Esto es algo que, cuando conversas con otros sobre sus temores, resulta ser una inquietud que también esa persona tiene o ha tenido.

f. Es consciente de su pecado (v. 7, 8, 11, 18): El hecho de mencionar sus faltas cuatro veces indica que la conciencia de su fragilidad es constante. Esto abarca la culpa, la rebelión, la convicción de su maldad y su impureza.

g. Se encuentra desorientado (v. 4-5, 16-19): Se pregunta: ¿Qué camino debo seguir? ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida?

Quien obedece no se resiste ni se angustia por la dirección que recibe.

Si estas vivencias forman parte de tu realidad actual, ¡bienvenido al club! Esta es la condición del pecador. Y es precisamente a los pecadores a quienes Dios les promete y les otorga Su dirección (v. 8).

LOS REQUISITOS PARA HALLAR DIRECCIÓN (8-15)

En esta sección repasamos las “instrucciones de fábrica” y confirmamos que no estamos ante algo novedoso, ni ante un código secreto reservado para unos pocos “iluminados” o santos de otro planeta. Los requisitos constituyen, en realidad, el perfil de usuario necesario para comprender las instrucciones.

1. Humildad (v. 8-9)

El término original describía a alguien que había sido “encorvado” por las circunstancias, la pobreza o la opresión. Esto es fundamental: no es posible recibir dirección si no existe la disposición de ser guiado (1 Pe. 5:5). La convicción de nuestra condición pecaminosa nos conduce necesariamente a esta actitud, la cual se manifiesta a través de:

  • Dependencia: El reconocimiento de que no somos autosuficientes.
  • Docilidad: La apertura para escuchar lo que se nos dice, abandonando la rigidez del “ya lo sé”.
  • Mansedumbre: Entendida como “poder bajo control”. Es la disposición de sujetarnos a lo que Dios diga o haga, ya sean situaciones dulces o amargas. Aunque las circunstancias de Moisés con el pueblo fueron sumamente adversas, la Biblia lo describe como el hombre más manso de la tierra (Nm. 12:3). Jesús mismo nos instó a aprender de Él esa misma mansedumbre (Mt. 11:29).

2. Obediencia (v. 10)

En el Antiguo Testamento, la idea de “guardar” está intrínsecamente ligada a la obediencia: se escucha con el fin de obedecer. Dios permite que quienes son diligentes en obedecer perciban la misericordia y la verdad en las sendas que Él traza para sus vidas. Quien obedece no se resiste ni se angustia por la dirección que recibe. En el Nuevo Testamento, encontramos dos conceptos griegos que profundizan esta idea:

  1. Obediencia por Peithō: Una obediencia que brota de la convicción interna. Obedeces porque has sido persuadido de que es lo correcto (Gá. 5:7).
  2. Obediencia por Hypakouō: Una obediencia que nace de la sumisión a la autoridad. Es ponerse “debajo” de una instrucción tras escucharla con atención (Ro. 6:17; Hch. 12:13).

En el pensamiento hebreo, la “comunión íntima” no es solo conocer datos sobre alguien, sino compartir el corazón. La Biblia, la oración y la adoración son el entorno natural donde esta intimidad florece.

Es esta disposición la que a menudo escasea. Además, es vital desarrollar el “gusto por la obediencia”. David rogaba que Dios lo encaminase en Su verdad; esto implica que necesitaba un contacto constante con la Palabra (v. 10). Hebreos 5:14 es clave aquí: si aprendemos a deleitarnos en la Palabra de Dios, sabremos con mayor precisión qué hacer en circunstancias particulares. Es como el buen gusto para combinar la ropa, las comidas, o los colores. En otras palabras, la dirección de Dios se hará más clara porque hay más familiaridad con Su palabra.

3. Temor de Dios / Reverencia (v. 12)

Existe una razón justa para reconocer que Dios puede inspirar un temor reverente (Heb. 10:31, Is. 8:13). Sin embargo, en la Biblia, el temor de Dios se asocia principalmente con la reverencia: la conciencia de estar ante alguien infinitamente superior en santidad, poder y dignidad. Es esa mezcla de asombro y admiración que produce una distancia saludable entre la criatura y el Creador.

Vemos esta actitud en hombres como Moisés (Ex 3:6), Isaías (Is. 6:5), Juan (Ap. 1:17) o Job (Job 42:1-6), o Daniel (Dn. 10:8); su respuesta ante la presencia de un Dios personal fue la reverencia. Una vida reverente se traduce en integridad y rectitud, que es precisamente lo que David pide para sí mismo (v. 21). Esta actitud garantiza la seguridad de saber qué camino escoger en las encrucijadas de la vida.

4. Amistad (v. 14)

Es la consecuencia inmediata de un hábito de vida marcado por la reverencia. Quienes temen al Señor disfrutan de Su comunión y del gozo de discernir Su dirección con mayor sensibilidad. Es un encuentro diario con el Señor por medio de Su palabra (Sal. 1; Jos. 1:8-9); es deleitarse en Su persona de manera que nuestros deseos se aliñen con los Suyos (Sal. 37:5) En el pensamiento hebreo, la “comunión íntima” no es solo conocer datos sobre alguien, sino compartir el corazón. La Biblia, la oración y la adoración son el entorno natural donde esta intimidad florece.

Estos cuatro pilares forman el índice del “Manual de la Dirección de Dios”. Al seguir estas instrucciones, el camino se vuelve cada vez más claro. Son, además, cuatro virtudes que hallamos plenamente en la vida de Cristo: Su humildad (Mt. 11:29), Su obediencia (Heb. 5:8), Su temor de Dios (Is. 11:3) y Su amistad con el Padre (Jn. 15:15).

LAS GARANTÍAS DE UNA DIRECCIÓN SEGURA

¿Cuál es la garantía definitiva? Para concluir, quiero mencionar una particularidad fascinante de este Salmo. Como señalamos al principio, se trata de un acróstico basado en el alfabeto hebreo, un recurso que los autores bíblicos utilizaban no solo por estética, sino para dotar de un sentido más profundo al mensaje.

En el hebreo original, la primera letra del versículo 1, la del versículo 11 y la del versículo 22 conforman una palabra que significa tanto “aprender” como “enseñar”. Este es el corazón y el propósito del Salmo.

Sin embargo, hay otro concepto que atraviesa todo el texto: Esperar (v. 3, 5, 21 y, de forma indirecta pero gráfica, en el v. 15). En hebreo, la raíz de esta palabra está estrechamente ligada a la idea de “tensar una cuerda” o “ligar/unir”. Imaginemos una cuerda atada a un punto firme; esa tensión es la que la mantiene unida y asegura que no se soltará si está amarrada al lugar correcto.

Esperar en Dios para recibir dirección puede resultar agobiante; sin embargo, detrás de esa tensión y de la espera misma, se despliega la obra majestuosa y llena de gracia de Dios. Su propósito es conformarnos a la imagen de Cristo Jesús.

David no halla la garantía de una dirección segura en sí mismo, ni en su piedad, esfuerzos o capacidades. David espera. Esto sugiere que David decide “atarse” o unirse a Dios mientras aguarda, asumiendo toda la tensión que ese proceso implica. Si uno decide anclarse a algo para sostenerse, ese objeto debe ser inamovible. En el plano espiritual, Dios es ese ancla para David.

¿Por qué David elegiría atarse a Dios y no a sus propios recursos (su ejército, su habilidad bélica o su astucia)? ¿Por qué soportaría la tensión de la espera? La respuesta reside en el carácter de Dios. Las siguientes características son el fundamento de nuestra certeza; ellas nos permiten esperar hasta recibir dirección, incluso cuando parece que nada sucede según nuestros planes.

En el Salmo 25 descubrimos que Dios es:

  1. Fiel (v. 3)
  2. Cercano (se revela a los suyos, v. 4, 14)
  3. Maestro (v. 4, 5, 8, 9, 12)
  4. Verdadero (v. 5, 10)
  5. Misericordioso (v. 6, 7, 10, 16)
  6. Olvida el pecado (v. 7)
  7. Bondadoso (v. 7)
  8. Bueno (v. 8)
  9. Recto (v. 8)
  10. Amoroso (v. 10)
  11. Perdonador (v. 11, 18)
  12. Galardonador (v. 13)
  13. Poderoso (v. 15, 19)
  14. Libertador (v. 15)
  15. Lleno de gracia (v. 16)
  16. Consolador (v. 17, 22)
  17. Omnisciente (v. 19)
  18. Redentor (v. 22)

Esperar en Dios para recibir dirección puede ser agobiante, pero detrás de esa tensión y espera está la obra majestuosa y llena de gracia de Dios que es conformarnos a la imagen de Cristo Jesús y eso ocurre únicamente con aquellos que aman a Dios y nada de lo que Dios hace tiene otro propósito que no sea el bien de ser cada vez más semejantes a Cristo en todo nuestro caminar por este mundo. Por eso, debemos hacer nuestras las palabras de David al inicio del Salmo:

Esperar en Dios para recibir dirección puede resultar agobiante; sin embargo, detrás de esa tensión y de la espera misma, se despliega la obra majestuosa y llena de gracia de Dios. Su propósito es conformarnos a la imagen de Cristo Jesús, un proceso que ocurre exclusivamente en aquellos que aman al Señor. Nada de lo que Dios permite en nuestra vida tiene otro fin que no sea nuestro bien supremo: llegar a ser cada vez más semejantes a Cristo en cada paso de nuestro peregrinaje por este mundo.

Por esta razón, debemos hacer nuestras las palabras con las que David inaugura este Salmo:

“A ti, oh Jehová, levantaré mi alma.

Dios mío, en ti confío;

no sea yo avergonzado,

no se alegren de mí mis enemigos”.

Salmo 25:1-2


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Ricardo Daglio

Ricardo Daglio

Ricardo estuvo pastoreando por 16 años en Salto, Uruguay. Desde el 2008 pastorea la Iglesia Bíblica de Villa Regina (UCB) en Villa Regina, Río Negro, Argentina. Está casado con Silvina y tienen tres hijos: Carolina, Lucas y Micaela. Estudio en el Instituto Bíblico de la Unión de Centros Bíblicos (1983-1986). Continuó su capacitación en el Instituto Integridad y Sabiduría (2017-2019) y obtuvo su Maestría en Ministerio Bíblico en The Master's Seminary (2021-2024)