Vida Cristiana

El lugar más seguro del mundo – Salmo 91

Ricardo Daglio 14 min de lectura

Caso #1 En un rincón de su casa o negocio, una persona mantiene una Biblia abierta en el Salmo 91. Asegura que ha sido su amparo constante, liberándola de tragedias y dándole paz en momentos de temor. Es alguien amable, que incluye a Dios en sus conversaciones, aunque no asiste a una iglesia ni acostumbra a leer la Escritura, a pesar de tenerla siempre expuesta en ese pasaje. Por lo que se observa, su vida ha transcurrido en calma, sin haber enfrentado mayores sobresaltos. 

Caso #2 James Chalmers, un misionero presbiteriano nacido en Escocia, zarpó hacia el Pacífico Sur bajo la Sociedad Misionera de Londres en 1866. Durante sus treinta y cinco años de servicio en las fronteras perdió a dos esposas, pero el dolor solo lo impulsó a una mayor dedicación. Juró sepultar su tristeza en el trabajo para Cristo. En la primavera de 1901, él y Oliver Tomkins realizaban un viaje de exploración a lo largo de la costa de Nueva Guinea, en la región del río Fly. Los dos bajaron a tierra y, al no regresar, un grupo de búsqueda entró y salió con las noticias: Chalmers y Tomkins habían sido apaleados hasta la muerte, cortados en pedazos, cocinados y devorados antes de que el grupo de búsqueda siquiera llegara (citado por John Piper).

Las preguntas inevitables

Ante estos dos escenarios, resulta imposible eludir la interrogante: ¿Hemos fallado en nuestra interpretación o en nuestra fe respecto a este Salmo? ¿Se trata de un lenguaje simbólico que aún no logramos descifrar? ¿Es posible que hayamos malinterpretado la promesa, o que no se nos haya explicado con claridad qué significa, verdaderamente, vivir bajo el resguardo y la sombra de la presencia divina?

  • Necesitamos comprender la esencia del mensaje: Qué es lo que el Salmo comunica realmente, qué declara el autor sobre su propia experiencia, cómo debe interpretarse la literatura poética y de qué manera el Nuevo Testamento confirma la verdad de este cántico a la luz del Evangelio.
  • El enigma del sufrimiento: ¿Cómo es posible que hombres como Chalmers y Tomkins confesaran que Dios era su refugio mientras morían a manos de caníbales? En última instancia, esta es la misma pregunta que surge ante cualquier tragedia personal cuando nuestra confianza está puesta en Dios.
  • El desafío de la hermenéutica: El Salmo 91 es un texto precioso y de inmenso aliento; sin embargo, el desafío reside en nuestra interpretación. Lo que lo vuelve singular es que contiene el único pasaje que, según el registro bíblico, Satanás mismo se atrevió a citar. Esta peculiaridad nos reviste de una advertencia especial: por su propia naturaleza, este Salmo es el escenario donde el tentador vuelve a formular la antigua e insidiosa pregunta del Edén: “¿Conque Dios os ha dicho…que te librará del lazo del cazador, de la peste destructora?” Es esta misma sutil sospecha la que late en la tentación de Cristo en el desierto.
  • El peligro de una mala interpretación: Si Satanás prevalece en nuestra hermenéutica, el Salmo 91 dejaría de ser un reposo en la soberanía de Dios para convertirse en una herramienta con la que el hombre pretende obligar al Creador a cumplir sus propios términos.

Por lo tanto, ¿qué encontramos realmente en este Salmo y qué debemos comprender para vivir, verdaderamente, en el lugar más seguro del mundo? ¿Qué cosas sabemos por cierto?

LA SEGURIDAD CONTINUARÁ

El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré (Sal. 91:1-2)

El poder del Salmo 91 radica en la intimidad personal con el Señor. Los nombres y títulos atribuidos a Dios —Altísimo (Elyon), Todopoderoso (Shaddai), Jehová (Yahweh) y Dios mío (Elohay)— subrayan que Él es absolutamente autosuficiente para rescatar y afirmar a Su pueblo dentro de una relación de pacto y amor leal (Leonard C. Knight).
Si observamos con detenimiento, el salmo se abre con una declaración de confianza en Dios y concluye con una demostración del amor a Dios. Inicia expresando que el Señor es nuestro refugio y finaliza con la seguridad de experimentar Su salvación.

Esto es lo que los creyentes conocemos acerca de Dios; esto es lo que Él representa para nosotros. Entre estos dos puntos se encuentran las experiencias que ponen a prueba y determinan la naturaleza de nuestra confianza. En otras palabras, una vez que se establece el objeto y el lugar de nuestra confianza, se determina la manera en que atravesaremos las circunstancias de la vida. Dios es el único ser verdaderamente inamovible.
Por esta razón, el salmo enfatiza las acciones de habitar y morar, en contraste con el simple hecho de frecuentar. Es la diferencia fundamental entre un hogar y un hotel: en el hogar reside nuestra identidad, nuestras pertenencias y nuestro descanso definitivo. Quienes utilizan el Salmo 91 como un mero amuleto lo tratan como un hotel, pero carecen de una verdadera comunión con Dios.

LOS PELIGROS APARECERÁN

Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y adarga es su verdad. No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya. Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará. Ciertamente con tus ojos mirarás y verás la recompensa de los impíos. Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación, no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra. Sobre el león y el áspid pisarás; hollarás al cachorro del león y al dragón (Sal. 91:3-13).

Estos versículos nos enfrentan a la cruda realidad de las incertidumbres de la vida. El salmista utiliza figuras como el «lazo» o la «pestilencia» para describir amenazas que son, por naturaleza, impredecibles; no sabemos cuándo golpearán ni por dónde irrumpirán. Sin embargo, en medio de esa vulnerabilidad, el versículo 4 nos ofrece una imagen de seguridad absoluta: estamos resguardados bajo Sus alas.
Esta confianza fue la que sostuvo a Lord Craven, un noble cristiano en el Londres del siglo XVII. Ante una epidemia de peste, decidió huir al campo, pero al oír a un sirviente comentar: «Supongo que, si mi señor se va de Londres para evitar la peste, será porque su Dios vive en el campo y no en la ciudad», reflexionó profundamente. Canceló su viaje afirmando: «Mi Dios vive en todas partes y puede preservarme aquí también». Permaneció en la ciudad, socorrió a las víctimas y no contrajo la enfermedad.

La fidelidad de Dios, el escudo real

Es fundamental notar que la descripción de estos peligros no se presenta como una mera probabilidad, sino como un hecho inevitable: el mundo es un lugar caído y las amenazas son reales. No obstante, antes de desplegar este escenario tan temible, el salmista nos revela el atributo que constituye nuestra protección final: Su fidelidad. La fidelidad de Dios no es un sentimiento vacuo, es Su Palabra. Todo lo que conocemos sobre Su carácter fiel lo sabemos porque Él lo ha revelado en las Escrituras. Por lo tanto, lo que sostiene a un creyente en medio de una turbulencia terrorífica no es la ausencia de peligro, sino la certeza de creer lo que Dios ha prometido. Nuestra seguridad no descansa en un cambio de circunstancias, sino en la inmutable fidelidad de Su Verdad.

Nuevamente, los versículos 9 y 10 explican que la capacidad de soportar cualquiera de estas circunstancias radica en que la confianza se ha colocado en el lugar correcto. ¿Cómo soportó José sus padecimientos? La Escritura afirma que Dios estaba con él. ¿Experimentó angustia? Ciertamente; sus hermanos lo confirmaron al recordar su aflicción (Gn. 42:21). De hecho, este mismo salmo menciona en el versículo 15 que la angustia estará presente. Al final del camino, José comprendió que durante todo ese tiempo estuvo viviendo bajo el amparo del Altísimo y morando bajo la sombra del Omnipotente (Gn. 45:5).

Cristo, el mayor ejemplo

El mayor ejemplo de esto se halla en los versículos 11 al 13, especialmente por haber sido el pasaje utilizado por el diablo para tentar a Jesús. La particularidad es reveladora: el tentador mutiló la Escritura, citó fuera de contexto y buscó desviar a Jesús de la cruz. Omitió deliberadamente la frase «en todos tus caminos», siendo la cruz el camino más importante para el Redentor y Su verdadero lugar de seguridad. Sabemos esto porque Hebreos 12:2 declara que Él soportó la cruz por el gozo puesto delante de Él; Cristo veía más allá de los terrores del sufrimiento y de la ira divina. Mientras los fariseos escarnecían diciendo: “Confió en Dios; líbrele Él ahora si le quiere” (Mt. 27:43), Dios, precisamente porque amaba a Su Hijo, no lo libró de aquel sacrificio.

Por ello, una de las trampas más insidiosas es la que promueve el movimiento de la «Confesión Positiva» o «Palabra de Fe», que enseña a los hombres a «declarar» beneficios bajo su propia voluntad. Pero el único que posee toda potestad en el cielo y en la tierra es Cristo, no nosotros (Mt. 28:18). Esta teología busca destronar al Señor para entronizar al hombre; pero intentar esto es, como señala Erik Olare, como ponerle una corona real a un pollo: la cabeza simplemente no puede sostener la corona. Imagine la desolación que sobreviene cuando, bajo esa premisa errónea, el Salmo 91 parece no «cumplirse».

La Biblia interpreta a la Biblia

Para evitar una interpretación errónea, debemos recordar que un texto bíblico no puede contradecir a otro. Como bien establece la Confesión de Fe de Westminster (Cap. 1, Art. 9): «La regla infalible de interpretación de la Escritura es la Escritura misma; y por consiguiente, cuando hay una duda sobre el verdadero y pleno sentido de cualquier pasaje… este se debe buscar y establecer por otros pasajes que hablan más claramente». Cristo demostró este principio al refutar el error del diablo citando Deuteronomio 6:16: «No tentarás al Señor tu Dios».
Al comparar la Escritura con la Escritura, hallamos el testimonio del sufrimiento de los santos en Hebreos 11 y la promesa de Romanos 8:28. El argumento de Pablo es que Dios nos ha dado con Cristo todas las cosas (Ro. 8:32), y esas «cosas» incluyen las tribulaciones descritas en los versículos 35 al 39 del mismo capítulo.

Pablo utiliza el Salmo 44:22 en Romanos 8 para enfatizar que nuestra realidad como discípulos de Cristo no difiere de la de los santos del Antiguo Testamento. Incluso en Lucas 21:16-18 encontramos lo que parece una contradicción absoluta: se nos advierte que algunos seremos entregados a muerte, pero que «ni un cabello de vuestra cabeza perecerá». No hay contradicción: Dios no permitirá nada que no sea lo mejor para nosotros según Su plan eterno. Cuando las aflicciones lleguen, seguiremos estando al abrigo del Altísimo y bajo la sombra del Omnipotente.

LA VICTORIA PREVALECERÁ

Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, y le mostraré mi salvación (Sal. 91:14-16)

Esta porción final emplea términos como «libraré», «angustia», «rescatar» y «saciar de larga vida», los cuales evocan la realidad de una liberación del conflicto y la certeza de una salvación definitiva. No obstante, la promesa culminante frente a todas estas adversidades es la plenitud de vida y la salvación (v. 16). Esta promesa posee un carácter condicional que hallamos en el versículo 14, vinculado directamente a la naturaleza de nuestro amor por el Señor. El término hebreo chashaq (חָשַׁק), traducido como «en mí ha puesto su amor», trasciende el sentimiento superficial; se refiere a un vínculo estrecho, una unión indisoluble o un apego profundo. Era el término técnico utilizado para describir cómo se ensamblaban y ligaban las piezas del Tabernáculo.

Esta clase de afecto es posible en el creyente y da sentido a las palabras del apóstol Juan en su primera epístola (1 Jn. 4:10, 19). Los cristianos poseen un vínculo vital con su Salvador porque, por medio del Espíritu Santo, el amor de Dios ha sido derramado en sus corazones (Ro. 5:5). Es precisamente esta unión la que nos garantiza que la victoria prevalecerá: en la cruz, Cristo nos ha cubierto con sus plumas y hemos hallado refugio bajo sus alas. Esta imagen adquiere una belleza sublime al recordar que Jesús lloró sobre Jerusalén utilizando esta misma metáfora para manifestar la profundidad de su amor (Lc. 13:34).

Fue en la cruz donde Jesús «pisó sobre el león y el áspid, y holló al cachorro del león y al dragón» (Sal. 91:13). Pablo alude a este triunfo en Colosenses 2:15; la victoria prevalecerá porque todo fue consumado en el Calvario y la muerte ha sido finalmente absorbida en victoria (1 Co. 15:54-56). La salvación de Dios nos ha librado ya de la pena del pecado, nos asiste hoy liberándonos del poder del pecado y nos librará, finalmente, de la presencia misma del pecado. Ese será el momento en que seremos saciados de «larga vida» y contemplaremos la plenitud de nuestra salvación, la cual está reservada en los cielos para nosotros (1 Pe. 1:4).

CONCLUSIÓN

El lugar más seguro del mundo no es un destino geográfico libre de conflictos, ni una Biblia abierta en el Salmo 91. La seguridad no descansa en la ausencia de peligro sino en la inmutable fidelidad de Dios aún si morimos como Chalmers y Tomkins. Es que el Salmo 91 no promete que los males y las penurias de este mundo no alcanzarán al creyente; lo que garantiza es que, en medio de ellos, Dios jamás abandonará a sus hijos (Mt. 28:20). No asegura la ausencia de aflicción, pero sí certifica que en cada prueba estaremos bajo la cobertura suficiente de su gracia (2 Co. 12:9). Su mensaje no implica que el adversario no pueda acecharnos, sino que este no podrá dar un solo paso sin el permiso soberano de Dios (Lc. 22:31).
Tampoco significa que la enfermedad sea ajena a nuestras vidas; significa que el Señor nos «sustentará sobre el lecho del dolor» y «mullirá toda nuestra cama» en medio del sufrimiento (Sal. 41:3).

Finalmente, no significa que la muerte no nos alcanzará, sino que, cuando lo haga, ni siquiera ella tendrá el poder de separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús (Ro. 8:38). Como bien entendían los reformadores, el creyente es inmortal hasta que su obra en la tierra haya terminado.
Esto es únicamente posible porque Jesucristo cargó con nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores; no obstante, tal sacrificio fue el resultado de haber sido herido por Dios y abatido (Is. 53:4). Cristo enfrentó el peligro más sublime y aterrador en nuestro lugar y por nosotros: la copa de la ira divina. Por lo tanto, el Evangelio es la única puerta para una interpretación correcta y para la vivencia real de las promesas del Salmo 91.


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