Fe, fútbol y la cordura del creyente
Terminó el Mundial. Como argentino, me quedó la pena de que la Selección no levantara otra vez la copa; pero así es el fútbol: casi siempre gana el que juega mejor, y creo que ese fue el caso de España. Lo que no termina, sin embargo, es lo otro. Día tras día las redes se llenan —incluidos muchos cristianos— de opiniones repetidas, artículos reposteados y comentarios sin fin, todo porque a la Argentina se la critica: que si somos xenófobos, orgullosos, malos perdedores, que lloramos, y decenas de cosas más. Puede que algo de eso sea cierto y puede que no. Pero mi punto es otro: no entiendo cómo los creyentes pueden seguir dándole cuerda a estas cosas, como si fueran lo más importante.
Hay un equilibrio que necesitamos recuperar. Es verdad que nuestra ciudadanía está en los cielos y que no somos de este mundo (Filipenses 3:20; Juan 17:16); pero también es verdad que no somos piedras: tenemos emociones, y hasta un sano cariño por nuestro país. Ambas cosas son legítimas. Lo que cansa es ver que los creyentes no puedan “poner la pelota en el piso” y parar un poco. Dejar de llorar, de meterse en cada crítica, de responder cada burla.
Sí, duele que hermanos de otras nacionalidades se burlen; eso no es lindo. Pero cuidado con el origen de ese dolor. No debería dolernos porque somos argentinos, sino porque duele ver a un hermano burlarse —como creyente— de cosas terrenales, convirtiéndolas en motivo de enemistades y contiendas que la Biblia no aprueba (Gálatas 5:19-21; Santiago 4:1). Ahí está el verdadero problema, y ahí debería estar puesta nuestra tristeza.
Entonces, ¿cómo recuperamos la cordura los que amamos a Dios, disfrutamos del fútbol y somos argentinos? El camino no es nuevo: examinar el corazón (Salmo 139:23-24) y cultivar una disposición espiritual gobernada por el Espíritu Santo (Romanos 8:14; Gálatas 5:16). Y en todo esto la Biblia es central, porque es ella la que nos enseña a renovarnos en el espíritu de nuestra mente (Efesios 4:23).
Otra vez: se trata de equilibrio. No es no celebrar ni apagar la pasión; es recuperar la memoria para que estas cosas no vayan más allá de lo que corresponde. Que no se nos trate de fanáticos, pero tampoco de apáticos, porque el mismo Dios “nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Timoteo 6:17). Disfrutemos, entonces, sin perder la cabeza.
Dios nos guarde.
