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sermones

La santificación que Dios garantiza

Ricardo Daglio 12 min de lectura
Un vistazo a la fidelidad de Dios para completar en cada creyente la obra que comenzó, hasta la venida de Cristo

En noviembre de 2019 tuve la oportunidad de viajar a Israel, Atenas y Roma junto con mi hermano Luis. Una de las obras que más me impactó fue el Moisés de Miguel Ángel, ubicado en la Basílica de San Pietro in Vincoli (San Pedro Encadenado), en Roma. Cuando uno se detiene frente a esa escultura, tiene la impresión de que está a punto de levantarse. Miguel Ángel logró representar una tensión contenida extraordinaria: los músculos, las venas, la intensidad de la mirada y hasta la barba parecen tener vida.

Una tradición muy difundida cuenta que, al terminar el Moisés, Miguel Ángel quedó tan impresionado por el realismo de la escultura que golpeó la rodilla con su martillo y exclamó: “¿Por qué no hablas?”. Aunque no sabemos si realmente pronunció esas palabras, la anécdota refleja el asombro que su obra ha despertado durante siglos. También se le atribuye la idea de que la figura ya estaba contenida en el bloque de mármol y que el trabajo del escultor consistía simplemente en quitar todo aquello que no pertenecía a la escultura.

La comparación sirve solo hasta cierto punto. Miguel Ángel necesitó un bloque de mármol; Dios comienza con pecadores. Miguel Ángel quitaba del mármol lo que sobraba; Dios transforma el corazón, la mente, los afectos y la voluntad. Miguel Ángel podía imaginar el resultado final de su obra, pero no podía garantizar que perdurara para siempre. Dios, en cambio, no solo conoce el resultado final de sus hijos, sino que Él mismo garantiza que la obra que comenzó en ellos llegará a su culminación.

Y esa es precisamente la pregunta que pareciera responder Pablo al cerrar su primera carta a los tesalonicenses: ¿qué garantía tiene el creyente de que un día será hallado completamente santificado e irreprensible cuando Cristo regrese?

“Dios, en cambio, no solo conoce el resultado final de sus hijos, sino que Él mismo garantiza que la obra que comenzó en ellos llegará a su culminación.”

Nuestra santificación culminará en la venida de Cristo

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” – 1 Tesalonicenses 5:23

Al leer las últimas exhortaciones de Pablo a los tesalonicenses en 5:14-22, es fácil pensar que se trata de una lista difícil de cumplir, aunque forma parte de la vida normal de un cristiano. Y así es, precisamente porque no se supone que el creyente pueda cumplirlas por sus propias fuerzas. Esto pudo haber pasado por la mente de Pablo al expresar su última oración por ellos: quiso encomendarlos al Dios de paz, porque Él haría lo que ellos no podían por sí mismos.

Dios de paz es una expresión frecuente en el Nuevo Testamento (Ro. 15:23; 16:20; Fil. 4:9; 1 Tes. 5:23; Heb. 13:20). Significa “Dios, quien es la Fuente y Dador de la paz”. La paz, en el sentido paulino, no es simplemente calma o tranquilidad. Siempre se concibe como basada en la reconciliación con Dios. Dios es el Dios de paz únicamente para aquellos que han dejado de estar en guerra con Él y ahora están reconciliados con Él (Ro. 5:1 y Col. 1:20-22). La paz de Dios no es sentimental, sino moral, señala el comentarista Vincent.

Este es el Dios de paz que obra en sus hijos hasta que Cristo regrese. ¿Qué es lo que Él hará?

Dios santificará todo nuestro ser. Vale la pena repasar, aunque no de forma exhaustiva, todo el abanico que abarca la idea de la santificación del creyente. La idea básica en el vocablo “santificar” es poner aparte, apartar para un propósito especial. Un vestido es un vestido, pero un vestido de boda está apartado para algo especial. Ese algo especial, una vida que honra a Dios en el caso del cristiano, no se supone que pueda lograrse en soledad.

La santificación no es un concepto exclusivo del Nuevo Testamento, sino de toda la Biblia. Se la encuentra ya en el Antiguo Testamento, en Génesis 2:3, en el Éxodo con el Tabernáculo, en la historia de Job con sus hijos, en Samuel con el reinado de David, y en otros pasajes. Existe fundamento bíblico para entenderla en tres partes —pasada, futura y presente, en ese orden, para una mejor aplicación—.

La santificación pasada tiene que ver con la posición del creyente delante de Dios, concretada en el momento de la salvación (Heb. 10:10, 14). Los creyentes son perfectos posicionalmente por causa de su identificación con la obra de Cristo; Romanos 3:21-25 es uno de los textos más contundentes al respecto. La santificación futura es la que tiene que ver con el hecho de que Dios hará impecables a los creyentes tanto en cuerpo glorificado como en espíritu; Filipenses 3:20-21 lo expresa con sencillez. Y finalmente, la santificación presente es la que alude este pasaje y que se conoce como progresiva. Posee un aspecto que concierne a la experiencia de la vida diaria del cristiano, y por eso se dice que es el proceso en que los cristianos, batallando por el poder del Espíritu Santo, se van conformando más y más a la imagen de Cristo. Decenas de textos enseñan esto: Juan 17:17; Romanos 6:1-14; Romanos 8:12-13; Romanos 12:1-2; 2 Corintios 3:18; 2 Corintios 7:1; Gálatas 5:16-25; Efesios 4:22-24; Efesios 5:25-27; Filipenses 2:12-13; Colosenses 3:1-17; 1 Tesalonicenses 4:3-8; Hebreos 12:14; 1 Pedro 1:14-16; 2 Pedro 3:18.

La santificación progresiva, a diferencia de la justificación, implica una participación activa del creyente. Pero esa participación nunca es independiente de Dios: el Espíritu Santo mora en los creyentes y los capacita para obedecer. Su obediencia es real, pero siempre es fruto de la obra de Dios en ellos. En 1 Tesalonicenses 5:12-22 hay imperativos —la responsabilidad humana—, pero aquí, en 5:23-24, aparece la obra soberana de Dios. Por eso Filipenses 2:12-13 une ambas verdades en un solo pasaje: el creyente debe ocuparse activamente de su santificación porque Dios es quien obra en él. Como escribió Oswald Chambers, la santificación consiste en concentrarse intensamente en ver la realidad desde la perspectiva de Dios.

Esta es la razón por la que Pablo habla de todo nuestro ser. Será algo completo, y a la vez individual, de cada uno. De eso se trata cuando Pablo habla de “espíritu, alma y cuerpo”, sin enseñar necesariamente que el ser humano está compuesto por tres partes separadas. Algunos han entendido estos términos como tres dimensiones distintas de la persona, pero la Escritura no presenta una separación clara entre “espíritu” y “alma”: de hecho, ambos términos se usan muchas veces de manera intercambiable para referirse a la dimensión interior del ser humano. Hebreos 4:12, por ejemplo, cuando habla de la división del alma y el espíritu, no está enseñando que la Palabra de Dios separa dos componentes diferentes del ser humano, sino que utiliza un lenguaje figurado para describir su capacidad de penetrar hasta lo más profundo del interior de la persona, así como cuando habla de penetrar hasta las coyunturas y los tuétanos.

De la misma manera, cuando Jesús dice que se debe amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (Mr. 12:30), no está intentando dividir al ser humano en partes independientes, sino enfatizar que el amor por Dios debe involucrar la totalidad del ser, es decir, completo. Así también Pablo, al mencionar espíritu, alma y cuerpo, está resaltando el alcance completo de la santificación: Dios no santifica una parte de la persona, sino a la persona entera.

De manera que en la Escritura se encuentran exhortaciones que involucran tanto aspectos externos como internos de la vida. La obediencia a estas exhortaciones es uno de los medios que Dios utiliza para llevar adelante su obra santificadora, como Pablo ora aquí. Esta es la esperanza que Pablo quiere que los tesalonicenses —y todo creyente— tengan presente: que el Dios de paz es quien garantiza esta obra de santificación. Lo que se encuentra aquí no es simplemente una exhortación más, sino la oración de Pablo por ellos, confiando en que Dios mismo llevará a cabo lo que pide. Esto también debe animar el corazón del creyente cuando experimenta batallas en su vida espiritual: es normal y esperable.

Seremos hallados irreprensibles en su presencia. La oración de Pablo incluye que los tesalonicenses sean preservados irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Esto no habla de impecabilidad, sino de vidas en las que no pueda sostenerse una acusación legítima de pecado no confesado o de un patrón de desobediencia. Son creyentes que viven en integridad delante de Dios.

Un buen ejemplo de este tipo de vida es el profeta Daniel: “Entonces los gobernadores y sátrapas buscaban ocasión para acusar a Daniel en lo relacionado al reino; mas no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel, y ningún vicio ni falta fue hallado en él” (Dn. 6:4). Daniel no era un hombre sin pecado, pero sí un hombre cuya vida no daba fundamento a las acusaciones de sus enemigos.

Pablo desarrolla esta misma esperanza en Efesios 5:26-27, donde Cristo santifica a Su Iglesia para presentársela “sin mancha ni arruga… sino santa y sin mancha”. La meta de la obra santificadora de Cristo es un pueblo preparado para Su presencia. Desde esta perspectiva, la certeza del regreso de Cristo impulsa una vida de santidad. Como enseña Juan: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3). La esperanza futura se convierte en un poderoso incentivo para la obediencia presente.

Dios es fiel para garantizar esa santificación

“Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.” – 1 Tesalonicenses 5:24

Si los tesalonicenses pensaban que Pablo estaba presumiendo, o que se trataba de “demasiada fe” de su parte, esta última parte de su oración no solo deshace esa suposición, sino que además afirma una verdad que se basa en el carácter de Dios.

Nuestra seguridad descansa en el Dios que nos llamó. No hay duda de que la teología de Pablo era una teología creída y predicada. Este mismo texto contiene una verdad que luego fue escrita, con otras palabras, a los filipenses unos once años después, en Filipenses 1:6. La fidelidad de Dios es aquella sobre la que descansa la seguridad de la santificación progresiva del creyente. No es la fidelidad humana lo que sostiene, sino la de Dios. La fidelidad del creyente solo es posible porque Dios es fiel en sostenerlo.

“No es la fidelidad humana lo que sostiene, sino la de Dios. La fidelidad del creyente solo es posible porque Dios es fiel en sostenerlo.”

La fidelidad de Dios comienza con su llamado a sus hijos por medio del evangelio. En el momento de la conversión, el llamado eficaz garantiza también los medios para continuar (Jd. 24-25; 1 Co. 10:13). Como dice el comentarista Gordon Fee, Dios no solo es digno de confianza, sino también digno de la confianza que se deposita en Él.

Él mismo hará lo que prometió. En los momentos más oscuros del peregrinaje cristiano conviene recordar la analogía del Mar Rojo: el Dios que llamó a su pueblo fuera de Egipto también abrió el mar para ellos. Dios no deja las cosas inconclusas; así como finalizó la creación y vio que todo era bueno, también comenzó su obra en los que llamó y la finalizará. La santificación final del creyente no depende de las promesas de fidelidad que él mismo pueda hacer una y otra vez, sino de la seguridad de que Dios cumple y finaliza lo que comienza. Jesús mismo oró para que, donde Él estaba, sus discípulos también estuvieran (Jn. 17:24).

En resumen, la oración de Pablo por los tesalonicenses pone de manifiesto varios principios fundamentales que todo creyente debe recordar acerca del proceso de la santificación. Como observa el comentarista MacArthur: primero, la santificación es tanto negativa como positiva, pues implica abandonar el pecado y revestirse del carácter de Cristo (Ro. 6:6; 8:13; Ro. 12:2; Col. 3:5-17; Jn. 17:17). Segundo, ocurre principalmente en el corazón: transforma al hombre interior y, como resultado, produce una vida de obediencia visible (1 P. 3:3-4; Jn. 15:4-5; Ef. 2:10). Tercero, refleja la belleza de la santidad de Dios, siendo la restauración progresiva de la imagen divina en el creyente (Ex. 15:11; Is. 57:15; Gn. 1:26-27).

“La obra de santificación no depende de fuerzas propias, sino de la fidelidad de Dios, que la llevará a su plena culminación cuando Cristo regrese.”

Cuarto, es un proceso continuo, que comienza con el nuevo nacimiento y se manifiesta en una vida cada vez más apartada del pecado y dedicada a Dios (1 P. 1:23-25; Ro. 6:17-18; 1 Jn. 3:9). Quinto, la santificación verdadera no puede ser falsificada: la moralidad, la religiosidad, la apariencia externa o una conciencia sensible no sustituyen un corazón transformado por la gracia (Is. 29:13; Mt. 7:21-23; 23:23-28; Lc. 18:10-14). Sexto, lleva al creyente a honrar lo que Dios llama santo, produciendo una mente y una conciencia purificadas que valoran y respetan las cosas de Dios (Tit. 1:15; Sal. 1:1-3). Y séptimo, la santificación es la prioridad de Dios para sus hijos: es su voluntad, el propósito de la obra redentora de Cristo y la meta de la vida cristiana (1 Tes. 4:3; Heb. 12:14; Tit. 2:14; 1 Jn. 2:6).

La certeza que Pablo deja a los tesalonicenses es la misma que sostiene a todo creyente hoy: la obra de santificación no depende de fuerzas propias, sino de la fidelidad de Dios, que la llevará a su plena culminación cuando Cristo regrese.



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