Serie: 1 Tesalonicenses
Capítulo 5:25-28
Cómo la oración, el amor fraternal, la Palabra y la gracia sostienen la relación entre el pastor y su congregación, y la de los hermanos entre sí.
Solemos pasar rápido por los saludos y las despedidas de las cartas, convencidos de que son apenas formalidades. Sin embargo, muchas veces son precisamente esas palabras las que mejor revelan la naturaleza de una relación. Eso es lo que ocurre al final de 1 Tesalonicenses: Pablo no está simplemente cerrando la carta, sino dejando al descubierto el vínculo que existía entre él y la iglesia de Tesalónica.
Después de todo lo recorrido en esta epístola, ¿cómo podríamos resumir ese vínculo? Y, más aún, ¿qué nos enseña para evaluar nuestra propia vida como iglesia, tanto en la relación entre el pastor y la congregación como en la de los hermanos entre sí? La respuesta está, en buena medida, en estos cuatro versículos.
El vínculo de la oración
“Hermanos, orad por nosotros”. (1 Tes. 5:25)
La oración es un tema recurrente en 1 Tesalonicenses. Pablo ora por los creyentes a lo largo de la carta (1:2; 3:10; 3:11-13; 5:23-24), y no podía exhortarlos a «orar sin cesar» sin estar haciéndolo él mismo. Con este mandato-petición final, dejaba en claro que la oración permeaba no solo su vida, sino también las cartas que escribía.
En la despedida, Pablo pide oración por él y por sus compañeros de milicia, Silvano y Timoteo. Era frecuente que lo hiciera (Ro. 15:30-32; 2 Co. 1:11; Ef. 6:18-20; Fil. 1:19; Col. 4:2-4; 2 Tes. 3:1-2; Flm. 22). Y nunca pedía oración para tener una vida más cómoda o próspera: casi siempre sus peticiones giraban en torno a la expansión del evangelio, la fidelidad al ministerio, la valentía para predicar, las puertas abiertas para la Palabra y la protección para seguir sirviendo.
“Ningún pastor está por encima de la necesidad de la oración de la iglesia.”
Vale detenerse un momento. ¿Qué sentiría cualquiera de nosotros si Paul Washer le pusiera la mano en el hombro y le dijera: «Orá por mí»? Probablemente no lo olvidaría nunca. Y, sin embargo, hay algo aún más sorprendente: es Pablo quien les ruega a los tesalonicenses que oren por él. El apóstol de los gentiles también sabía cuánto necesitaba la oración de la iglesia, sobre todo desde donde escribió esta carta, Corinto, donde sin duda enfrentó pruebas y situaciones que requerían el apoyo de los hermanos. Aunque los tesalonicenses atravesaban sus propias pruebas, también podían orar por su pastor, que atravesaba las suyas, tal como él oraba por ellos.
Lo que esto enseña es que ningún pastor está por encima de la necesidad de la oración de la iglesia.
Esta es la única vez que Pablo inicia una petición de oración a favor de sí mismo comenzando con «Hermanos». La implicación es indirecta, pero evidente: el ministerio de orar por los pastores no requiere ningún reconocimiento oficial de parte de la iglesia y, sin embargo, es vital. Por eso, antes de preguntarse «¿qué puedo hacer en la iglesia?», conviene preguntarse si uno está orando por su pastor, y hacerlo siguiendo el ejemplo de las peticiones de Pablo: no necesariamente por cuestiones materiales o de salud —aunque tampoco deban excluirse—, sino, en primer lugar, por su seguridad, que incluye protección frente a la soberbia, frente al amor al dinero y frente a la inmoralidad sexual en cualquiera de sus formas; en segundo lugar, por sabiduría en las distintas áreas que abarca su ministerio; también por la proyección de sus planes a futuro, para que sean los adecuados y se aborden con prudencia; y, sobre todo, para que pueda predicar la Palabra con diligencia y exactitud bíblica. Exponer la Biblia exige trabajo, humildad, dependencia y gracia, y ante todo enfrentar una lucha que no es contra sangre y carne.
De esta manera, el vínculo de Pablo con esta iglesia no descansaba solo en la cercanía o el conocimiento mutuo, sino que era un lazo fortalecido por una vida de oración recíproca.
El vínculo del amor fraternal
“Saludad a todos los hermanos con ósculo santo” (1 Tes. 5:26)
El amor fraternal también es un tema recurrente en la epístola (1:3; 3:12; 4:9-10). Y que aparezca justo después del pedido de oración no es casual. ¿Cómo podría una iglesia orar por su pastor si no cultiva el amor fraternal? El principio de Salmo 66:18 —«Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado»— tiene aquí una aplicación relativa: el salmista habla de su relación personal con Dios y no de la vida corporativa de la iglesia, pero ayuda a entender el punto. La oración por los pastores nunca debería existir separada de una vida de amor dentro de la iglesia. Una congregación que clama junta delante de Dios también debe vivir unida entre sus miembros. Un pastor necesita una iglesia que ore por él, pero esa iglesia debe ser, a la vez, una que lo ame y que ame a los demás hermanos.
Este texto se aplica con notable actualidad, y el mandato de Pablo exige intencionalidad: pide que todos tengan la intención de saludarse. El saludo es para todos los hermanos, e incluye acercarse a los ociosos, a los de poco ánimo y a los débiles. No se los puede evitar; hay que atenderlos. Pablo mismo quería que supieran que estaban incluidos en su deseo de saludos.
El saludo debía ser una manifestación clara. El «ósculo santo», como explica Hendriksen, «era santo porque era un símbolo de la unidad espiritual en Cristo. Además, era una expresión del afecto cristiano, el sentimiento que los miembros de una misma familia espiritual tienen y cultivan unos por otros». Lo mismo aparece en otras cartas (Ro. 16:16; 1 Co. 16:20; 2 Co. 13:12; 1 Pe. 5:14). Pero el ósculo no era el punto principal: era la expresión cultural visible de una realidad espiritual invisible. Pablo no estaba estableciendo una ceremonia, sino llamando a una iglesia donde el amor fraternal fuera genuino, santo y compartido. Hoy ese saludo toma otras formas —un beso, un abrazo, un apretón de manos—; la cuestión no es la forma, sino la realidad que comunica: un amor fraternal que vincula.
Vale imaginar una conversación tan común como esta: «¿Lo viste a Eduardo? Vino al culto, ¿verdad? Lo quise saludar, pero ya se había ido. Llega justo cuando empieza el culto y se va cuando estamos cerrando en oración. Nunca lo puedo saludar». Alguien dijo alguna vez que algunos se van del culto como ratas cuando se hunde un barco.
En todo sentido, entonces, el saludo era una manera más en que Pablo y los tesalonicenses, y los tesalonicenses entre sí, se vinculaban a través de esta manifestación de amor fraternal.
El vínculo de la Palabra
“Os conjuro por el Señor, que esta carta se lea a todos los santos hermanos”. (1 Tes. 5:27)
Pablo no finaliza su epístola sin dejar un mandato solemne, único en todas sus cartas: conjurar por el Señor que se lea a todos lo que les ha escrito. El término es tan fuerte que coloca esta orden bajo la autoridad misma del Señor. Como apóstol, Pablo hablaba con la autoridad de quien comunicaba la revelación inspirada por el Espíritu Santo. Es como si les dijera, según Sjogren: «Los pongo bajo solemne responsabilidad delante de Dios, como si ustedes mismos hubieran hecho un juramento».
Aunque sin recurrir a un juramento, es lo mismo que hace con los colosenses cuando les indica que lo que les ha escrito debe leerse también en Laodicea, y viceversa, por tratarse de ciudades vecinas: «Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros» (Col. 4:16).
“El vínculo entre Pablo y esta iglesia no descansaba en su personalidad, su carisma ni su cercanía física, sino en una autoridad que ambos reconocían por encima de ellos: la Palabra de Dios.”
Cualquiera haya sido la circunstancia inmediata —el ser la primera carta del Nuevo Testamento, la ausencia de Pablo, los ociosos, el desaliento por los creyentes que habían fallecido o la confusión acerca de la venida del Señor—, el propósito del apóstol era que toda la iglesia conociera públicamente la enseñanza que había recibido del Señor. Quería que las verdades y los mandatos que les había dado de parte de Dios fueran conocidos por todos de forma pública. Esto muestra que la lectura congregacional tiene un valor intrínseco que la iglesia necesita, y supone también que hay un lugar donde todos pueden escuchar al mismo tiempo: el día en que se reúnen.
El vínculo entre Pablo y esta iglesia no descansaba en su personalidad, su carisma ni su cercanía física, sino en una autoridad que ambos reconocían por encima de ellos: la Palabra de Dios. Al igual que los temas anteriores, también este había sido recurrente en la carta, en la centralidad que Pablo le da a la Palabra (1:5-8; 2:13). Y lo mismo vale hoy: así como el amor fraternal, también la Palabra de Dios tiene que alcanzar a todos los hermanos.
El vínculo de la gracia
“La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros. Amén”. (1 Tes. 5:28)
Pablo concluye deseando que aquello que sostiene todo lo demás sea una realidad entre ellos: la gracia del Señor Jesucristo. Porque la oración, el amor y la Palabra solo producen unidad allí donde la gracia está obrando.
Tal como empieza sus cartas, así las termina. Su manera de escribir muestra que «cristianizó» lo que solía expresarse culturalmente de otro modo: en lugar de una fórmula convencional de despedida, Pablo incluye la gracia. Y no es un detalle menor, porque ninguna iglesia puede permanecer vinculada de forma sólida y permanente con sus líderes y como congregación al margen de la gracia de Dios, es decir, del poder y el favor inmerecido que sostienen la vida de la iglesia.
“El vínculo con tu iglesia, o con tu pastor, no lo sostenés vos: lo sostiene Dios.”
Cualquier mandato, cualquier exhortación, cualquier enseñanza recibida, cualquier reflexión necesaria, cualquier gratitud, oración, prueba o circunstancia que afecte la vida de la iglesia ha de ser sostenida por esa gracia: un favor inmerecido cuya máxima expresión fue el Calvario, aunque había sido determinado por Dios desde antes de la fundación del mundo.
Ese es, al final, el descanso que ofrece este pasaje. El vínculo con tu iglesia, o con tu pastor, no lo sostenés vos: lo sostiene Dios, por la oración, el amor fraternal, la Palabra y la gracia.
