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sermones · Teología

Escogidos para ser hijos

Ricardo Daglio 11 min de lectura
El propósito eterno del Padre que nos lleva a la adoración (Efesios 1:3-6)

“Creo que si el pueblo de Dios fuera consciente todos los días de que son adoptados por el Padre, estallaría el avivamiento del Espíritu, y el exquisito deleite que los creyentes tendrían en su Padre en el cielo movería profundamente al mundo.”
— Joel Beeke, Heirs with Christ

En el artículo anterior se consideró la manera en que llegamos a ser hijos e hijas de Dios. Allí se trataron los aspectos legales sobre los que se sostiene esa verdad y cómo Cristo hizo posible que seamos declarados hijos de Dios por medio de su muerte y resurrección.

“La doctrina que abre la puerta del palacio a las riquezas de la iglesia es la elección; pero la antesala de esa puerta es la adoración.”

A partir de aquí comienza un recorrido a través de distintos textos del Nuevo Testamento para sumergirse en la verdad bíblica sobre la adopción: qué significa, qué implicaciones tiene y de qué manera afecta la vida diaria del cristiano.

La adopción fue inventada por Dios incluso antes de que Él creara el mundo, y tiene que ver justamente con la manera en que nos trae a su familia. No fue, entonces, una idea improvisada, sino el propósito amoroso del Padre desde antes de la fundación del mundo, para alabanza de la gloria de su gracia.

Hay cuatro textos paulinos principales que tratan acerca de los creyentes como hijos de Dios (Ef. 1:4-5; Gá. 4:4-6; Ro. 8:15-16; Ro. 8:23), y que han sido resumidos de la siguiente manera: «El Padre, en su amor, predestinó eternamente a todos los cristianos para este privilegio de la adopción (Ef. 1:4-5). El Padre envió a su propio Hijo, Jesucristo, al mundo para redimirnos de la maldición de la ley quebrantada, a fin de que pudiéramos disfrutar de este privilegiado estatus de hijos adoptivos (Gá. 4:4-6). Ahora que estamos en Cristo, no tenemos un espíritu de esclavitud, sino que contamos con la seguridad del Espíritu Santo de que somos hijos de Dios y podemos acercarnos a Él con esa confianza (Ro. 8:15-16). El mismo Espíritu Santo que habita en nosotros también produce en nuestra alma gemidos anticipados por el estado de resurrección y gloria, que constituye la meta que Dios ha establecido para nosotros» (Ro. 8:23). — Maurice Roberts, The Doctrine of Adoption.

El puritano Thomas Manton recuerda que son muchos los creyentes que experimentan el gozo de saber que son hijos e hijas de Dios. Ese conocimiento está fundamentado en una verdad objetiva y, en última instancia, en la elección de Dios. La voluntad de Dios es el fundamento de esta construcción: Él nos predestinó «para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad». Es esto lo que conviene considerar a continuación.

La elección nos llena de razones para adorar

Efesios 1:3 (RV60)
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,

En uno de los capítulos más ricos del Nuevo Testamento, y en un libro que traza una radiografía exhaustiva del origen y el desarrollo doctrinal de la iglesia, el apóstol Pablo comienza con adoración.

La doctrina que abre la puerta del palacio a las riquezas de la iglesia es la elección; pero la antesala de esa puerta es la adoración. Es decir que la doctrina de la elección y la adopción nunca debería apreciarse de manera fría, calculadora, ni como una mera acumulación de verdades teológicas que hay que retener. Estas verdades fueron dadas para conducir a la adoración.

Como observa Martyn Lloyd-Jones en God’s Ultimate Purpose, «lo primero que Pablo hace siempre es adorar con acción de gracias, y esto es así porque él entendía la doctrina; era el resultado de su contemplación de la doctrina que lo llevaba a adorar».

Y esto no vale solamente para esta doctrina, sino también para todas las demás. Si se comprende la esencia del evangelio —y que, con razón, Pablo inicia sus cartas hablando de la «gracia y paz» en Cristo Jesús—, entonces la adoración es la respuesta obvia y razonable. Por eso, en el corazón de esta serie yace el propósito insustituible de que nos vuelva adoradores, tal como Pablo lo experimentó al escribir Efesios.

Uno de los aspectos más destacables en la motivación de esa adoración es que surge al considerar que las bendiciones espirituales que este capítulo describe han llegado a nosotros. Y hay algo más: una evidencia de la obra del Espíritu Santo en el corazón es que, precisamente, quien ha sido transformado adora por cuestiones espirituales y no materiales. Son «bendiciones espirituales» las que destaca todo este libro.

El cristiano es diametralmente opuesto al inconverso: «Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye» (1 Jn. 4:5). La esencia del cristianismo es que adora al Dios verdadero, al Dios vivo. Con razón la tentación de Satanás a Cristo incluyó la posibilidad de desviar la adoración hacia otro que no fuera Dios (Mt. 4:8-10; Lc. 4:5-8).

Si se abre la puerta de este palacio con adoración, se descubre en primer lugar que la elección de los hijos de Dios es anterior al tiempo. De ello se trata a continuación.

La elección de Dios nos alcanzó desde la eternidad

Efesios 1:4 (RV60)
según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,

Esto significa que no fue un «plan B» de Dios: es el único plan. Si entraste en un espíritu de adoración, también debés tener un espíritu de aceptación. Este versículo no me explica cómo y por qué ocurrió esto. Lo que sí sé es que yo era un enemigo de Dios y, sin embargo, Dios me escogió incluso antes de que eso fuera objetivamente cierto. Esta verdad se enseña también en 2 Tes. 2:13-14 y 1 Pe. 1:2.

Si se quisiera desarrollar toda esta doctrina se precisaría mucho tiempo, y aun así no sería suficiente. Pero en esta serie lo que quiero destacar es que aquello que ha desembocado en la adopción de hijos es algo que Dios planeó desde la eternidad pasada.

Parafraseando a Martyn Lloyd-Jones en God’s Ultimate Purpose:

Esta verdad sobre la elección de Dios está en las Escrituras y, por tanto, debe ser considerada. Pablo la presenta primero para mostrar cómo llegamos a ser cristianos y disfrutamos de las bendiciones de la salvación. Aunque nuestra comprensión de esta doctrina no determina nuestra salvación, es de enorme importancia, porque nos revela la soberanía y majestad de Dios y, especialmente, la grandeza de su amor. Aquí vemos el amor de Dios en su máxima expresión. Además, esta doctrina nos permite comprender con mayor claridad la certeza del plan de salvación: si dependiera del hombre y de su elección, ciertamente fracasaría; pero si depende de Dios de principio a fin, entonces es absolutamente seguro. Nada puede darnos mayor seguridad que saber que somos lo que somos única y enteramente por la gracia de Dios.

La elección de Dios nos destinó a ser adoptados hijos suyos

Efesios 1:5 (RV60)
en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,

Después de considerar lo que enseña el versículo anterior, uno podría pensar: «¿qué más se podría decir?». Sin embargo, las bendiciones espirituales son más de lo que jamás podríamos imaginar. La mayoría de las doctrinas primarias y esenciales de la fe cristiana figuran en este primer capítulo de Efesios.

Aquí se llega al corazón de esta serie, por así decirlo: los primeros vistazos a la doctrina de la adopción. Por eso conviene algo de contexto. Pablo es el único que utiliza el término como tal en todo el Nuevo Testamento. Como ciudadano romano, probablemente aprovechó la figura. La ley romana de adopción aseguraba para el niño adoptado el derecho al nombre y a la propiedad de la persona que lo había adoptado; en el momento en que era adoptado, obtenía el derecho legal absoluto de reclamar todo eso. Por otro lado, esa misma ley le garantizaba a quien adoptaba todos los derechos y privilegios de un padre. Funcionaba para ambos lados.

Este punto es importantísimo, porque nunca se entenderá el privilegio de la posición de hijos de Dios a menos que se entienda la adopción; porque, como se vio en el artículo anterior, esto destaca una relación más que una posición.

Ahora bien, cuando alguien adopta a un niño, este recibe todos los privilegios de la familia: el nombre, la posición, la herencia. Pero si se le hiciera una prueba de ADN, se descubriría que no es hijo biológico de quienes lo adoptaron.

Con nuestra adopción ocurre algo extraordinario. No nos convertimos en hijos de Dios por naturaleza —Dios sigue siendo el Creador, y nosotros, sus criaturas—, pero cuando Dios nos adopta, también nos regenera. Es decir, no solamente cambia nuestra posición delante de Él: cambia nuestra vida interior. Por eso Pedro puede decir que hemos llegado a ser «participantes de la naturaleza divina» (2 Pe. 1:4). Esto no significa que recibamos literalmente el ADN de Dios ni que nos volvamos divinos, sino que Dios produce en nosotros una nueva vida espiritual que antes no poseíamos. La adopción nos da una nueva posición: somos hijos. La regeneración produce en nosotros una nueva vida: comenzamos a vivir como hijos.

“No es una simple declaración legal. Es una adopción real y transformadora, que solamente Dios puede realizar.”

Por eso, la adopción de Dios no es una simple declaración legal. Es una adopción real y transformadora, que solamente Dios puede realizar. Este es el punto que conviene entender, la idea principal, la que debe abrir el apetito para todo lo que vendrá. Porque la adopción contiene aspectos absolutamente sorprendentes que, al meditarlos, no solo hacen que el cristianismo deje de ser nominal, sino que también mueven el corazón a adorar. Por eso, la última consideración es esta.

Nuestra adopción nos llena de alabanza por su gracia

Efesios 1:6 (RV60)
para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado.

Una vez más, en palabras de Lloyd-Jones, «no hay prueba más exhaustiva de nuestra profesión de fe cristiana que nuestra actitud hacia estas cosas». Aparte de la condición del corazón del hombre, que no busca a Dios, ¿podría ser que muchos tampoco lo hagan porque observan una contradicción entre lo que decimos creer y la manera en que lo expresamos o lo disfrutamos? ¿Quién podría creerme que fui a la luna en una nave de la NASA si, al regresar, simplemente digo que «estaba bueno» y nada más?

Conviene recordar que Romanos describe el pecado del hombre como el de quienes «no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias» (Ro. 1:21). Esa es la esencia del pecado.

“La adopción es la consecuencia gloriosa de la manifestación de la gracia de Dios en la persona de Jesucristo.”

Cuando alguien se convierte, la salvación no debería verse primariamente en términos de liberación del pecado o de la condenación —aunque ciertamente lo incluye—, sino como el hecho de que la gloria de Dios ha sido manifestada en Cristo por medio de su gracia. Alabamos la gloria de su gracia porque, a pesar de nuestra arrogancia y rebelión, Él ha obrado solo por gracia para alcanzarnos en la persona de su Hijo Jesucristo. Eso es lo que expresa este versículo de Efesios 1:6.

La adopción es la consecuencia gloriosa de la manifestación de la gracia de Dios en la persona de Jesucristo. Fue pensada desde la eternidad pasada, y la respuesta a ella debe comenzar y terminar en adoración.

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