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sermones · Teología

¿Cómo llegamos a ser hijos de Dios?

Ricardo Daglio 10 min de lectura
Nadie nace hijo de Dios: los hijos de Dios nacen de Dios

“Si querés juzgar cuán bien comprende una persona el cristianismo, averiguá cuánto valora el pensamiento de ser hijo de Dios y de tener a Dios por Padre. Si este no es el pensamiento que impulsa y gobierna su adoración, sus oraciones y toda su visión de la vida, significa que no comprende demasiado bien el cristianismo. Porque todo lo que Cristo enseñó, todo lo que hace que el Nuevo Testamento sea nuevo, y mejor que el Antiguo, todo lo que es distintivamente cristiano por oposición a lo meramente judío, se resume en el conocimiento de la paternidad de Dios. «Padre» es el nombre cristiano de Dios.”
— J. I. Packer

Con este artículo quiero comenzar una serie que he llamado “Hijos del Padre”, convencido de que una de las verdades más preciosas, importantes y fundamentales del cristianismo bíblico es, al mismo tiempo, una de las más pasadas por alto, tomadas a la ligera o simplemente descuidadas.

No se trata de un descuido menor. Cuando esta verdad se ignora o se relega, puede producir un sinnúmero de conflictos, desalientos y tendencias pecaminosas en la vida cristiana; pero, sobre todo, puede dar lugar a un cristianismo meramente nominal: uno que descansa en la seguridad de ciertos fundamentos doctrinales, pero que carece de la riqueza de una relación personal, cercana y familiar con Dios como Padre. Porque ser hijos de Dios no es simplemente una doctrina que haya que conocer; es una realidad que transforma la manera de relacionarse con Él, de entender quién es uno y, en consecuencia, de vivir toda la vida cristiana.

Antes de avanzar, conviene mantener algo continuamente delante de los ojos, para no perder el rumbo. Es una bendición inmensa creer y comprender que somos justificados por la fe sola: declarados justos delante de Dios al confiar únicamente en lo que Cristo hizo a nuestro favor, y no en una supuesta capacidad propia de hacer algo que lo mueva a aceptarnos. No llegamos a ser hijos de Dios por haber alcanzado cierto nivel de bondad, obediencia o mérito, ni porque hayamos reunido las condiciones para que Dios nos reciba. Somos recibidos por gracia, sobre la base de la obra perfecta de Cristo y mediante la fe en Él. Y esto es decisivo, porque si se pierde de vista el evangelio, aun una verdad tan preciosa como la adopción puede convertirse en una carga: uno empieza a vivir como si su permanencia en la familia de Dios dependiera de su desempeño, en lugar de descansar en lo que Cristo ya hizo.

La justificación resuelve una cuestión legal: Dios, como Juez, declara justo al pecador en virtud de la obra de Cristo, y el veredicto es glorioso, ya no hay condenación. Pero la adopción va un paso más allá. No nos deja simplemente absueltos ante el tribunal, sino que nos introduce en la casa. Lo legal nos deja en paz con Dios; lo filial nos abre la puerta para acercarnos a Él como Padre, amarlo, tener comunión con Él y vivir como hijos amados. La adopción no viene a reemplazar la justificación, sino a coronarla. Y, sin embargo, muchos creyentes tienen la doctrina correcta de la justificación pero no llegan a experimentar el gozo, la cercanía y la confianza de hijos que trae la adopción; se quedan, por así decirlo, a las puertas: absueltos ante el tribunal, pero sin animarse a cruzar el umbral de la casa a la que el Padre los invita. Me pasa a mí: reconozco que también tengo una falencia en esto. Por eso vale la pena detenerse, no para restarle nada a la justificación, sino porque la Escritura misma no se detiene ahí. Llama la atención que Juan no diga “para que seamos justificados”, sino “para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1). Ser justificado ya es muchísimo; ser llamado hijo es algo todavía más íntimo.

De todas las imágenes que la Biblia usa para describir al cristiano, la de hijo es central en el evangelio. Y si el mismo Juan la presenta en términos tan superlativos, conviene volver a la pregunta que da título a estas líneas: ¿cómo llegamos a ser hijos de Dios? El prólogo del Evangelio de Juan responde con una claridad notable.

Cristo, fuente de luz y vida

Antes de llegar al versículo 9, conviene retomar la apertura del prólogo, porque allí Juan ya dejó establecido lo esencial: Cristo es la fuente de la luz y de la vida para el hombre.

Juan 1:4-5 (RV60)
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

El pasaje evoca deliberadamente el libro de Génesis: así como al principio no había luz ni vida hasta que Dios las creó, también aquí Juan señala lo mismo, aunque en un plano espiritual y no físico. Estos versículos marcan la diferencia entre Cristo y nosotros, porque en Él está la vida, y esa vida es “la luz de los hombres”.

Y muestran algo más: que Dios ha tomado la iniciativa para resolver la oscuridad en la que se encuentra el ser humano, sin importar de quién se trate. La luz verdadera, dice Juan, “alumbra a todo hombre” (Juan 1:9). Su alcance es universal.

Esa misma universalidad hace más chocante la respuesta humana. Juan describe la condición del hombre unos capítulos más adelante: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). Esa preferencia por las tinieblas es la que explica lo que el prólogo dirá a continuación sobre el mundo que no lo conoció y los suyos que no lo recibieron.

Cristo es, entonces, la fuente de luz y vida. Se trata de una doble figura que apunta a una sola realidad: Cristo ilumina el corazón al darle vida. Y lo hace sobre corazones que, sin Él, están espiritualmente muertos y en tinieblas.

El rechazo universal a Cristo

Juan 1:10-11 (RV60)
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

El tiempo no alcanzaría para enumerar todo lo que evidencia el rechazo del hombre hacia Cristo. Y no es un rechazo que se limite a ciertos ámbitos: alcanza a todos, incluso a los religiosos. Es exactamente lo que enseña la Escritura cuando declara que no hay justo, ni siquiera uno, que nadie entiende ni busca a Dios (Romanos 3:10-18).

Esto es especialmente importante de comprender, porque muchas personas afirman estar buscando a Dios mientras la Biblia permanece ausente de esa búsqueda. Y ahí está el problema de fondo: Dios se da a conocer únicamente a través de su Palabra. Una búsqueda que prescinde de las Escrituras no termina encontrando al Dios verdadero, sino una idea de Dios fabricada a la medida del que la busca.

Recibir y creer

Juan 1:12 (RV60)
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

Una de las verdades más chocantes de este versículo, y a la vez de las más importantes, es que Dios no es el Padre de todos. Quienes rechazan la luz no son hijos de Dios. Él los creó a todos, y todos le pertenecen; pero eso no lo vuelve Padre de todos. Jesús mismo lo señaló: si Dios fuera realmente el Padre de ellos, lo amarían a Él (Juan 8:42). Y esa es, precisamente, la prueba de quién es el Padre de alguien: si ama o no ama a su Hijo.

El texto conduce a cuatro afirmaciones. En primer lugar, nadie nace hijo de Dios. Dios es Padre de todos únicamente en el sentido de que es Creador de todos, pero no es el Padre de todos. Ser cristiano es, en su esencia más profunda, tener a Dios como Padre; y esa filiación es un don de gracia que se recibe por la fe, no un derecho del nacimiento natural.

En segundo lugar, la manera en que suele hablarse de “recibir a Jesús” para ser salvo no encuentra fundamento en este texto. Recibir a Cristo es recibirlo tal como Él es, no establecer con Él una especie de coexistencia pacífica en la que no reclame nada, como si pudiera quedarse en la casa siempre y cuando no haga lo que le parezca. La figura es muy gráfica: recibir a Cristo no es tolerar su presencia, sino darle la bienvenida como a quien tiene derecho sobre toda la casa. No es un agregado más en la vida.

En tercer lugar, creer en su nombre significa creer en la plena grandeza, dignidad y autoridad de la persona de Jesús; por eso quien cree en Él no es condenado, mientras que quien no cree ya ha sido condenado por no haber creído en su nombre (Juan 3:18). Creer es una obra profunda en el corazón, no un mero asentimiento a ciertos hechos doctrinales. Incluye liberarse del deseo de recibir la aprobación y el reconocimiento de los demás, e incluye también quedar satisfecho con Jesús como el pan de vida. Es, además, la actitud que la Escritura vincula estrechamente con recibirlo (Juan 5:43-44).

Por último, todo esto es una obra completa de Cristo, que es quien tiene la potestad de obrarla en el corazón de los pecadores arrepentidos, dando vida a quien Él quiere (Juan 5:21).

Nacidos de Dios

Juan 1:13 (RV60)
Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

No existe decisión ni capacidad humana que alcance para llegar a ser hijo de Dios. Se trata de una obra enteramente espiritual, algo que Jesús vuelve a marcar cuando enseña que lo nacido de la carne, carne es, y lo nacido del Espíritu, espíritu es (Juan 3:6).

Lo que este versículo confirma es que nadie es hijo de Dios por haber nacido en un hogar cristiano, ni porque lo decida, ni porque alguien “espiritual” se lo diga, ni por ningún sacramento del tipo que sea. Los hijos de Dios son engendrados por Dios.

Y hay una razón por la que esto queda garantizado, que tiene que ver con la persona y la obra de Cristo. Lo que impide la relación con Dios es el pecado; pero el mismo Juan había anunciado, unos versículos antes, que Jesús es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Por eso, confiar en su persona y en su obra es lo que garantiza la seguridad de ser hechos hijos de Dios.

Volvemos así al punto de partida. Ser justificados —declarados justos, sin condenación— ya es una bendición inmensa; pero la Escritura no se detiene ahí, y por eso Juan no habla de ser justificados, sino de ser llamados hijos de Dios. Y a esa condición de hijo nadie llega por nacimiento, ni por decisión propia, ni por mérito alguno: se nace de Dios, por gracia, mediante la fe en el Cordero que quita el pecado del mundo.

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