La redención que nos hace herederos del Padre (Gálatas 4:1-7)
“La noción de que somos hijos de Dios, sus propios hijos e hijas… es la causa principal de la vida cristiana… nuestra filiación a Dios es la cúspide de la creación y la meta de la redención.”
— Sinclair Ferguson, Children of the Living God
En la plenitud del tiempo, el Padre envió al Hijo a redimirnos de la esclavitud de la ley, para que recibiéramos la adopción y, con ella, la libertad de los hijos.
En esta serie no hay otro propósito mayor que recuperar —o descubrir, si no lo has hecho aún— el entendimiento y la apreciación de lo que significa la adopción divina. Hablar de experiencia puede ser peligroso, porque la fe no se basa en la experiencia, sino en los hechos que acontecieron en la cruz y en la muerte de Cristo. Ese hecho es un asunto legal, el mismo que Pablo recuerda en los versículos 4 y 5. Pero luego el Espíritu Santo fue enviado para que esa verdad se disfrute de manera experiencial, y eso lo enseña Pablo en los versículos 6 y 7.
Ahora bien, para que esto sea posible conviene comprender dos cosas. En primer lugar, que somos hijos de Dios únicamente por la fe en Cristo (Gá. 3:26), y que estamos revestidos de Cristo (Gá. 3:27), lo cual significa, en lo esencial, que Cristo, su Espíritu y su carácter afectan todo lo que pensamos, decimos o hacemos. En segundo lugar, qué es la esclavitud a la que Pablo se refiere.
La esclavitud bajo la que vivíamos
Gálatas 4:1-3 (RV60)
Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo.
Pablo utiliza la ilustración de un menor de edad que es heredero de un gran patrimonio. Aunque es dueño de todo por derecho, mientras es menor no se diferencia en nada de un esclavo, porque está bajo tutores y curadores. En la legislación romana, un hijo podía permanecer bajo la autoridad de un tutor hasta los catorce años, y en algunos casos incluso hasta los veinticinco. Recién al alcanzar la edad establecida podía acceder plenamente al patrimonio familiar. Esto es lo que Pablo presenta en los versículos 1 y 2.
En el versículo 3, en cambio, la ilustración se vuelve personal y muestra cómo esto se aplica a nuestra esclavitud espiritual. Dice: «Así también nosotros». Y señala que estábamos esclavizados a «los rudimentos del mundo», es decir, bajo aquellos principios elementales que dominaban nuestra vida. El contexto de Gálatas 4 ayuda a entender a qué se refiere. Allí, unos versículos más adelante (vv. 8-10), estos «rudimentos» aparecen asociados con la religión y con todos los esfuerzos humanos por alcanzar una justicia propia, mediante la cual se pretende ser aceptado delante de Dios.
Vivir de esta manera es la inclinación natural del ser humano desde que el pecado entró en el mundo por medio de Adán y Eva. Desde entonces, el hombre ha intentado cubrir su culpa y presentarse justo delante de Dios por sus propios medios. Las hojas de higuera de Adán y Eva, los vegetales del altar de Caín, la torre de Babel y tantas otras expresiones de religiosidad a lo largo de la historia revelan el mismo problema: el intento del hombre de alcanzar aceptación delante de Dios sobre la base de sus propios méritos y sus propias obras.
En el contexto de los gálatas, esto es lo que ocurría: habían vuelto a los aspectos sombríos de la ley, que exigían un cumplimiento perfecto —imposible— para alcanzar el favor de Dios. La religión es tentadora porque genera una sensación de logro personal que se levanta como fundamento de la propia justicia. Pero es una farsa: cumplir esto no es posible.
¿Y qué tiene que ver con nosotros? Los cristianos pueden perder el gozo y la libertad de su salvación al vivir día tras día como esclavos, en lugar de vivir como hijos adoptados por Dios. Cuando esto sucede, ocurre lo que describe Tim Keller: queremos volver a relacionarnos con Dios por medio de nuestros méritos personales. ¿Qué se necesita para no caer en esto? Ser libres de la esclavitud y comprender nuestra adopción.
La redención que Dios proveyó
Gálatas 4:4-5 (RV60)
Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.
Dios envió dos cosas: en primer lugar, al Hijo; en segundo lugar, al Espíritu. Uno, al mundo; el otro, a nuestros corazones. El primero es un hecho objetivo, palpable, basado en acontecimientos reales y comprobables; el segundo es subjetivo y experiencial, pero como consecuencia de lo primero.
Dios envió a su Hijo a la cruz, pero antes vivió una vida perfecta, lo cual le dio la autoridad para redimir —comprar— a quienes estaban en esclavitud. La ley era nuestro amo: mientras no la cumpliéramos, seguíamos bajo su autoridad. Pero Cristo la cumplió completa y perfectamente, y por lo tanto tiene el derecho de pagar por nuestra liberación. Es lo que hacía alguien al pagar el precio de un esclavo: compraba su libertad. La ley nos condenaba, pero ya no puede hacerlo, porque Cristo la cumplió en nuestro lugar. Por eso se dice que él fue nacido bajo la ley y, como ser humano, nacido de mujer, lo cual lo ponía bajo la misma obligación hacia la ley que el resto de los seres humanos. Esta es la primera figura del versículo 5.
Pero hay otra figura más en ese versículo: esta redención también concedió un nuevo estatus, la adopción de hijos. Es otra imagen tomada del mundo grecorromano. Una persona con mucho dinero que no tenía hijos podía adoptar a uno de sus siervos, y este recibía entonces todos los derechos financieros y legales como hijo y heredero. Tremendo cambio de posición: de esclavo a hijo adoptado. Esto es exactamente lo que Pablo dice que ocurre con quienes se arrepienten de sus pecados y creen en Jesucristo: adquieren los derechos de hijos de Dios. Cristo llevó la maldición que nosotros merecíamos y nos dio la bendición que solamente él merecía. Eso es lo que enseña el versículo 5.
Conviene notarlo: cuando se acepta lo primero, pero se duda de lo segundo, es como si uno fuera «medio salvo por gracia». Es lo que Pablo les plantea a los gálatas (Gá. 3:1-5): vivir tratando de ganar y de mantener el favor de Dios, cuando Cristo ya nos dio todo, es volver a vivir una vida de esclavos.
La adopción que el Espíritu confirma
Gálatas 4:6 (RV60)
Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!
La razón misma por la que el Espíritu Santo es enviado es que ya somos hijos. No podemos «sentir» que Cristo murió por nosotros, como tampoco podemos sentir que San Martín cruzó los Andes: ambos son hechos históricos. Pero la obra del Espíritu Santo es experiencial. ¿En qué sentido? ¿Emocionalismo? ¿Experiencias subjetivas extrasensoriales? De ninguna manera.
Hay un clamor interno; es oración; es la experiencia real de una relación con una persona. Esto habla de una cercanía real con Dios, que no es posible aparte de la presencia del Espíritu Santo en la vida de alguien.
«¡Abba, Padre!» es una expresión aramea que remite a un lenguaje infantil, de plena confianza en el padre. El texto no está diciendo que debamos orar con esas palabras; ese no es el énfasis. El énfasis está en la relación de seguridad, certeza y sinceridad de un hijo a quien su padre abraza con fuerza.
Con todo, el versículo 6 no puede disociarse del versículo 5. La «adopción de hijos» del versículo 5 y el «por cuanto sois hijos» del versículo 6 están asociados de manera indivisible.
La herencia que recibimos como hijos
Gálatas 4:7 (RV60)
Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.
Este texto corona todo el argumento de Pablo y, a la vez, prepara para entender por qué formula la pregunta que hará en el versículo 9. El argumento es conclusivo: «Así que…». Está diciendo que los mismos derechos de Cristo son nuestros; por eso habla de ser herederos de Dios por medio de Cristo. El único otro lugar donde la expresión «Abba, Padre» aparece es en labios del mismo Señor Jesucristo es Marcos 14:36.
Hemos heredado los mismos derechos legales de Jesús, y eso significa, en lo esencial, que tenemos plena confianza para acercarnos a Dios como el mismo Señor Jesucristo lo hacía. Dios nos ve iguales. Cuando el Padre le dice a Cristo «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Mr. 1:11), además de afirmar su identidad como Mesías, revela que Dios ve a sus hijos de la misma manera. El Padre aprobó a Cristo, y lo mismo hace con nosotros. En su oración, Jesús pronuncia una expresión que no puede pasarse por alto —y que, de hacerlo, podría explicar tanta desconfianza hacia Dios como Padre amoroso—: «los has amado a ellos como también a mí me has amado» (Juan 17:23).
“Cristo llevó la maldición que nosotros merecíamos y nos dio la bendición que solamente él merecía.”
El problema de quienes, habiendo nacido de nuevo, siguen viviendo como esclavos de distintas maneras es una incapacidad de comprender el peso, la importancia y el significado de aquel «Así que…» del versículo 7. La salvación en Cristo no se pierde; la certeza de la vida eterna no descansa en los propios méritos, ni en las capacidades, ni en el dominio de la teología. Lo que sí se pierde, o se desdibuja por completo, es el gozo y la certeza de la adopción y de los privilegios de los herederos.
En este contexto, lo único que avivará los corazones y hará posible apreciar el amor del Padre será volver a considerar, meditar y adorar sobre la base de la verdad de los versículos 4 y 5, en su relación con los versículos 6 y 7: orar tomando eso como fundamento y disfrutar de las verdades que el evangelio deja consolidadas.
