Parte 3: Corrección en la predicación y la aplicación
En la entrega anterior hablé de la consolidación teológica. Pero la teología no se queda en el escritorio ni en las páginas de un trabajo de investigación. Tiene que llegar al púlpito, y desde el púlpito a la vida concreta de la congregación. De eso se trata esta tercera lección.
Voy a ser honesto: mi predicación no cambió sustancialmente después del seminario. No empecé a predicar de una manera radicalmente distinta, ni descubrí un método nuevo que reemplazara todo lo anterior. Lo que ya tenía se afianzó. Pero ese afinamiento, aunque suene modesto, hace una diferencia real semana a semana.
¿En qué se nota? Primero, en un mayor cuidado con la estructura del sermón. Segundo, en una mejor observación del texto: las palabras, el contexto, lo que el pasaje dice y lo que no dice. He aprendido a no salirme del texto, a no hacerle decir lo que no está diciendo. Tercero, en un esfuerzo más consciente por que el evangelio esté presente en cada sermón —a veces de manera explícita, a veces implícita, pero siempre presente.
En cuanto a la aplicación, tampoco hubo un quiebre. Siempre busqué un equilibrio entre doctrina y aplicación, y creo que he sido coherente entre lo que expongo y lo que aplico. Lo que sí noto es que las conclusiones son más concretas: no más vagas ni más extensas, sino más precisas.
Donde quizá el seminario dejó la marca más visible fue en cómo integro la teología en la predicación. Trato de mechar doctrina de manera práctica, buscando generar en la congregación una comprensión paulatinamente más clara y adecuada. Repaso los conceptos teológicos con frecuencia, de tal manera que vayan siendo asimilados por los hermanos sin que la enseñanza se vuelva algo técnico y frío. La meta es que la congregación vea la hermosura y la importancia de la doctrina sana, no que la sufra como una clase magistral.
También valoro más la sistematización en la enseñanza. Todo el consejo de Dios debe surgir a partir de los textos que se están enseñando. Si estoy predicando un libro, las doctrinas que aparecen en ese libro se trabajan, se repasan y se conectan con el resto de la Escritura. No es teología suelta: es teología enraizada en el texto que la congregación está escuchando esa mañana.
La corrección, entonces, no fue un giro de ciento ochenta grados. Fue más bien como afinar un instrumento que ya sonaba pero que podía sonar mejor. Y esa afinación, por discreta que parezca, la escucha la congregación —aunque no siempre sepa nombrar qué cambió.
La predicación mejorada, sin embargo, trae consigo un peligro sutil: creer que uno ya sabe lo suficiente. En la próxima entrega hablaré de la cuarta lección, quizá la más personal: la humildad.
Parte 1
Parte 2
Parte 4

