Ministerio

Estudio para servir: cinco lecciones de tres años de seminario — Parte 2

Ricardo Daglio 4 min de lectura

Parte 2: Consolidación teológica

En la primera entrega de esta serie hablé de la disciplina como medio que el Señor usó durante mis tres años de maestría en The Master’s Seminary. Pero la disciplina no es un fin en sí misma. Fue el camino hacia algo más profundo: una consolidación teológica que no esperaba en la medida en que ocurrió.

Mucho de lo que entró en mi vida durante esos años no fue nuevo, sino más firme. Hubo, sí, áreas donde el seminario me corrigió. Pero hubo otras —quizá las más importantes— donde llegué a las mismas conclusiones que ya sostenía, esta vez con fundamentos mucho más sólidos. Esa diferencia, entre una convicción heredada y una convicción examinada, es uno de los frutos más valiosos del estudio serio.

Una de las áreas donde más noté el avance fue en la integración entre teología y consejería bíblica. Descubrí cuánto pesa la doctrina cuando uno se sienta frente a un hermano o hermana en lucha. La consejería sin teología termina siendo psicología cristianizada; la teología sin aplicación pastoral termina siendo abstracción. El libro Teología de la consejería bíblica, de Heath Lambert, fue una lectura especialmente apasionante y enriquecedora para mí en ese sentido.

También crecí mucho en exégesis bíblica. Aprendí a acercarme al texto con más cuidado, a considerarlo en su contexto, a dedicarle el tiempo que cada porción merece, sin saltar a la aplicación antes de haber escuchado al texto. Eso, para un predicador semanal, no es un detalle menor: cambia la manera de preparar cada sermón.

Otra área que se me abrió con una fuerza nueva fue la escatología y el reino de Dios desarrollado a lo largo de toda la Escritura. Aunque sigo profesando un dispensacionalismo abierto, hoy lo sostengo con más convicción que antes. Defiendo una postura reformada que no necesariamente comparte la escatología reformada clásica, y leer El Reinara por Siempre: Una Teología Bíblica del Reino de Dios de Michael Vlach sobre el tema fue determinante para solidificar mi posición.

Hubo también doctrinas que ya creía y que el estudio profundizó: la inspiración de las Escrituras, examinada más a fondo en todas sus implicancias; la cuestión de los dones espirituales —los que cesaron y los que continúan— con un trabajo más cuidadoso del material bíblico; y la doctrina de la elección divina, vista en sus evidencias a lo largo de toda la Escritura, no como un dogma aislado sino como un hilo que recorre la historia redentora.

¿Cómo se nota todo esto en el pastorado? De manera concreta: me ha ayudado a ser más cuidadoso con el uso del contexto bíblico y con la elección de los textos cuando intento responder a inquietudes ministeriales. Antes era más rápido para citar; ahora soy más lento para asegurarme de que el texto efectivamente dice lo que lo estoy exponiendo o aconsejando. Esa lentitud es ganancia, no pérdida.

La consolidación teológica, entonces, no es saber más cosas. Es sostener mejor las que uno ya creía, corregir las que estaban torcidas, y ganar humildad ante las que todavía no se entienden bien. De esa humildad hablaré más adelante en esta misma serie.


La consolidación teológica no se queda en la cabeza: se traduce en la forma de predicar y aplicar. A eso dedicaré la próxima entrega: corrección en la predicación y la aplicación, parte 3

Parte 1

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