Ministerio

Estudio para servir: cinco lecciones de tres años de seminario — Parte 4

Ricardo Daglio 5 min de lectura

Parte 4: Humildad

En las entregas anteriores hablé de disciplina, consolidación teológica y corrección en la predicación. Estas tres lecciones, sin embargo, corren un riesgo serio si no están acompañadas por una cuarta: la humildad.

Cuando uno lleva años en el ministerio —en mi caso, desde 1986— puede creer que sabe más de lo que realmente sabe. No por arrogancia deliberada, sino por acumulación: tantos sermones predicados, tantas conversaciones pastorales, tantas crisis atravesadas, que uno naturalmente asume que tiene las cosas bastante claras. El seminario me mostró que no.

Y lo hizo en cada área. En Panorama del Antiguo y Nuevo Testamento aprendí a recorrer la teología bíblica que atraviesa ambos de una manera que no conocía con esa profundidad. En Consejería Bíblica descubrí herramientas con raíz en la Escritura que afinaron mi manera de tratar con las almas. Los trabajos prácticos, con sus preguntas de carácter mínimamente apologético, me obligaron a revisar posiciones que quizá no estaban tan firmemente arraigadas en la Palabra de Dios como yo suponía. Y las clases de Ministerio Pastoral tuvieron una contundencia práctica que humilló mi corazón. Me hicieron revisar años de ministerio y reflexionar sobre cómo consolidar los que, en la gracia de Dios, tenga por delante.

¿Fue incómodo? No. Fue liberador. Fue una demostración de la gracia del Señor y de su cuidado sobre mi vida. Ser consciente de que Él aún no ha terminado conmigo, y de que seguirá siendo el Maestro por excelencia de mi vida y mi ministerio, no humilla en el sentido de aplastar: humilla en el sentido de ubicar.

Recuerdo una capilla en especial. El predicador hizo una pregunta que se me quedó grabada: “¿Saben por qué razón tienen tanto para leer, escribir, estudiar y volver a leer y volver a escribir? ¿Saben por qué continuamos enviando trabajos y escritos? ¡Porque tendrán que hacer eso toda la vida!” Por lejos, fue algo que me marcó muchísimo. Y así lo hago hoy en día también. El seminario no es el final del estudio; es el comienzo de un estudio más consciente.

Finalicé la maestría con Suma Cum Laude —la máxima distinción académica, que se otorga a quienes alcanzan un promedio superior al estándar más alto del programa. Fue un regalo. No merezco nada, pero el esfuerzo fue coronado de esa forma desde el lado académico. No lo buscaba, aunque tampoco me disgustaba la idea de tenerlo; es un lindo recuerdo. Pero más que eso, creo que puede ser una hermosa pantalla para los que vienen detrás: se puede estudiar con rigor siendo pastor en ejercicio, a los 56 años, desde la Patagonia. Y por sobre todas las cosas, fue una demostración de gratitud hacia The Master’s Seminary, porque ellos me ayudaron becando gran parte de la maestría. Esas becas son posibles porque hay hermanos que aportan de su bolsillo para que estudiantes puedan formarse. Hacer valer ese esfuerzo y demostrarles que no otorgaron algo que se echó a perder era lo mínimo que podía hacer. Suma Cum Laude no es la nota final. Siempre hay que aprender más.

El conocimiento envanece, dice Pablo en 1 Corintios 8:1. Pero el pasaje no niega la necesidad de conocimiento; advierte que sin amor no hay edificación genuina. Conocer por amor es lo que marca la diferencia, y creo que esa convicción es lo que me ha permitido cuidar —y seguir cuidando— el riesgo de un corazón orgulloso. El seminario me confrontó con mi propio orgullo más de lo que esperaba, especialmente en la disciplina académica: me molestaban las indicaciones de estilo, las normas por las que debía regirme para entregar cada trabajo. Tuve que pedirle perdón al Señor muchas veces por mi enojo. Me humilló y me enseñó.

Cuando sabés más, sabés menos. Lo que se atribuye a Sócrates —”solo sé que no sé nada”— resulta ser una cosa muy real en este campo. Y eso te ayuda a mantener un perfil bajo, a no pensar: “Ah, pero yo tengo una maestría en The Master’s Seminary”. Nada de eso. Al contrario: aprender a servir mejor a la iglesia incluye hacerlo con más conciencia de tus propias limitaciones. Al final del día, soy un moribundo con más conocimiento de la Palabra de Dios ayudando a moribundos a que tengan más conocimiento de la Palabra de Dios —conocimiento que, en última instancia, tiene un solo propósito: crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. De eso se trata. Se trata de Cristo y de amarlo más.

Queda una última lección: el ejemplo. A eso dedicaré la próxima y última entrega de esta serie.

Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 5

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