Serie: 1 Tesalonicenses
Capítulo 3:11-13
Muchas veces, a los pastores nos toca acompañar a alguien que busca consejo, alguien que necesita ayuda para atravesar una situación concreta. Hay que escuchar, comprender, y entonces abrir la Palabra de Dios es indispensable. Podemos orientar, exhortar, animar con la Escritura… y eso es bueno e imprescindible. Pero, siendo honestos, llega un punto en el que reconocemos que eso, por sí solo, no alcanza. Porque hay circunstancias que no dependen de nosotros, resultados que no podemos garantizar, caminos que todavía no están claros. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿qué hacemos cuando no tenemos certeza de cómo se va a resolver una situación? ¿Cómo avanzar cuando no podemos controlar lo que viene?
Lo que encontramos en 1 Tesalonicenses 3:11-13 es la manera en que Pablo ve resuelta una situación similar, reconociendo que solamente Dios puede hacer algo. Esto sirve no solo a quienes pastorean sino también a todos los que deseen ayudar a otros en una situación apremiante. Pablo vio que solo Dios puede abrir el camino, producir el amor y afirmar los corazones de su pueblo, y por esa razón oraba por los tesalonicenses con peticiones específicas. Ya lo ha mencionado en la carta (1:3; 3:9-10), y lo que veremos ahora es la conclusión de esa oración: las peticiones puntuales que describen la manera específica en que los llevaba al trono de la gracia, entendiendo la situación de la iglesia de Tesalónica bajo circunstancias difíciles, frente a tentaciones y tribulaciones. Pablo es un ejemplo que podemos seguir, y lo que aprendemos de su oración puede orientarnos también a nosotros.
Cuando solo Dios puede abrir el camino
Pablo quería completar lo que faltaba a la fe de los tesalonicenses: instruirlos, continuar edificando su vida espiritual con enseñanza que aún necesitaban recibir (1 Tes. 3:10). Como apóstol, pastor y maestro, él sabía que esa era su responsabilidad, tal como lo enseña en Ef. 4:11-12. La preocupación de Pablo siempre fue la fe de ellos (1 Tes. 3:1-2). Sin embargo, Satanás había estorbado ese propósito, ocasionando además tentaciones a los tesalonicenses (1 Tes. 2:18; 3:5).
Por eso, la primera petición puntual de Pablo ante Dios tiene que ver con esto (1 Tes. 3:11). La expresión “Dios dirija nuestro camino” apunta precisamente a lo que él sabía que era humanamente imposible lograr sin la intervención divina: que Dios allanara el camino. Esa es la idea del verbo “dirija” — quitar los obstáculos, dejarlo libre y llano. Es algo que Pablo no podía hacer por sí mismo.
Esta petición abre una pregunta importante: ¿sobre qué base podía Pablo orar así, y sobre qué base podemos hacerlo nosotros? La confianza reposa en dos verdades fundamentales.
Oramos con confianza, oramos con seguridad, oramos al Padre y al Hijo. Él puede obrar lo que nosotros no podemos.
La primera es que Dios es nuestro Padre. Una de las verdades más hermosas del evangelio se encuentra en Ro. 8:15 y Gál. 4:5. Jesús mismo reveló a Dios como un Padre generoso y confiable (Mt. 7:9-11), y Juan no encontró expresión más profunda que la de 1 Jn. 3:1, “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios“. Jesús hizo del Padre un título primordial en la vida de oración de sus seguidores, “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mt. 6:9). Pero esto solo es posible a través de la conversión y el nuevo nacimiento (Jn. 1:12). Hay quienes quieren la dirección de Dios, se autoproclaman hijos de Dios y lo llaman Padre, pero sin ninguna relación con la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios. Juan es claro en esto, demostrando esta incompatibilidad: “Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre” (1 Jn. 2:23).
La segunda verdad es que Jesucristo es Señor. Si el título de Padre habla de una relación, el título de Señor habla de un señorío. Nada es tan claro como el hecho de que los hijos de Dios están bajo el señorío de Cristo, “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Ro. 10:9); “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6:46).
Pablo, al orar así, no solo muestra su absoluta dependencia en quién ora y a quién le pide que dirija el camino, sino también la unidad del Padre y del Hijo: ora en plural, pero por Uno que guía en singular. También David oraba para que Dios lo dirigiera en su lucha contra los enemigos, no era capaz de hacerlo por su propia cuenta. Ciertamente, él tenía que moverse, pero finalmente confiaba en que Dios haría lo que él no podía (Sal. 35:1-3). Oramos con confianza, oramos con seguridad, oramos al Padre y al Hijo. Él puede obrar lo que nosotros no podemos.
El amor que distingue a la iglesia
La segunda petición de Pablo ya no tiene que ver con sus planes de visitar a los tesalonicenses, sino con la vida de ellos mismos (1 Tes. 3:12). El punto está alineado con lo que Jesús enseñó en Jn. 13:34-35, “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. Pablo ora para que el amor entre ellos crezca y sobreabunde.
Es una petición razonable y esperable, y es lo que distingue a la iglesia de Cristo por encima de cualquier religión. Otras religiones también profesan el amor, pero la diferencia clave no está simplemente en que el cristianismo tenga amor, sino en el tipo de amor que tiene: cuenta con un modelo único, que es Cristo; con una fuente sobrenatural, porque Dios nos amó primero; con una evidencia espiritual, porque muestra que somos discípulos; con una profundidad redentora, porque es un amor sacrificial; y con un alcance radical, que llega incluso a los enemigos.
El Nuevo Testamento está lleno de imperativos de amor mutuo —existen más de treinta expresiones del tipo “unos a otros”—, y el amor es, con diferencia, el más frecuente de todos (1 Tes. 4:9; Ro. 12:10; 2 Tes. 1:3; 1 Pe. 1:22; 1 Jn. 3:11, 23; 4:7; 2 Jn. 5).
Pablo ora para que esto se haga evidente en los tesalonicenses, no como el mero reconocimiento de una verdad bíblica, sino como un crecimiento y una abundancia visible y real. Y ese amor no se limita al interior de la iglesia. “Para con todos” indica que crece hacia adentro y hacia afuera: es una iglesia que se ama a sí misma y que ama a los perdidos. Eso no debe perderse de vista. A su vez, Pablo está diciendo que esto es también lo que Dios ha obrado en él: es ejemplo de un amor profundo por la iglesia de Cristo y a la vez de un amor genuino por los perdidos para que sean salvos.
Es una iglesia que se ama a sí misma y que ama a los perdidos. Eso no debe perderse de vista.
Santidad a la vista: vivir de cara a la venida de Cristo
La tercera y última petición de Pablo por los tesalonicenses tiene que ver con una esperanza que los mantiene alertas y con una santificación progresiva y estable (1 Tes. 3:13). ¿Qué significa ser “irreprensibles en santidad”? Lo que no significa es “sin pecado”. Para entender mejor lo que Pablo oraba, conviene considerar los otros dos pasajes del Nuevo Testamento que emplean el mismo vocablo griego para “santidad”: Ro. 1:4 y 2 Co. 7:1.
Los tres pasajes hablan de la santidad como una realidad visible en la conducta, no solo como una idea abstracta. En Ro. 1:4, en Cristo esa santidad fue perfecta: su vida en la tierra estuvo marcada por una pureza absoluta, y su resurrección confirmó quién era realmente, el Hijo de Dios. En 2 Co. 7:1, en los creyentes la santidad es un proceso: están llamados a crecer en ella, “perfeccionando la santidad”. Y 1 Tes. 3:13 enseña que ese proceso avanza hasta llegar a ser hallados irreprensibles en la venida de Cristo.
La clave es que esa santidad no se desarrolla en abstracto, sino a través del amor. Dios usa el amor práctico hacia otros para formar el carácter de Cristo en sus hijos. Pablo oraba —y es por lo que nosotros también debemos orar— para que el Señor capacitara a los tesalonicenses para vivir volcados hacia los demás, y así fuera afirmando su carácter cristiano, de modo que pudieran presentarse irreprensibles delante de Él.
El tema de la venida de Cristo tendrá su desarrollo más adelante en el capítulo 4, pero este texto nos recuerda con precisión que Jesús volverá, y que los tesalonicenses y nosotros podemos hacer nuestras las palabras de Juan: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:2-3).
Lo que solo Dios puede hacer
Cuando aconsejamos, cuando usamos la Palabra de Dios para guiar a otros, no podemos dejar de recordar en oración que es el Señor quien puede actuar: para quitar los obstáculos, para que las personas crezcan y abunden en amor hacia sus hermanos, y para que esa conducta haga manifiesto un andar en santificación creciente y sostenida hasta la venida del Señor Jesucristo. Esa irreprensibilidad es únicamente posible a través del evangelio, la obra de Cristo muriendo en la cruz y resucitando de los muertos en su primera venida. Es la forma en que los pecadores pueden tener esperanza si se arrepienten y ponen su confianza en Jesucristo.

