Serie: Una salvación tan grande
“Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron; pues antes de la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa cuando no hay ley. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir”. Romanos 5:12-14
En este quinto artículo de la serie “Una Salvación tan Grande”, continuamos explorando la doctrina del pecado a través de Romanos 5:12-14, un pasaje fundamental para comprender la relación entre el pecado de Adán y sus consecuencias para toda la humanidad. La historia de Acán en Josué 7:24-25 ilustra cómo las acciones de un solo hombre pueden tener repercusiones devastadoras, no solo para él, sino para quienes lo rodean. De manera similar, el pecado de Adán, nuestro primer representante, marcó el destino de toda su descendencia. Este concepto, conocido como la transmisión del pecado, nos ayuda a entender por qué todos nacemos pecadores y cómo esta realidad subraya la necesidad de la salvación que Cristo ofrece.
Romanos 5:12-14 no solo aborda la universalidad del pecado y la muerte, sino que también establece un paralelismo crucial entre la condena imputada por Adán y la justificación otorgada por Cristo. Como señala David Martyn Lloyd-Jones, este pasaje responde a preguntas fundamentales: “¿Por qué todos somos lo que somos por naturaleza? ¿Por qué este mal comportamiento del que todos somos culpables? ¿Y por qué morimos todos?”. Al explorar estas verdades, descubrimos que el pecado no es una mera falta de virtudes, sino una fuerza activa que entró en el mundo y transformó la condición humana, haciéndonos a todos pecadores dignos de la ira de Dios (Salmos 51:5; Efesios 2:3).
Nadie puede negar dos realidades universales: todos pecamos y todos morimos. Incluso aquellos que no son cristianos admiten, aunque sea con ligereza, que “no son santos”.
La Transmisión del Pecado
Romanos 5:12-14 es uno de los textos más importantes de la Biblia desde una perspectiva teológica, pues explica cómo el pecado de Adán afectó a toda la humanidad y cómo la justicia de Cristo nos restaura. El pasaje establece varias verdades clave:
- Todos morimos porque todos pecamos (v. 12): La muerte es la consecuencia universal del pecado.
- Todos pecamos porque uno pecó (v. 12): El pecado de Adán nos hizo pecadores.
- Todos morimos porque uno pecó (v. 15): La muerte es el resultado directo del pecado de Adán.
- Todos somos pecadores condenados porque uno pecó (vs. 18-19): La desobediencia de Adán trajo condenación a toda su descendencia.
- Todos seremos justificados porque uno murió (v. 19): La obediencia de Cristo ofrece justificación y vida a los que creen.
La universalidad del pecado y la muerte
Nadie puede negar dos realidades universales: todos pecamos y todos morimos. Incluso aquellos que no son cristianos admiten, aunque sea con ligereza, que “no son santos”. Sin embargo, Romanos 5:12 nos confronta con una verdad más profunda: el pecado no es solo una acción individual, sino una fuerza activa que “entró en el mundo” a través de Adán. Como explica Lloyd-Jones, el pecado no es la ausencia de cualidades positivas, sino un principio reinante que produce transgresión, culpa, depravación y una naturaleza corrompida. Es un acto de desobediencia que aleja al hombre de la justicia de Dios, llevándolo a errar el blanco de su estándar perfecto y a rebelarse contra su santa ley.
El pecado es un invasor que corrompió una creación originalmente perfecta (Génesis 1:31). La doctrina de la Caída, enseñada en Génesis 3, es esencial para entender la universalidad del pecado. Romanos 5:12 afirma que “por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. La muerte física, que afecta a cada individuo, es la evidencia de esta realidad. Como declara la Escritura, “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Esta verdad responde a la pregunta: ¿por qué morimos? La respuesta no está en la biología o la casualidad, sino en el pecado de Adán.
Si cuestionamos la imputación del pecado de Adán, también deberíamos cuestionar la imputación de la justicia de Cristo.
La imputación del pecado
La frase “todos pecaron” en Romanos 5:12 es una de las declaraciones más difíciles y profundas de la epístola. No se refiere a un estado general de pecaminosidad, sino a un acto histórico completado: el pecado de Adán. Pablo no dice que fuimos constituidos “pecaminosos” (con una naturaleza pecaminosa), sino “pecadores”, un veredicto judicial de Dios. Todos somos considerados pecadores por nuestra relación con Adán, y la muerte es la prueba de esta imputación. Como señala Lloyd-Jones, “no es simplemente que Adán nos haya dado una naturaleza pecaminosa; Dios nos ha ‘constituido’ pecadores a causa de nuestra relación con Adán, y la pena por el pecado ha caído sobre toda la raza en forma de muerte”.
La imputación es la transferencia de un estado de cuenta a otro. Así como el pecado de Adán nos fue imputado, haciéndonos pecadores, la justicia de Cristo se imputa a los que creen, haciéndolos justos (Romanos 5:19). Este paralelismo es central: la desobediencia de Adán trajo condenación, mientras que la obediencia de Cristo trajo justificación. La imputación no depende de nuestras acciones, sino de nuestra relación con nuestros representantes: Adán para la condenación, Cristo para la salvación.
Perspectivas históricas sobre la transmisión del pecado
A lo largo de la historia, se han propuesto diferentes interpretaciones sobre cómo el pecado de Adán afecta a la humanidad:
- Pelagianismo: Pelagio enseñó que el pecado de Adán solo nos provee un mal ejemplo. Según esta perspectiva, cada persona nace pura (creacionismo del alma) y, al igual que Adán, decide pecar y corromperse. Pelagio incluso sugirió que, al ser buenos por naturaleza, podemos ganar nuestra salvación mediante buenas obras. Sin embargo, esta visión contradice Romanos 5:12-19, pues si no hay imputación del pecado de Adán, tampoco hay imputación de la justicia de Cristo. Si la cruz es solo un ejemplo, seguimos en nuestros pecados, ya que estos no fueron cargados sobre Cristo.
- Arminianismo: Arminio propuso que heredamos una naturaleza corrompida de Adán, pero no una condenación directa. Nacemos con una tendencia a pecar, pero solo nos convertimos en pecadores culpables cuando elegimos pecar. Esta perspectiva incluye la idea de la “gracia preveniente”, que neutraliza nuestra inclinación al pecado, dándonos la capacidad de elegir el bien. Aunque el arminianismo reconoce correctamente que somos culpables por nuestras acciones (Deuteronomio 24:16; Ezequiel 18:4), ignora que Romanos 5:19 y Salmos 51:5 enseñan que nacemos pecadores y condenados por el pecado de Adán. Además, la idea de que podemos elegir el bien por nuestra cuenta contradice Romanos 3:9-18, que afirma que nadie busca a Dios por naturaleza.
- Calvinismo: Esta perspectiva sostiene que el pecado de Adán nos hizo pecadores condenados. Adán actuó como nuestro representante, y su desobediencia resultó en la imputación de la culpa a toda su descendencia. Romanos 5:12-19 compara esta imputación con la justicia de Cristo, quien, como nuestro representante, nos justifica sin que hayamos hecho nada bueno. La crítica común al calvinismo es que no parece justo que Dios nos condene por el pecado de Adán. Sin embargo, la justicia divina no se basa en lo que consideramos justo, sino en la verdad revelada. Si cuestionamos la imputación del pecado de Adán, también deberíamos cuestionar la imputación de la justicia de Cristo, pues ambas operan bajo el mismo principio representativo. Pablo enseña que ambas son igualmente justas.
Evaluación teológica
- Pelagianismo: Al negar la imputación del pecado de Adán, esta visión socava la imputación de la justicia de Cristo, dejando la salvación dependiente de las obras humanas, lo cual contradice la gracia soberana de Dios.
- Arminianismo: Aunque reconoce la culpa por nuestras acciones, subestima la enseñanza bíblica de que nacemos pecadores y condenados por el pecado de Adán. La idea de la gracia preveniente, que otorga a todos la capacidad de elegir el bien, no encuentra apoyo claro en las Escrituras y contradice la depravación total descrita en Romanos 3:9-18.
- Calvinismo: Esta perspectiva alinea la imputación del pecado con la imputación de la justicia, manteniendo la coherencia del paralelismo de Romanos 5:12-19. Aunque el concepto de ser condenados por el pecado de otro puede parecer injusto, la justicia de Dios trasciende nuestra comprensión humana, y su plan redentor demuestra que su soberanía y gracia son perfectas.
Conclusión
Romanos 5:12-14 nos confronta con la realidad del pecado heredado: por un hombre, Adán, el pecado entró en el mundo, trayendo muerte y condenación a todos. Esta verdad, aunque difícil, es fundamental para comprender la universalidad del pecado y la muerte, así como la necesidad de la salvación que Cristo ofrece. El paralelismo entre Adán y Cristo revela la gloria de la redención: así como el pecado de Adán nos constituyó pecadores, la obediencia de Cristo nos constituye justos por la fe. Al enfrentar un mundo que minimiza el pecado, la iglesia debe proclamar con claridad que todos somos pecadores por naturaleza, pero que en Cristo encontramos la justificación y la vida eterna. Que esta verdad nos humille, nos impulse a depender de la gracia de Dios y nos motive a compartir el evangelio con un mundo necesitado de la salvación tan grande que solo Cristo puede ofrecer.

