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Los privilegios de los hijos de Dios

Ricardo Daglio 13 min de lectura
Contemplar su amor, disfrutar nuestra identidad, vivir en santidad – 1 Jn 3:1-3

«Supongo que debemos estar de acuerdo en que jamás se ha escrito nada más sublime que esto, y que cualquier hombre que tenga que predicar sobre un texto semejante o sobre una palabra semejante debe ser especialmente consciente de su propia pequeñez, insuficiencia e indignidad». —Martyn Lloyd-Jones

Soy fanático de las películas de Jason Bourne. Una de las cosas más desorientadoras que le pueden pasar a una persona es no saber quién es. Bourne es un agente de la CIA que despierta sin recordar quién es, de dónde viene ni cuál es su verdadera historia. Tiene una identidad, pero no tiene conciencia de ella. Y mientras no sabe quién es, tampoco entiende bien cómo interpretar lo que le está pasando.

Esto me permite introducir el tema de hoy, porque en la vida cristiana también hay un conocimiento que debería transformar nuestra manera de vivir: saber quiénes somos delante de Dios, a quién pertenecemos y qué significa vivir como sus hijos. Algo parecido a lo de Bourne puede ocurrirle al cristiano. Podemos ser hijos de Dios y, sin embargo, vivir durante días, semanas e incluso años con una conciencia muy débil de lo que eso significa.

Nuestra práctica como cristianos se fundamenta en nuestra creencia: lo que sabemos y creemos se evidencia en cómo vivimos. Pero lo que creemos no son verdades pasivas que simplemente conforman un credo, una serie de doctrinas que nos dan lineamientos para responderles a quienes preguntan. Las verdades cristianas, creídas, meditadas y consideradas con atención, tienen la virtud de transformarnos más y más a la imagen de Cristo.

De todas esas verdades —todas importantes y vitales— algunas, sin embargo, son más sobresalientes que otras. Todas las verdades bíblicas son importantes, pero no todas son igualmente centrales. Saber que Jesús lloró ante la tumba de Lázaro es una verdad preciosa; saber que Jesús murió y resucitó para salvarnos es una verdad de un peso infinitamente mayor.

Por eso hoy quiero que nos concentremos en una de esas verdades centrales, capaz de transformar radicalmente nuestra vida cristiana: considerar el amor de Dios. Seguramente, cuando escuchás hablar del amor de Dios, pensás: «¡Ah!, sí, eso ya lo sé». Está por todo el Nuevo Testamento: Juan 3:16; Romanos 5:8; 8:39; 1 Juan 4, y aquí, justamente, en 1 Juan 3:1, entre muchos otros. La Biblia es clara sobre el amor de Dios. Pero la pregunta es: ¿cómo te afecta?

Podemos contemplar el amor de Dios

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.” (1 Juan 3:1a, RV60)

Esta parece ser la idea de Juan en el versículo 1. Ya ha mencionado en el capítulo anterior a los que son nacidos de Dios, y ahora hace un llamado a mirar. El puritano Tomás Manton enseñó que cuando la Biblia dice “he aquí” o “mirad”, no siempre se trata simplemente de llamar la atención sobre un dato. A veces es como si Dios señalara algo y dijera: “Miren esto” (Juan 1:29). Otras veces: “Miren qué grande es esto” (Lamentaciones 1:12). Y otras: “Miren qué privilegio les he concedido” (1 Juan 3:1). Por eso, según Manton, “una verdad bíblica no solamente debe ser creída; debe ser contemplada. Si es cierta, debemos creerla con mayor firmeza. Si es grande, debemos considerarla con mayor seriedad. Y si es un privilegio que Dios nos ha concedido, debemos disfrutarla con mayor gozo.”

“Una verdad bíblica no solamente debe ser creída; debe ser contemplada.”

Esto es lo que enseña Manton: que el amor de Dios al adoptar a los creyentes en su familia y reconocerlos como sus hijos es un acto de gracia tal que su pueblo jamás podrá considerarlo ni admirarlo lo suficiente. Hay verdades para creer y otras para creer y contemplar. Mirar con mayor profundidad las verdades que ya se conocen es mejor que abarcar más verdades desconocidas que solamente aumentarán la capacidad de estar informado. Es mejor más profundidad que extensión. Esto es lo que Juan busca lograr con la consideración del amor de Dios.

El propósito de la carta se encuentra en 1 Jn. 1:4: que haya un gozo completo. Es posible tener comunión con Dios aquí en la tierra, aunque hay condiciones no negociables para esto: andar en luz (1 Jn. 1:7), ser obedientes (1Jn. 2:3), amar a los hermanos (1 Jn. 2:9), no amar las cosas de este mundo (1 Jn. 2:15). Hay aspectos negativos y positivos en todo esto, pero lo que termina mostrando se resume en 1 Jn. 2:29. Hacer justicia no es simplemente vivir moralmente bien; lo que el Nuevo Testamento quiere decir con esto es vivir como Jesús vivió. Juan no le escribe a personas que persiguen una perfección moral, sino a quienes les han sido perdonados sus pecados (1 Jn. 2:12).

El amor del que habla Juan es, ante todo, el amor de Dios. El teólogo inglés J. I. Packer, en El conocimiento del Dios santo, escribió: “El amor de Dios es una manifestación de su bondad hacia pecadores individuales, por medio de la cual, habiéndose comprometido con su bienestar, dio a su Hijo para que fuera su Salvador, y ahora los lleva a conocerlo y disfrutar de Él en una relación de pacto.” Esto ayuda a definir el amor: es de Dios. Los atributos de Dios afectan sus demás atributos. Dios es eterno, y por eso su amor es eterno. Dios es justo, y su amor es justo. Dios es santo, y su amor es santo. Dios es bondadoso, y su amor es bondadoso.

Ese amor, además, es un amor por los pecadores. No se obtiene por méritos; ha sido dado, tal como enseñan Isaías 9:6 o Romanos 5:8 y 8:32. Cuando un pecador se arrepiente, recibe gratuitamente el perdón de Dios por medio de la muerte de Cristo, que satisface la justicia divina.

El amor de Dios se refleja, además, en que hace a los creyentes sus hijos. Son hechos parte de la familia de Dios, participantes de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4), ciudadanos del cielo (Efesios 2:12, 19), herederos de Dios y coherederos con Cristo (Romanos 8:17). Los hijos de Dios son nacidos de Dios (Juan 1:12-13); no llegan a serlo por su conducta buena ni por mérito personal alguno.

El resultado de este amor es, en primera instancia, llegar a ser hijo de Dios. Pero una de las consecuencias secundarias es que las demás personas empiezan a desconocer a quien ha sido transformado así. Esto se ve de diferentes maneras; una de ellas es el rechazo: “Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece” (1 Juan 3:13). Jesús mismo lo dijo en Juan 15:18-21. Por el lado opuesto, ocurre todo lo contrario entre los cristianos: se aman, se buscan, tienen temas en común, disfrutan estar juntos, hablar de Cristo y de la vida espiritual, de Dios y sus maravillas, de la gracia, del perdón de pecados, de la misericordia, de las bondades inmerecidas de Dios. Disfrutan ver a otros madurar y crecer en su fe. Por todo esto, y mucho más que no se puede expresar con justicia, Juan exclama: “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre!”

Podemos disfrutar nuestra identidad

“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.” (1 Juan 3:2, RV60)

En los últimos años se han visto y oído más debates entre cristianos acerca de doctrina y escatología que cristianos regocijándose y ocupando tiempo en considerar, pensar, meditar y profundizar sobre quiénes son. No hay dudas de que la mayor causa de la falta evidente de felicidad en la experiencia diaria de los creyentes se debe a una falla en entender y considerar esta verdad. Es común transitar el mundo como si se fuera cualquier cosa menos hijo de Dios. Es el fracaso en darse cuenta de quién se es lo que hace tropezar en toda esta cuestión de conducta moral y comportamiento. Si una vez cada creyente se viera a sí mismo tal como se lo representa en este pasaje, no habría necesidad de persuadirlo a vivir la vida cristiana.

Todas las exhortaciones del Nuevo Testamento a vivir como agrada a Dios, con mandatos y directrices para la conducta, se fundamentan sobre la base de esta posición: lo que se es define cómo se vive. El texto define no menos de tres cosas.

“Nunca se será más hijo de Dios que lo que ya se es ahora.”

En primer lugar, se sabe que se es hijo de Dios ahora mismo. “Somos”, dice Juan, sin ninguna nota de duda. Nunca se será más hijo de Dios que lo que ya se es ahora. Tal como se es ahora, tal como se será en gloria. Eso no va a mejorar en la eternidad en cuestión de identidad. Un ejemplo claro es el del hijo pródigo (Lucas 15): cuando estaba en su casa, era hijo; cuando vivió con los cerdos, era hijo; cuando regresó a su padre queriendo vivir como jornalero, seguía siendo hijo. La conducta o la apariencia no determinan la relación. La realidad del hijo pródigo en su miseria era que era consciente de su pecaminosidad, de su incapacidad de honrar a su padre, de su corazón engañoso. Juan da varias pruebas en su carta que confirman que una persona es hijo de Dios, agrupadas al menos en tres: la prueba doctrinal —qué se cree acerca de Cristo—, la prueba moral —cómo se vive— y la prueba social o relacional —cómo se ama.

En segundo lugar, se sabe que se está destinado a gloria. Hay una historia documentada sobre la reina Victoria de Inglaterra, quien reinó por sesenta y tres años entre 1837 y 1901. Cuando ella tenía alrededor de doce años, su institutriz le mostró un árbol genealógico que le permitió comprender algo que hasta ese momento no había dimensionado: estaba mucho más cerca del trono de Inglaterra de lo que pensaba. Según el relato posterior de su institutriz, Victoria respondió: “Veo que estoy más cerca del trono de lo que pensaba.” Y después de reflexionar un momento, tomó su mano y dijo: “Seré buena. Ahora entiendo por qué insistías tanto en que aprendiera.” A partir de ese momento, aquel conocimiento cambió su manera de verse a sí misma y, según el relato, también su manera de vivir. Hay algo muy instructivo en esto: cuando ella comprendió quién era y la responsabilidad que le esperaba, entendió que eso tenía que afectar su conducta. De la misma manera, los creyentes están destinados a la gloria (Juan 14:1). Esta verdad es tan integral en la vida del cristiano como lo es saber que sus pecados han sido perdonados; no se puede separar una de la otra. Es la razón por la que se puede leer con tanto valor Romanos 8:38-39. Los creyentes fueron destinados a esto desde antes de la fundación del mundo (Romanos 8:29), y las promesas de Dios están basadas sobre su propio carácter: Él no puede romper sus promesas.

En tercer lugar, se sabe algo específico de esta gloria: se será semejante a Él, porque se le verá tal como Él es. Cuando Cristo regrese, los creyentes serán semejantes a Él. No hay mejor comentario para esto que las palabras de Martyn Lloyd-Jones: “Lo veremos tal como Él es. ¡Qué visión tan bendita y gloriosa será contemplar al Hijo de Dios en toda su gloria, tal como Él es, cara a cara! Estaremos ahí, delante de Él, contemplándolo y disfrutando de Él por toda la eternidad. Será entonces, y solo entonces, cuando comenzaremos a comprender lo que Él hizo por nosotros, el precio que pagó, el costo de nuestra salvación. ¡Oh, aferrémonos a esto! ¡Qué vergüenza que alguna vez nos quejemos o murmuremos! ¡Qué vergüenza que alguna vez digamos que la vida del cristiano es difícil! ¡Qué vergüenza que alguna vez objetemos las demandas de este glorioso evangelio! ¡Qué vergüenza que alguna vez adoremos, alabemos y amemos a medias su honor y su gloria! Estamos destinados a contemplar esa gloriosa visión. Lo veremos tal como Él es, cara a cara.” Ahora los creyentes están siendo formados a su imagen, pero solo en gloria podrán verlo y ser semejantes a Él.

Podemos vivir una vida de santidad

“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Juan 3:3, RV60)

Cuando todo lo anterior eleva el corazón con una esperanza gloriosa, verdadera, real y segura, este versículo ayuda a poner los pies sobre la tierra. Básicamente, lo que dice Juan es que si hay algo que verdaderamente es el motor de la vida cristiana en santidad y que honra a Dios, es la contemplación del amor de Dios en Cristo. Este versículo es la conexión lógica con todo lo demás: si los versículos anteriores recuerdan lo que se es como hijo de Dios, este texto recuerda lo que se hace como hijo de Dios.

Vale la pena notar la secuencia. ¿Por qué los creyentes fracasan tanto? La respuesta está en que la creencia es deficiente. Si cada uno se viera como el Nuevo Testamento lo ve, el problema de conducta cristiana se solucionaría de manera instantánea. En otras palabras, de acuerdo con el Nuevo Testamento, la santidad es una deducción inevitable que surge de la doctrina; no es algo separado de ella. Se entiende la posición de hijo, y de ahí surge inmediatamente el vivir y crecer en aspectos de santificación. Cuando se separa la santificación de la doctrina, esta se transforma en un legalismo moralista que hace o deja de hacer con el fin de lograr una posición espiritual.

“La santidad es una deducción inevitable que surge de la doctrina; no es algo separado de ella.”

Toda la vida de santificación progresiva surge de la esperanza puesta en Cristo: “el que tiene esta esperanza en él [la del versículo 2] se purifica a sí mismo así como él es puro”. El tiempo no alcanzaría para desarrollar toda la enseñanza que se desprende de esto, pero afecta cada rincón de la vida cristiana. La idea de purificarse a sí mismo no es la misma que limpiarse a sí mismo; eso lo hace Cristo, por medio de su sangre (1 Juan 1:9). El Nuevo Testamento está lleno de enseñanzas sobre la mortificación del pecado (2 Corintios 7:1; Colosenses 3:2, 5). Esto se logra mirando a Cristo por medio de la Escritura (2 Corintios 3:18), aunque solo cuando se lo vea cara a cara se será verdaderamente como Él es.

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