El Espíritu Santo no solo hace hijos de Dios a los creyentes, sino que les da la conciencia y la seguridad de serlo, capacitándolos para clamar con confianza: «Abba, Padre».
Conviene recordar siempre que, cada vez que se aborda un texto en particular sin seguir la secuencia completa de un capítulo, resulta necesario entender —o al menos tener en claro— cuál es el contexto del pasaje. Esto no es un detalle menor, especialmente en el pasaje que aquí se considera (Ro. 8:14-17), puesto que el apóstol Pablo llega a esta porción sobre el Espíritu de adopción dentro de un marco mayor que comienza y finaliza con la liberación del cristiano de la condenación por medio de la obra de Cristo y el amor de Dios (Ro. 8:1-2; 34-39).
Más aún, en un sentido más amplio, el argumento de Pablo comienza en el capítulo 6 con una pregunta retórica (Ro. 6:1), que vuelve a formular más adelante, ahora con mayor información (Ro. 6:15). En el capítulo 7 aparece el testimonio personal del apóstol sobre su batalla por vivir de una manera que agrada a Dios, solo para encontrarse con su propia incapacidad y llegar a la conclusión de que es un hombre miserable, cuya única esperanza está en la obra de Cristo. Es allí donde el capítulo 8 comienza a desarrollar su argumento final: hay batalla, sí; pero no existe condenación alguna, porque Dios condenó el pecado en la carne de su Hijo, y no en la de Pablo ni en la de ninguno de los que han puesto su confianza en Cristo. Una expresión resume el avance de la vida cristiana o la persistencia en una vida ajena a Dios: no andar conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
De allí en más, nadie que lea los versículos siguientes de Romanos 8 hasta llegar al versículo 14 puede negar que la vida cristiana es una batalla a muerte contra el pecado, y que esa batalla puede librarse con esperanza gracias a la presencia, la dirección y el poder del Espíritu Santo. Es justamente la conclusión previa de Pablo, en los versículos 12 y 13, la que potencia y da pleno sentido al texto de los versículos 14 al 17. El pasaje señala cuatro aspectos concretos de la manera en que el Espíritu Santo obra en aquellos que, aún batallando con el pecado, han entendido que, aunque ya no hay condenación para ellos, necesitan de la asistencia del Espíritu de Dios.
El Espíritu nos guía como hijos
Romanos 8:14
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.
La primera certeza de que un creyente es hijo de Dios tiene que ver con la guía del Espíritu. Ya en el versículo 12 Pablo emplea el vocabulario propio de una deuda: deudores somos. Pero de inmediato aclara que esa deuda no es con la carne, como si el creyente todavía estuviera obligado a vivir conforme a ella. Por el contrario, ha sido liberado de esa obligación y, por el poder del Espíritu, debe dar muerte a las obras de la carne. Y esto ha de constituir un estilo de vida claro y definido, porque no existe un punto intermedio: o se vive conforme a la carne y se muere, o por el Espíritu se hacen morir las obras de la carne y se vive (v. 13).
¿De qué se trata esta guía? ¿Cómo ocurre? El texto comienza con un «porque», que establece una conexión directa con lo que Pablo acaba de decir. Cuando alguien hace morir las obras de la carne, cuando vive de tal manera que su vida se convierte en una batalla real contra el pecado, sometiéndolo y luchando contra él, eso es evidencia de que es hijo de Dios. No significa que nunca vaya a pecar ni que siempre saldrá victorioso. Significa que hay en él una batalla real contra el pecado, porque el Espíritu de Dios obra en su interior y lo lleva a vivir de una manera que agrada a Dios.
“Cuando alguien vive de tal manera que su vida se convierte en una batalla real contra el pecado, eso es evidencia de que es hijo de Dios.”
La guía del Espíritu en este texto —y, en general, en varios pasajes similares que tratan este tema— no se refiere a cuestiones como con quién casarse, qué trabajo aceptar o qué estudiar. Sin duda el Señor dirige también esas áreas de la vida del creyente, pero ese no es el punto que Pablo desarrolla aquí. El apóstol no está generando dudas acerca de la identidad del creyente como hijo de Dios, sino presentando afirmaciones acompañadas de demostraciones claras de la obra del Espíritu. Por eso, a lo largo del pasaje aparecen expresiones condicionales: «y si…» (v. 9); «si Cristo está en vosotros…» (v. 10); «y si el Espíritu…» (v. 11). Estos condicionales no tienen como propósito sembrar incertidumbre acerca de la salvación, sino establecer una relación clara entre la presencia del Espíritu y las evidencias que esa presencia produce en la vida del creyente.
¿Cómo guía el Espíritu, entonces? No se trata de emociones, sentimientos ni cosas por el estilo. El Espíritu Santo guía por medio de la Escritura (Pr. 3:1-5). Cada mandato, tanto positivo como negativo, que se encuentra en el Nuevo Testamento o en cualquier otra parte de la Escritura que Él mismo inspiró, constituye el manual de instrucciones que revela la dirección del Espíritu Santo para la conducta del creyente. Donde hay obediencia a la Palabra de Dios, donde crece el amor por Cristo como fruto de una obediencia sincera y dependiente del Espíritu Santo, allí hay certeza de ser un hijo adoptado por Dios.
El Espíritu nos libera del temor del esclavo
Romanos 8:15
Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!
Lo más probable es que Pablo esté haciendo aquí un juego de palabras con el uso de «espíritu»: el primero designa una disposición y el segundo, una persona. Así lo señala Douglas Moo en The Epistle to the Romans: «Pablo puede, entonces, estar refiriéndose al espíritu humano, esclavizado al pecado; pero es más probable que utilice la palabra retóricamente, como una antítesis hipotética del “Espíritu de adopción”: “El Espíritu que ustedes han recibido no es un ‘espíritu de esclavitud’, sino un Espíritu de adopción.”».
Es una realidad que la vida sin Cristo es una vida atada al temor. Proverbios 11:7 lo expresa así: «Cuando muere el hombre impío, perece su esperanza; y la expectación de los malos perecerá». Y Proverbios 14:32: «Por su maldad será lanzado el impío; mas el justo en su muerte tiene esperanza». Isaías 57:20-21 lo describe con una imagen vívida: «Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos». Según Eclesiastés 9:2-3, todos enfrentan finalmente la muerte, y «este mal hay entre todo lo que se hace debajo del sol». Frente a esa esclavitud, Cristo vino para «destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Heb. 2:14-15).
El «otra vez» de este texto comunica que los cristianos, ahora libres de condenación, ya no viven en aquel estado de ansiedad y temor frente al juicio que experimentaban antes de llegar a ser hijos de Dios. Resulta muy útil comparar esta verdad con Gálatas 4:8-10, donde Pablo recuerda que, antes de conocer a Dios, estaban esclavizados a aquellos que por naturaleza no eran dioses, y les advierte que no vuelvan a someterse a esos débiles y pobres rudimentos. Por el contrario, el Espíritu produce una profunda convicción que trae consuelo y seguridad, y lleva al creyente a clamar desde el corazón de la manera en que únicamente un hijo puede comunicarse con un Padre que lo ama.
El Espíritu nos da seguridad de nuestra adopción
Romanos 8:16
El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.
Este es el único lugar en Romanos 8 donde «espíritu» se emplea en referencia al espíritu humano, en contraste con el Espíritu Santo. Es el Espíritu de Dios quien produce en los hijos de Dios una profunda certeza de su identidad, de tal manera que desde lo más íntimo de su ser surge el clamor: «¡Abba, Padre!», expresión que refleja la seguridad que el creyente tiene de su adopción.
Según el trasfondo del derecho romano, las transacciones legales como la adopción se realizaban ante varios testigos —siete, en la práctica jurídica de la época—, cuya función era dar fe de la validez del acto si alguna vez llegaba a ser impugnado. Así, ante las más que seguras acusaciones que sufrirá el cristiano, acusaciones que pondrán en duda o intentarán hacerle dudar de su filiación con Dios como hijo, el Espíritu Santo actúa como testigo absoluto, comunicando de manera inequívoca al espíritu del creyente que es verdaderamente un hijo de Dios, nacido de nuevo.
El Espíritu nos asegura una herencia con Cristo
Romanos 8:17
Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.
Efesios 1:14 enseña que el Espíritu Santo que mora en el creyente es la garantía de su herencia. Por eso, el mismo Espíritu que da testimonio de que somos hijos puede también asegurarnos que somos herederos. Aquí aparecen las dos últimas expresiones condicionales del capítulo 8 de Romanos: «y si hijos, también herederos» y «si es que padecemos juntamente con él». La primera establece una relación lógica: si somos hijos, necesariamente somos herederos. La segunda recuerda que no existe otro camino hacia la gloria que el de la identificación con Cristo, y esa identificación incluye necesariamente el sufrimiento.
“Aparte de Cristo no hay acceso a esta herencia; pero, unidos a Cristo, los hijos de Dios participan de todo aquello que el Padre ha determinado compartir con su Hijo.”
No se trata forzosamente de persecución. Se refiere a cualquier sufrimiento que resulte de identificarse con Cristo, especialmente a la luz del versículo 13: hacer morir las obras de la carne por el Espíritu. El sufrimiento no convierte a nadie en hijo ni es algo que se hace para comprar la herencia. El sufrimiento acompaña a los hijos de Dios en su camino hacia la gloria, porque están unidos a Cristo: sufren con Él para ser glorificados con Él. Pablo anticipa aquí, en forma resumida, lo que desarrollará más adelante en Romanos 8:28-29: Dios lleva a sus hijos a un destino glorioso, y aun los sufrimientos forman parte de ese propósito.
Pero ¿qué tipo de herencia es esta? ¿De qué quiere asegurar el Espíritu Santo al creyente? ¿Qué significa ser «herederos de Dios y coherederos con Cristo»? Apocalipsis 21:7 responde: «El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo». ¡Todas las cosas! Ya en Romanos 4:13 Pablo había hablado de la promesa dada a Abraham y a su descendencia: que «sería heredero del mundo». Y a los corintios les dice que «todo» es suyo: Pablo, Apolos, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo por venir. ¿Por qué? Porque «vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co. 3:21-23). Esto es lo que Pablo terminará celebrando en el gran final de Romanos 8:37-39: nada opera finalmente en contra del creyente, y todo termina sirviendo al propósito de Dios de llevarlo a la gloria; nada puede separarlo del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Hay, además, una expresión fundamental en Romanos 8:17: «coherederos con Cristo». Aparte de Cristo no hay acceso a esta herencia; pero, unidos a Cristo, los hijos de Dios participan de todo aquello que el Padre ha determinado compartir con su Hijo. Apocalipsis 3:21 lo confirma: «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono» (cp. 2:26-28). Cristo vence, se sienta en el trono de su Padre, y quienes están unidos a Él participan de su victoria y de su gloria.
Son coherederos porque están unidos al Hijo. Y porque son hijos, Dios los trata como verdaderos hijos: «Dios os trata como a hijos» (Heb. 12:7). Tienen el mismo Padre, disfrutan de su amor paternal y comparten con Cristo un destino glorioso. El Espíritu no solamente asegura que somos hijos; asegura que, como hijos, tenemos una herencia. Y esa herencia está inseparablemente ligada a Cristo: se sufre con Él ahora, para ser glorificado con Él después.
