Ministerio

Estudio para servir: cinco lecciones de tres años de seminario — Parte 5

Ricardo Daglio 4 min de lectura

Parte 5: Ejemplo

En las cuatro entregas anteriores hablé de disciplina, consolidación teológica, corrección en la predicación y humildad. Esta última lección es quizá la más subjetiva de las cinco, pero creo que vale la pena nombrarla: el ejemplo.

La frase que da título a esta serie —“estudio para servir mejor a mi iglesia”— no nació conmigo. Durante la maestría, y por la necesidad de escribir más, me surgió la idea de escribir sobre otros temas que no eran trabajos académicos, sino material para el pueblo de Cristo en general. Consulté a mi amigo y pastor Joselo Mercado sobre consejos para escribir, y él me dijo algo sencillo: “Yo escribo para mi iglesia”. Esa respuesta me dio pie a pensar: ¿para qué estudio? ¿Para qué hago lo que hago? Y bueno, de ahí nació esa frase que terminé repitiendo tantas veces durante tres años.

Pablo le dijo a Timoteo: “Sé ejemplo de los creyentes” y “que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos” (1 Ti 4:12, 15). Lo notable es que eso no tiene límite de edad. Está escrito para un pastor, no importa si tiene treinta o sesenta años. Si bien aplica a otros creyentes, es puntualmente una instrucción pastoral. Estudiar a los 56 años no es una rareza ni un mérito; es simplemente tomar en serio lo que la Escritura le pide al pastor en cualquier etapa de su vida.

Yo nunca fui del todo consciente de lo que eso significaba para otros hasta que me lo mencionaron. Uno de los instructores del seminario, siendo más joven que yo pero bien disciplinado, me dijo algo que se me quedó: “La razón por la que te marco faltas o cosas para corregir de manera más estricta que quizá a otros es porque, sabiendo que llevás años en el ministerio, has pensado que tenías que prepararte más, y eso es ejemplar”. También recibí mensajes privados de otras personas señalando lo mismo. No lo buscaba, pero al parecer el solo hecho de estudiar con seriedad siendo pastor en ejercicio comunica algo sin necesidad de decirlo.

Al pastor que piensa que ya no necesita estudiar, o que el seminario es para los que recién empiezan, le diría: no lo desestimes. Especialmente con todas las posibilidades que existen hoy en día. Estudiar es bueno. Disciplina. Ayuda. Es ejemplar. Claro está que debe haber dirección de Dios para eso. Y lo de “no tengo tiempo” —con todo respeto— es relativo, y no siempre se dice después de una evaluación transparente y objetiva de cómo realmente usamos nuestro tiempo.

Quiero cerrar esta serie animando a los que no han considerado estudiar a que lo hagan. A los jóvenes, animarlos a tener cuidado de su corazón: que no confundan preparación con importancia. Y a todos —pero especialmente a los jóvenes— que cuando estudien no descuiden su iglesia local. Tienen que aprovechar para servirla mejor, para ser instrumentos más preparados en sus manos.

La iglesia local es el organismo vivo por excelencia. Todo lo demás —seminarios, maestrías, institutos bíblicos— son ministerios paraeclesiásticos que sirven a la iglesia, y no al revés. Que recuerden que aunque esta preparación es importante, los hombres fieles son formados por Dios y la iglesia local es la cuna de cualquier liderazgo. La iglesia local es el foco de nuestro Dios, el campo de trabajo del Señor Jesucristo y el ministerio activo del Espíritu Santo.

Estas lecciones, aunque personales, quisiera que no dejen de ser un pequeño granito de arena para futuros estudiantes. Que recordemos todos que tenemos que extender el reino de los cielos sabiendo que Jesús edifica su iglesia, que la mies es mucha y que los obreros que, a la postre, prepararán a otros para la obra del ministerio, son pocos. El evangelio debe ser predicado, Cristo debe ser proclamado y Dios debe recibir toda la gloria.

“Porque de él, por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Romanos 11:36).

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Parte 3
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