No poseo un conocimiento exhaustivo de la teología de mi abuela paterna, pero tengo la plena certeza de que no ignoraba el carácter de Dios; lo demostró aquel día en su casa de vacaciones en la costa, cuando nos reunió a todos sus nietos para que memorizáramos el Salmo 103. Desde entonces, no he dejado de recordarlo, aunque con el paso de los años y el avance de la edad, sus palabras cobran un sentido cada vez más profundo. La madurez me otorga hoy la ventaja de poseer un inventario del alma mucho más sustancioso que, por la gracia de Dios, aún conserva renglones vacíos para continuar registrando los recuerdos y las bendiciones que recibo de Su mano.
Bendecimos a Dios por sus beneficios de gracia
“Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila” (Sal. 103:1-5)
Al igual que todo el Salterio, el Salmo 103 encierra profundas verdades teológicas de aplicación práctica. Los salmos resultan particularmente útiles para profundizar en el conocimiento de los atributos de Dios, los cuales son proclamados en innumerables ocasiones a lo largo de todo el libro. No obstante, el valor distintivo de los salmos reside en su enfoque personal al aplicar estas verdades. En este, así como en el Salmo 104, David deja claro que, sin un ejercicio personal de adoración y una concentración deliberada en Dios, el conocimiento se reduciría a una mera acumulación de información teológica, estéril y carente de una experiencia vital transformadora.
Es la diferencia fundamental entre Moisés y los hijos de Israel: Dios dio a conocer sus caminos a Moisés, pero a los hijos de Israel, solo sus obras. Una cosa es comprender quién es Dios en esencia y otra, muy distinta, es simplemente observar lo que Él hace (Sal. 103:7).
El acto de recordar no es un simple ejercicio mental, sino una disciplina de la voluntad.
¿Qué significa bendecir?
La explicación más directa del término sería «bien decir». Sin embargo, la raíz original del vocablo hebreo barak está íntimamente vinculada a la acción de «arrodillarse», dado que berek significa rodilla. La implicación de este concepto es profunda: bendecir a Dios no es un acto casual ni superficial, sino que exige una postura del alma de completa sumisión y adoración. Es el reconocimiento de la majestuosidad del Rey frente a nuestra fragilidad de «polvo». Cuando nosotros bendecimos a Dios, lo exaltamos y adoramos; cuando Dios nos bendice a nosotros, Él se inclina para impartir Su favor.
Como diría John Piper, “Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él“. En este sentido, barak funciona como la expresión externa de esa satisfacción interna en la gracia de Dios. Habitualmente, podríamos asegurar que tenemos el hábito de bendecir al Señor, pero si se nos preguntara de qué manera específica lo hacemos, es probable que nuestras palabras fueran escasas o se limitaran a mencionar que oramos, leemos las Escrituras o somos agradecidos. No obstante, en este salmo David insiste en la necesidad de un ejercicio personal de bendición, subrayando para ello dos aspectos fundamentales.
Debe hacerse con todo el ser.
Jonathan Edwards sostenía que no existe una verdadera adoración que no involucre los “afectos”. Como señala James Boice, a menudo nos mostramos extrañamente impasibles, honrando a Dios “con nuestros labios” mientras nuestros corazones permanecen “lejos de Él”.
Debe haber una disciplina en la memoria
La exhortación “no olvides ninguno de sus beneficios” utiliza una palabra que implica “recompensar”; por esta razón, hablamos aquí de que bendecimos a Dios por sus beneficios de gracia, ya que la recompensa que mereceríamos es el juicio, pero Dios no ha tratado así con nosotros. Debemos recordar lo que dicen las Escrituras:
Salmo 77:11: «Me acordaré de las obras de JAH; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas». Salmo 105:5: «Acordaos de las maravillas que ha hecho, de sus prodigios y de los juicios de su boca». Salmo 143:5: «Me acordé de los días antiguos; meditaba en todas tus obras; reflexionaba en la obra de tus manos».
Existe también una advertencia sobre lo opuesto en el Salmo 106:7: «Nuestros padres en Egipto no entendieron tus maravillas; no se acordaron de la muchedumbre de tus misericordias, sino que se rebelaron junto al mar, el Mar Rojo». De manera similar y muy enfática, Dios habló a su pueblo a través de Moisés en Deuteronomio 8:11-14 exhortándolos a no olvidar.
El acto de “recordar” no es un simple ejercicio mental, sino una disciplina de la voluntad. Lo primero que debería refrescar nuestra memoria y alimentar el hábito, para que el alma posea un inventario más abultado, debe ser la gracia de Dios. Esto es precisamente lo que contemplamos en los primeros cinco versículos.
El perdón de pecados
En el hebreo bíblico, existen tres palabras principales para referirse al pecado: Jatat (errar al blanco), Pesha (rebelión o transgresión) y Avón. Esta última es, quizás, la más profunda respecto a la naturaleza humana, pues significa torcer, doblar o distorsionar. El pecado no se limita a un acto externo de desobediencia, sino que es una deformidad interna; no es solo algo que hacemos, es algo que somos por naturaleza tras la caída. Nuestra voluntad está «torcida» hacia el mal.
Por tanto, no existe nada superior a esto en nuestra lista de recuerdos. El perdón ocupa la primera página de nuestro inventario y encabeza cada hoja (Ef. 1:7; Ro. 3:24; 5:20; Col. 1:13-14). Es, además, un tema reiterado en este mismo Salmo (103:10, 12). El Señor les dijo a sus discípulos que regocijarse en el perdón de pecados era mucho más favorable que alegrarse porque los demonios se les sujetaban, entendiendo que tener «sus nombres escritos en los cielos» implica precisamente ese perdón (Lc. 10:20). Jesús también afirmó que «hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lc. 15:10).
Nos sana
Sería tentador sugerir que Dios nos cura siempre de todas las enfermedades físicas, pero ese no es el significado aquí. Lo que esto implica es que, cuando la sanidad ocurre, es siempre por Su gracia. No tenemos control sobre nuestra propia vida ni sobre nuestra salud. Sin embargo, cuando te duele la cabeza y tomas un ibuprofeno, ¿a quién le das las gracias porque el dolor se ha ido? Es necesario darse cuenta de que Su mano está detrás de cada alivio.
Nos redime y colma de bienes
La redención es un tema recurrente en el Antiguo Testamento y se relaciona con la figura del pariente redentor, aquel que podía rescatar a quien se encontraba en un estado de esclavitud y no podía liberarse por sí mismo. Sus funciones incluían: redimir una propiedad vendida por un pariente pobre, rescatar de la esclavitud a un familiar o vengar la sangre de un pariente. Por ello, en este Salmo, Dios se presenta como ese pariente cercano.
Dado que era necesario pagar un precio, en el Nuevo Testamento comprendemos que esto halla su cumplimiento en Cristo, quien mediante la encarnación adquirió el derecho de redimirnos y pagar el precio por nosotros (Ef. 1:7). Y no solo eso, sino que nos ha coronado de favores y nos otorga la gracia para una renovación espiritual a pesar de lo que éramos, tal como comunican los versículos 4 y 5. Él «nos bendijo con toda bendición espiritual» (Ef. 1:3).
Observa tu vida y reflexiona en todas las cosas que han coronado tu alma de gozo mediante el perdón de pecados. Como dice el himno escrito por Johnson Oatman Jr. en 1897: «Cuando combatido por la adversidad, creas ya perdida tu felicidad, mira lo que el cielo para ti guardó, cuenta las riquezas que el Señor te dio. ¡Bendiciones, cuántas tienes ya! ¡Bendiciones, Dios te manda más! ¡Bendiciones! Te sorprenderás cuando veas lo que Dios por ti hará».
Bendecimos a Dios por su misericordia
“Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia. Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras. Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia. No contendrá para siempre, ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo. El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más. Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos; sobre los que guardan su pacto, y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra” (Salmo 103:6-18)
La segunda razón general por la que debemos recordar bendecir a Dios es a causa de su misericordia. Este segundo recordatorio, nos termina de alinear con dos de los atributos de Dios más mencionados en el Nuevo Testamento y con los cuales los creyentes eran saludados: Gracia y Misericordia (1 Ti. 1:2; 2 Ti. 1:2; Tit. 1:4; He. 4:16; 2 Jn. 1:3). Ahora consideramos la misericordia y las razones que nos inclinan a bendecir a Dios. Esta sección nos remite directamente a la revelación de Dios a Moisés en Éxodo 34:6-7. Allí Dios reveló su carácter de una manera inconfundible y clara, el Dios del pacto que reveló su esencia en dos versículos inescrutables.
La razón por la que Dios «no ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades» es porque ha tratado a Cristo como si fuera pecado (2 Co. 5:21).
De este modo, bendecir a Dios por su gracia (vv. 1-5) nos hace recordar que Él nos da lo que no merecemos; y, posteriormente, al bendecirlo por su misericordia (vv. 6-18), recordamos que Dios no nos da lo que sí merecemos. En esta sección, el carácter de Dios contrasta profundamente con nuestra debilidad. Es precisamente aquí donde David comienza a expresarse en plural.
Que David mencione el carácter de Dios en v. 8 quiere destacar que es lo que impulsa todo lo que Dios hace a nuestro favor. No merecemos nada.
Dios es clemente, misericordioso y lento para la ira (v. 8). Estos son atributos que debemos tener siempre presentes en nuestra adoración y agradecimiento, especialmente al reconocer nuestra propia condición finita y temporal. Nuestros pecados e iniquidades demandaban un pago; sin embargo, nuestras transgresiones fueron alejadas. Somos polvo y nuestros días son breves como la hierba. Nos encontramos ante una incapacidad total y, a su vez, ante un dilema profundamente serio: Dios es justo (v. 6) y, no obstante, no nos trata como merecemos.
Esta misericordia se manifiesta puntualmente en los versículos 10 y 11 a través de dos analogías: una vertical y otra horizontal. La razón por la que Dios «no ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades» es porque ha tratado a Cristo como si fuera pecado (2 Co. 5:21). Esto es lo que la Biblia enseña como sustitución, y constituye el enfoque vertical (v. 11).
En cuanto al enfoque horizontal (v. 12), como ha señalado un autor: «Independientemente de cuántos kilómetros pienses que hay entre el oeste y el este, no puedes mirar hacia ambos lados a la vez. Es necesario dar la espalda a uno para mirar en dirección al otro. Cuando Dios nos perdona, sitúa nuestro pecado y a nosotros en dos horizontes diferentes. De modo que, cuando Él mira nuestro pecado, ya no nos está mirando a nosotros; y cuando nos mira a nosotros, ya no está mirando nuestro pecado. En términos paulinos, Él nos ha justificado”.
David no estaba inventando una metáfora, sino recordando algo que Israel presenciaba cada año. Esto se observa de manera gráfica en Levítico 16, que describe al macho cabrío enviado al desierto después de que el sacerdote ponía sus manos sobre él y confesaba los pecados del pueblo. Ese animal enviado al desierto es la representación visual de ese «otro horizonte» mencionado en el versículo 12.
Esto es lo que nos señala a Cristo y lo que Juan el Bautista predicó cuando vio a Jesús: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” – Jn. 1:29. ¡Cristo alejó nuestros pecados como el oriente está lejos del occidente!
Un claro contraste
Luego, los versículos 15 al 18 presentan un marcado contraste entre el hombre y Dios. La Biblia utiliza frecuentemente la hierba para referirse a la fragilidad y la caducidad de las cosas. Por otro lado, como en este pasaje, la misericordia y la justicia de Dios se describen con su naturaleza divina, es decir, eternas. Es fundamental que seamos agradecidos y bendigamos a Dios al recordar esto, ya que nos ayudará a recordar siempre que nuestra seguridad no reside en nuestra fuerza sino el Dios del pacto, esto es, el Dios Salvador de aquellos que ponen su confianza en Jesucristo, por la sangre del nuevo pacto.
Bendecimos a Dios por su soberanía y poder
“Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos. Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto. Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos, ministros suyos, que hacéis su voluntad. Bendecid a Jehová, vosotras todas sus obras, en todos los lugares de su señorío. Bendice, alma mía, a Jehová” (Salmo 103:19-22).
La tercera y última razón general por la que David nos invita a bendecir a Dios con nuestra alma y todo nuestro ser es la certeza de su soberanía. Esto concreta un hilo conductor perfecto: la Gracia nos da lo que necesitamos (vv. 1-5), la Misericordia nos quita lo que merecemos (vv. 6-18) y la Soberanía asegura que estas promesas nunca fallen (vv. 19-22).
El salmo finaliza prácticamente como comienza, pero eleva su exhortación más allá de la tierra. Es probable que lo que lleva a David a contemplar la soberanía de Dios en su trono y su dominio sea, precisamente, el contraste con nuestra propia fragilidad. De manera similar, fue tras reconocer su condición de fragilidad y necedad que el rey Nabucodonosor expresó la misma verdad que David manifiesta en el versículo 19 (Dn. 4:34).
Dios debe ser bendecido incluso por aquellos que no han pecado, como los ángeles que le sirven y todos los seres celestiales. Asimismo, debe ser exaltado por su propia creación, tal como lo declara el Salmo 150. Esto implica que la alabanza no proviene únicamente de los débiles quienes, por contraste, limitación y caducidad, deben bendecir a Dios. Aunque no existe comparación posible entre Dios y un ángel, ni entre Dios y nosotros —siendo Él supremo—, desde nuestra limitación y debilidad deseamos que toda la creación bendiga a Dios por sus beneficios y por su dignidad intrínseca.
David comienza hablándose a sí mismo y termina convocando a todo el universo. Sabemos que esto es, finalmente, lo que ocurrirá en la eternidad (Ap. 5:11-14).
Podemos bendecir a Dios porque su trono y su gobierno señalan a la grandeza de su gracia y misericordia sobre nosotros que nunca faltará a su propósito.
Conclusión
Pensar en mi abuela me trae a la memoria que ella no era una gran teóloga, pero tenía el hábito de contemplar. Cuando tomamos tiempo para contemplar, aprendemos a ver más detalles y podemos describir mejor lo que hemos visto. Si dedicamos más tiempo a observar no solo lo que Dios ha hecho sino lo que continúa haciendo en nosotros, lo que ha hecho y sigue haciendo en su creación y en la manifestación de sus atributos que se aprecian en todas sus obras, necesitamos reactivar la memoria del corazón y perder la vergüenza de expresar públicamente que bendecimos a Dios.
Ese inventario siempre comienza en el mismo lugar: la obra redentora de Cristo, el perdón de nuestros pecados, el alejamiento de nuestras transgresiones hacia un horizonte donde Dios ya no las mira cuando nos mira a nosotros. Esa es la primera entrada del cuaderno, la que encabeza cada página. Y desde ahí, con esa certeza como fundamento, podemos seguir llenando renglones — hasta llegar al par de medias que nos abrigan en el invierno y al ventilador que nos refresca en el verano.
Y cuando hagamos eso, creo que necesitaremos más cuadernos de inventario para completar y atesorar.

