Ministerio

¿Qué es lo que hace a una iglesia ejemplar?

Ricardo Daglio 12 min de lectura

La iglesia de Tesalónica

Para comprender el origen de la iglesia en Tesalónica, debemos remitirnos a Hechos 17. Este acontecimiento tuvo lugar entre veinte y veinticinco años después de la muerte y resurrección de Cristo —aproximadamente entre los años 50 y 55 d. C.—, una cronología que podemos confirmar a través de Hechos 18:12. Este marco temporal es fundamental para observar cómo el evangelio operó en personas que carecían de un trasfondo cristiano previo.

Es digno de notar que en esta epístola Pablo no se presenta con el título de apóstol. El relato bíblico nos indica que Silvano (Silas) lo acompañó a Tesalónica y que la carta fue redactada posteriormente desde Corinto (Hch. 18:11). Luego, desde Atenas, enviaron a Timoteo con el fin de conocer el estado de la congregación, pues los creyentes atravesaban profundas tribulaciones y persecuciones. Timoteo regresó con noticias alentadoras: la comunidad permanecía firme y su fe se había fortalecido (1 Tes. 3:6-7).

Esta estabilidad y firmeza en el Señor fue un gran aliento para Pablo, Silas y Timoteo, motivándolos a escribir esta misiva. Resulta un hecho extraordinario: la ausencia física de sus pastores no debilitó su fe; al contrario, maduraron hasta convertirse en una iglesia ejemplar. En el Nuevo Testamento encontramos tanto buenos como malos ejemplos de congregaciones, y es precisamente lo que analizaremos aquí.

¿Qué evidencias señalan a una iglesia como ejemplar según 1 Tesalonicenses 1? En las siguientes líneas, deseo destacar los tres pilares fundamentales que definen la identidad de una iglesia modelo y de qué manera esta identidad se manifiesta a través de un testimonio concreto del poder transformador del evangelio.

¿Qué implica realmente estar «en Dios Padre y en el Señor Jesucristo»? Esta unión tiene que ver directamente con el favor de Dios, con su protección, su compañía y con el hecho de ser integrados a Su familia.

POSEE UNA IDENTIDAD DIVINA

“Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz sean a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones (1 Ts. 1:1-2).

Lo primero que observamos al estudiar esta carta es que está dirigida a una iglesia. Ante la pregunta de si se trata de un grupo de personas, la respuesta es, por supuesto, afirmativa: se refiere a un colectivo convocado y reunido con un propósito común. En el Nuevo Testamento, la palabra griega utilizada para definir esto es Ekklesia, cuyo significado literal es «asamblea».

Esta iglesia se caracteriza por estar en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. En esencia, la iglesia es el grupo de los «llamados fuera de»; es decir, aquellos que han sido convocados por Dios para formar parte de su pueblo. Ahora bien, ¿qué implica realmente estar «en Dios Padre y en el Señor Jesucristo»? Esta unión tiene que ver directamente con el favor de Dios, con su protección, su compañía y con el hecho de ser integrados a Su familia.

Este proceso de pertenencia ocurre por medio del evangelio, una realidad que Pablo recordará a los tesalonicenses más adelante, específicamente a partir del versículo 5. Es vital comprender que alguien puede ser parte de un grupo de personas sin que eso signifique necesariamente que pertenece a Dios. La misma carta, en 1 Tesalonicenses 2:14, así como los pasajes de Colosenses 3:3 y Juan 10, refuerzan esta distinción.

En este sentido, Romanos 8:9 señala con claridad que uno es de Cristo únicamente si el Espíritu de Cristo mora en la persona. Esta es la única forma en que se puede confirmar que le pertenecemos a Dios y, como veremos, esto es precisamente lo que ocurrió con los creyentes en Tesalónica.

La suficiencia de esta identidad descansa en que la Biblia enseña que Dios compró a su iglesia pagando el precio de su propia vida, según leemos en Hechos 20:28. Dado que Cristo compró a Su iglesia, queda establecido que no se puede pagar para ser parte de ella; es una obra de pura gracia. En conclusión, esto no solamente define la identidad de la iglesia, sino que también señala la única manera de formar parte de ella.

MANIFIESTA SU IDENTIDAD CON CLARIDAD

“acordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de vuestra constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo. Porque conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección” (1 Ts. 1:3-4).

A menudo se escucha a personas que, al enfrentarse a la sencillez del evangelio —una verdad tan clara que hasta un niño puede comprenderla—, reaccionan con escepticismo. Su queja radica en que, ante tal simplicidad, cualquiera podría afirmar ser cristiano sin que ello implique un cambio real. Sin embargo, lo que estas objeciones pasan por alto es que, si bien las palabras pueden imitarse o aseverarse con facilidad, no ocurre lo mismo con los frutos. Los resultados son imposibles de fingir a largo plazo.

Estos frutos, que pueden aparecer de forma inmediata o manifestarse paulatinamente, son tres evidencias fundamentales que confirmaron la salvación de los tesalonicenses y que validan la fe de todo aquel que cree verdaderamente en el evangelio.

En primer lugar, encontramos la obra de la fe. Esta expresión se refiere a una fe que obra, estrechamente vinculada a la realidad de ser una nueva criatura, como señala 2 Corintios 5:17. En otras palabras, la identidad de un cristiano genuino no se queda en una declaración intelectual, sino que se observa en cómo su vida ahora obedece a nuevos impulsos que buscan honrar a Dios, tal como describe Romanos 6:16-18 y 21-22.

En el Nuevo Testamento, la idea de perseverar está intrínsecamente asociada a la esperanza viva que tenemos en Cristo.

Como segundo distintivo aparece el trabajo de amor. A diferencia de la «obra», el término «trabajo» pone el énfasis en el esfuerzo y la fatiga que se requieren para llevar algo a cabo. Ese esfuerzo es el resultado del amor que Dios mismo ha derramado en el corazón del nuevo creyente. Es notable que la iglesia en Tesalónica no aprendió esta disposición mediante un simple estudio bíblico, sino que fue enseñada directamente por Dios, según leemos en 4:9. De hecho, una de las manifestaciones más contundentes de pertenecer a la familia de Dios es el amor práctico hacia los hermanos (1 Juan 3:14), lo cual es, a su vez, la demostración definitiva de que se ama a Dios.

Finalmente, la identidad cristiana se manifiesta a través de la constancia en la esperanza. En el Nuevo Testamento, la idea de perseverar está intrínsecamente asociada a la esperanza viva que tenemos en Cristo. Este es un aspecto que un falso cristiano no puede imitar perpetuamente, pues tarde o temprano su motivación decae. Por el contrario, la esperanza del creyente se mantiene constante porque su causa no es el hombre, sino Cristo mismo.

⁠⁠CONFIRMA SU IDENTIDAD MEDIANTE UN TESTIMONIO PODEROSO

Pero ahora tenemos una confirmación precisa y que demuestra cómo todo lo anterior es cierto. Son 7 cosas que testifican básicamente cómo es que una iglesia posee una identidad en Cristo y que la transforma en un ejemplo. No vamos a ver en detalle cada una, pero sí mencionarlas.

a. Nace del evangelio recibido con poder y con el Espíritu Santo

“pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros” (1:5).

Cuando el evangelio es predicado con convicción (plena certidumbre, eso se ve por la expresión “como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros”)el E. Santo obra con poder. Se requiere el poder de Dios para resucitar a los muertos espiritualmente. Eso lo hace a través del mensaje del poder de la cruz.

Esta iglesia no precisó de ayuda externa para la proclamación del evangelio. Es claro que la divulgación tenía que ver con su fe en Dios.

b. Refleja a Cristo en su forma de vivir y permanece firme en medio de la aflicción

“Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo” (1:6)

Una clara identificación con Cristo. Lo que hace a los nuevos creyentes semejantes a Cristo es la obra del evangelio. Ro. 6. Y esto incluye la participación de los padecimientos de Cristo.  Sufrir por identificarse con Cristo y con otros creyentes es una de las cosas del testimonio que confirma la identidad de la iglesia. Cuando alguien ha estado viviendo “como los otros gentiles que andan en la vanidad de su mente” y ahora viven a la luz de 2 Co. 5:17 eso confirma que son hijos de Dios.

d. Se convierte en ejemplo para otros creyentes

“de tal manera que habéis sido ejemplo a todos los de Macedonia y de Acaya que han creído” (1:7).

Básicamente, los cristianos de Tesalónica eran como un modelo para otros. Cristianos cuyas vidas eran ejemplares más allá de su entorno.

e. Difunde activamente el mensaje del evangelio

“Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor, no solo en Macedonia y Acaya, sino que también en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada; porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis” (8-9a)

Esta iglesia no precisó de ayuda externa para la proclamación del evangelio. Es claro que la divulgación tenía que ver con su fe en Dios. Miren, divulgar es como una trompeta que se oye constantemente. Eso es lo que hace una iglesia ejemplar. Son aquellos quienes en diferentes formas están compartiendo su fe. No esperan al pastor, no esperan a otros predicadores, a otros programas o a otras personas para dar a conocer su fe. No pueden dejar de hablarlo.

f. Da evidencia de arrepentimiento al dejar la idolatría (9b)

“y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (9b)

Pablo dice que ellos se convirtieron de los ídolos a Dios. Convertirse acá significa volverse 180 grados. Un ídolo es cualquier cosa que atesoramos y en lo que invertimos nuestros deseos y anhelos. Cuando el evangelio obra en una persona, aquello que más lo caracterizaba como valor es lo que ahora ya no ocupa el primer lugar.

g. Progresa en santidad, sirviendo al Dios vivo y verdadero

para servir al Dios vivo y verdadero” (9c)

Ahora demuestra ir en dirección opuesta. Y no es ambiguo. Tal como lo enseña Ro. 6:17-18. La conversión no es simplemente abandonar vicios o pecados que afectan la vida. La conversión implica inmediatamente servir a Dios.

h. Espera con gozo y confianza la venida de Jesucristo

“y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (10)

El motor de la vida cristiana es también la esperanza de que Jesús volverá y que habrá un juicio. La esperanza está fundada no solamente en que Jesús regresará sino también en que este mundo no tiene nada que ofrecerle y está destinado a un juicio. Eso señala un cambio concreto en la mente de los convertidos.

Conclusión: El fundamento y el fruto de nuestra Identidad

En conclusión, la identidad de la iglesia no es un concepto abstracto ni una mera asociación humana, sino una realidad profundamente teológica y espiritual. Hemos visto que la iglesia tiene un origen divino: es el grupo de los «llamados fuera de» para ser introducidos en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. Esta posición privilegiada no se obtiene por mérito humano ni esfuerzo personal, sino que es el resultado de la Gracia soberana de Aquel que compró a Su pueblo con el precio de Su propia vida. La verdadera identidad cristiana descansa, por tanto, en el hecho de que el Espíritu de Cristo mora en el creyente, confirmando que pertenecemos a Su familia.

Sin embargo, esta identidad invisible se vuelve visible a través de evidencias inconfundibles. Como hemos analizado, la sencillez del evangelio no permite una fe pasiva, sino que produce resultados que no pueden ser imitados por el mundo. Una identidad genuina se manifiesta siempre en la obra de la fe que obedece a Dios, en el trabajo de amor que se desgasta por los hermanos, y en la constancia en la esperanza que persevera únicamente gracias a Cristo.

Ser parte de la iglesia es, en última instancia, haber sido transformados en nuevas criaturas cuya vida honra a Dios y cuya esperanza permanece firme. No somos cristianos por lo que decimos ser, sino por lo que Dios ha hecho en nosotros y por los frutos que Su Espíritu produce inevitablemente en nuestra caminar diario.

Compartir

WhatsApp Threads Facebook