Un creyente fiel que pierde su trabajo mientras ve a un colega deshonesto ascender. Un matrimonio cristiano que no puede tener hijos mientras otros que viven sin Dios tienen familias numerosas. Un creyente enfermo que observa cómo personas impías gozan de plena salud y prosperidad. Un creyente fiel que atraviesa una crisis matrimonial mientras otros que ni tienen en cuenta a Dios parecen vivir en una bola de cristal.
Estas situaciones no son nuevas, y tampoco son fáciles de procesar desde la fe. El Salmo 73 nace precisamente de esa tensión, y su autor la conoce bien.
La prosperidad de los impíos tiene un efecto desestabilizador sobre quienes los rodean, incluso sobre creyentes genuinos.
Asaf, levita de la línea de Coat y jefe de los músicos de David, escribe desde el final del proceso, mirando hacia atrás. El versículo 1 funciona como tesis o conclusión anticipada: el lector sabe desde el inicio a dónde llegó Asaf, pero no sabe cómo llegó allí. Eso crea un movimiento narrativo deliberado, similar al del Salmo 46. Su identidad levítica es un detalle que no puede pasarse por alto, porque los levitas no recibieron tierra como herencia — Dios mismo era su porción, como establece Números 18:20. Eso hace su envidia aún más grave y su confesión en el versículo 26 aún más profunda. A todo esto se suma que conocía bien a David, el adorador nato que atravesó muchas batallas.
Una mirada equivocada
Asaf no oculta nada. Cuenta su experiencia tal como fue: un momento de profunda incertidumbre y confusión, provocado por la tensión entre la verdad bíblica de que Dios es bueno, soberano y controla todo, y las injusticias visibles en el mundo y en la vida personal. Esa tensión lo atrapó, y él lo admite sin rodeos. Asaf parece enojado con los impíos, consigo mismo y hasta con Dios.
Contemplar la impiedad provoca envidia y desvío
“Pero en cuanto a mí, casi se desviaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de los impíos.” (Salmo 73:2-3, NBLA)
Lo primero que Asaf deja claro es la distinción entre lo que sabe acerca de Dios y lo que a él le ocurrió. No estamos ante un hombre que duda de Dios, sino ante alguien confundido, cuya confusión tuvo un origen concreto: comenzó a poner demasiada atención en el lugar equivocado. No es algo nuevo, por cierto. Ya le ocurrió a Job, y también a David en el Salmo 37.
Lo que siguió no fue una caída repentina. El verbo tropezar lo expresa con precisión: un proceso gradual de inclinación en la dirección equivocada. Cuando Asaf habla de sus pies, además de ilustrar lo que vivió, está diciendo que su enfoque y la dirección en que comenzó a evaluar las cosas tomaron un rumbo errado. La idea de resbalar, por su parte, evoca la pérdida del control. Juntas, estas dos imágenes describen un evento muy peligroso para su fe, que puso en duda la bondad de Dios que él mismo había establecido como parámetro en el versículo 1.
Es evidente que Asaf observó demasiado tiempo en el lugar incorrecto, desviando su atención de manera deliberada, aun sabiendo quién es Dios y todo lo que implicaba ser un levita. La gravedad de ese desvío fue que produjo uno de los pecados más amargos y perturbadores: la envidia. La envidia está relacionada con la codicia y con la insatisfacción ante la provisión de Dios, y en última instancia revela dónde está el tesoro y dónde está el corazón.
Un hombre espiritual, líder en la nación, con pleno conocimiento de la ley y de todo lo que implicaba ser un levita, perdió el control, comenzó a tropezar y a desviarse de la verdad. Su problema fue que comenzó a vivir comparándose, pero eligió el punto de referencia equivocado. Y no solo eso: cuando comenzamos a considerarnos merecedores de la bondad de Dios, se crea un dilema sin salida. Envidiar es, en el fondo, decirle a Dios que no es justo, que no nos dio lo que merecíamos mientras se lo daba a quienes no lo merecían. David lo señala con claridad: la pérdida de paciencia en ciertas situaciones produce envidia por lo que otros tienen o atraviesan — Salmo 37:1.
La arrogancia del impío fomenta impiedad
“Porque no hay tormentos en su muerte, y su cuerpo está gordo. No pasan trabajos como los mortales, ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia. Sus ojos se salen de gordura; logran con creces los antojos del corazón. Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería. Su boca hablan contra el cielo, y su lengua pasea la tierra.” (Salmo 73:4-9, NBLA)
Lo que sigue en el texto es una descripción de la intensidad con que Asaf observó a los impíos. Todas estas son realidades observables, pero para él se convirtieron en piedra de tropiezo y en una distracción mortífera. ¿Qué vio exactamente?
Prosperidad: no solo riqueza material, sino lo que parecía ser plenitud de vida, lo cual hace la tentación mucho más profunda. Paz: la aparente tranquilidad y felicidad terrenal de los impíos también captó su atención. Orgullo: la imagen que usa el texto es la de un collar, una ostentación sin disimulo alguno. La arrogancia, la soberbia y la blasfemia se encadenan entre sí y generaron en Asaf una envidia profunda. Como señala J. Boice: “Cuando estamos en un estado de envidia, encontramos tales situaciones irritantes y deseamos que Dios derribe a la persona arrogante.” Así fue como Asaf se inclinó hacia una disposición pecaminosa.
La impiedad genera consecuencias peligrosas
“Por eso su pueblo vuelve aquí, y aguas en abundancia absorben. Y dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo? He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas.” (Salmo 73:10-12, NBLA)
El “por eso” con que Asaf introduce esta sección no es casual: señala una consecuencia directa de lo anterior y marca un cambio de enfoque. Ya no se describen los impíos, sino el efecto que producen sobre quienes los rodean. Este es un versículo textualmente difícil, aunque su sentido general resulta claro. Algunos comentaristas sostienen que los impíos son el sujeto y que sus seguidores son naturalmente atraídos hacia ellos (Kidner). Otros enfatizan la dimensión práctica: el poder, la riqueza y la influencia de los ricos pervierte; la gente es atraída por ellos, y el poder corrompe no solo a quienes lo tienen, sino también a quienes desean obtener algo de él (VanGemeren). Otros ven aquí al pueblo de Dios confundido y arrastrado (Jamieson, Fausset y Brown). Calvino, por su parte, reconoce la ambigüedad y propone dos lecturas posibles: que se trate de hipócritas e israelitas falsos que se pierden por envidia, o bien de creyentes verdaderos que son tentados y se desvían temporalmente. Para Calvino, la imagen de las “aguas abundantes” equivale a ser atormentados con angustia porque la religión no parece rendir frutos visibles.
En cualquier caso, lo que importa destacar es esto: la prosperidad de los impíos tiene un efecto desestabilizador sobre quienes los rodean, incluso sobre creyentes genuinos. Y los versículos 11 y 12 muestran con claridad el razonamiento que esa desestabilización produce.
Una mirada al santuario
Por la gracia de Dios, y únicamente por eso, la mirada de Asaf cambia. Hay una crisis, pero es una crisis necesaria. Dios usó el amor por la comunidad para protegerlo. Eso es gracia preservadora. No fue su fuerza, sino algo que Dios obró en él.
La preservación divina para un corazón que ama
“Ciertamente en vano he purificado mi corazón y lavado mis manos en inocencia, pues he sido azotado todo el día y castigado cada mañana. Si hubiera dicho: ‘Hablaré así’, habría traicionado a la generación de tus hijos. Cuando pensé en comprender esto, fue difícil ante mis ojos,” (Salmo 73:13-16, NBLA)
Uno de los puntos más bajos en la fe de Asaf, pero también un lugar donde se ve el hilo de vida espiritual en su alma. Asaf usa la misma palabra para afirmar dos cosas opuestas con igual énfasis. En el versículo 1 dice con certeza que Dios es bueno. En el versículo 13 dice con la misma certeza que servir a Dios fue en vano. Eso muestra que no era una duda superficial. Era una conclusión firme, aunque equivocada, que surgió de mirar en la dirección incorrecta demasiado tiempo.
Tenemos que entender que nuestro corazón es débil y que naturalmente no podemos salir de nuestras dudas y posibles desvíos solo con teología; es necesaria la gracia de Dios, como le ocurrió a Asaf. Porque Asaf creyó que toda su piedad fue en vano, pero en realidad no pudo transgredir su conciencia vivificada por Dios al pensar en todos aquellos para quienes, con toda probabilidad, él era un referente.
Lo que ocurre, por la gracia de Dios, es que se desata una batalla de agotamiento intelectual profundo que deja a Asaf, y deja a los creyentes, en un pasillo angosto que conduce únicamente a la presencia de Dios. Es el momento donde Asaf se rinde, y es el momento donde la gracia de Dios nos conduce a hallar la resolución a nuestro error de mirar en el lugar equivocado.
El descubrimiento de la presencia de Dios
“Hasta que entré al santuario de Dios; entonces percibí el destino de ellos.Ciertamente los pones en lugares resbaladizos; los derribas a la destrucción. ¡Cómo han sido destruidos en un momento! Acabados, consumidos por los terrores. Como sueño al despertar, así, Señor, cuando Te levantes, despreciarás su imagen.” (Salmo 73:17-20, NBLA)
Esta es la bisagra del salmo. Todo cambia ahí. No fue un argumento ni razonamiento filosófico lo que rescató a Asaf. Fue la presencia de Dios. Asaf era levita y tenía acceso al santuario de una manera que el israelita común no tenía. Ese detalle no es menor.
“Hasta que” implica que todo lo anterior — el agotamiento, la confusión, la crisis — continuó hasta ese momento específico. No hubo resolución antes. El punto de quiebre fue preciso y concreto: la entrada al santuario. Es como el “volver en sí” del hijo pródigo. Solo que en su caso fue por la miseria que vivía y en el caso de Asaf por el agotamiento que experimentó.
Asaf estuvo en la presencia de Dios y pudo discernir, percibir con profundidad y comprender con claridad algo que antes estaba oscuro. Es una comprensión que surge de la reflexión y la contemplación, no del razonamiento superficial. En el versículo 16 el intento de entender produjo agotamiento. Aquí, en el santuario, la comprensión llega sin esfuerzo propio. No fue él quien lo resolvió. Fue Dios quien le dio discernimiento.
Otros personajes tuvieron un punto de quiebre en la Escritura, momentos donde simbólicamente entraron en el santuario: Elías pidiendo morir en 1 Reyes 19; Pedro luego de la negación y llorando amargamente en Lucas 22; Jacob en Génesis 32, agotado pero esperando la bendición; y Jonás, en el único punto de liberación posible, en Jonás 2.
Ante cualquier situación de desvío de nuestra atención sobre la bondad de Dios, siempre se precisará un punto donde entramos en el santuario para entender lo que no fue posible de otra manera. Eso es quebranto y humillación necesarios, porque producen descanso y aclaración al volver a ver a Dios, tener claridad nuevamente y ver la verdad de la Escritura con mayor solidez.
Lo que ocurre, por la gracia de Dios, es que se desata una batalla de agotamiento intelectual profundo que deja a los creyentes en un pasillo angosto que conduce únicamente a la presencia de Dios.
El evangelio: lo que Asaf encontró en el santuario
La pregunta es: ¿qué vio Asaf en el santuario? David dijo en el Salmo 27 que en el templo de Dios todo proclama su gloria, pero eso no resuelve la incógnita del rotundo cambio de Asaf en su manera de ver las cosas. Siendo levita, tenía acceso al santuario. La expresión “entrando” es un verbo que en hebreo significa “moverse de un lugar a otro”. Cuando alguien entraba en el Tabernáculo, cruzaba la cortina de entrada y veía, elevado aproximadamente a la altura del pecho de un adulto promedio, el altar del holocausto. Es decir que antes de cualquier acercamiento a Dios, estaba la sangre. Entonces, lo más importante que vio Asaf al entrar al santuario fue un sacrificio. Vio juicio contra el pecador y misericordia para el pecador al mismo tiempo. Su propia vida requería juicio y halló misericordia. Eso es el evangelio. Por eso confesó ser como una bestia: enojado con el impío, enojado con Dios y enojado consigo mismo. El evangelio resolvió todo eso.
Siempre encontraremos en Cristo nuestro descanso para el alma; su ejemplo, su vida, su muerte y el evangelio en general serán siempre la respuesta a los interrogantes más severos que podamos enfrentar. Los medios de gracia nos conducen a una contemplación de Dios sana que protege el corazón y ayuda a renovarnos en el espíritu de nuestra mente — Efesios 4:23. Algo que Asaf había perdido y recuperó a partir del versículo 17. Sin los medios de gracia, la mirada se desvía y el corazón queda expuesto.
La deducción de un corazón renovado
“Cuando mi corazón se llenó de amargura y en mi interior sentí punzadas, entonces era yo un necio e ignorante; era como una bestia delante de Ti.” (Salmo 73:21-22, NBLA)
Asaf vuelve a tener certeza, pero ahora es una certeza que resulta de la comunión cercana con Dios, de entrar en el santuario. Tener contacto cercano con el Dios eterno hace que evaluemos lo temporal a la luz de esa verdad.
Lo que le ocurre a Asaf es que comienza a ver que lo que consideraba una satisfacción injusta y prolongada de los impíos se transforma ahora en algo efímero. Asaf casi pierde el pie mirando a quienes están a punto de caer. Ahora ve la realidad que espera a los impíos: tendrán un juicio rápido — versículo 19; el terror que enfrentarán será devastador y abrumador — versículo 19; toda su prosperidad al final será tan sustancial como un sueño al despertar — versículo 20; y Dios no honrará a los que lo deshonran — versículo 20, cf. 1 Samuel 2:30.
Una mirada de arrepentimiento
La presencia de Dios no solo le dio perspectiva sobre los impíos sino sobre sí mismo. El orden es significativo: primero vio a Dios, luego se vio a sí mismo como necio y torpe. Eso es arrepentimiento genuino, y es lo que vemos en Asaf.
No podemos separar esta sección de la anterior. Es lo que Asaf llegó a discernir en el santuario, porque allí tuvo tiempo de razonar, tiempo para pensar. Allí sacó las conclusiones que nos comparte en los versículos finales.
La confesión de la necedad y el redescubrimiento de la gracia
“Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me guiarás con tu consejo, y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.” (Salmo 73:23-25, NBLA)
Tuvo amargura, dolor en su alma y en su corazón. Tuvo claridad sobre su propia torpeza y su comportamiento similar al de una bestia. Todo eso hace el Espíritu Santo cuando convence de pecado a la luz del evangelio y la cruz de Cristo. Asaf ahora tiene claridad para ver que Dios lo preservó en su gracia, que nunca abandona a su pueblo aun cuando este se conduce neciamente. Nos tiene esculpidos en sus manos (Is. 49:16), nos lleva en su pecho, nos lleva sobre sus hombros (Ex. 28:12).
Dios es el tesoro que no tiene comparación
“Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre.” (Salmo 73:26, NBLA)
Esta es la proclamación de Asaf de dónde está su tesoro. Como levita, su porción era Dios mismo. Asaf tiene una revitalización espiritual: las cosas que ya sabía, que siempre supo y que vivió desde pequeño, ahora son como nuevas. Las verdades espirituales de la gracia de Dios tienen una dulzura absolutamente nueva cuando hemos visto la cruz en el santuario. De todo lo que deseaba antes cuando envidiaba a los impíos, ahora no desea absolutamente nada. Es la revitalización de Filipenses 3, donde el apóstol Pablo lo tiene todo por basura para ganar a Cristo.
La seguridad de un final glorioso
“Porque los que están lejos de Ti perecerán; Tú has destruido a todos los que te son infieles. En cuanto a mí, el acercarme a Dios es mi bien; en el Señor Dios he puesto mi refugio, para contar todas tus obras.” (Salmo 73:27-28, NBLA)
Finalmente, Asaf encuentra que lo que supo por teoría, ahora era una realidad experiencial. Tuvo una proyección clara de lo que ocurrirá a los impíos y una completa certeza de qué era lo mejor para él, dónde estaba su esperanza y qué debía hacer de ahí en más. No contar las prosperidades efímeras de los impíos, sino las obras eternas y gloriosas de Dios.
Cristo vivió la mayor injusticia. Vio cuando echaban suertes mientras estaba crucificado. Tenía toda la razón de airarse; sin embargo, no abrió su boca, encomendó la causa al que juzga justamente y creyó que Dios era bondadoso y justo. Eso tenemos que imitar. Él fue quien sufrió injustamente, y no nosotros.
Lo más importante que vio Asaf fue un sacrificio. Vio juicio contra el pecador y misericordia para el pecador al mismo tiempo. Su propia vida requería juicio y halló misericordia. Eso es el evangelio.
Solo el evangelio puede devolvernos la perspectiva que perdemos cuando dejamos de mirar a Dios.
¿Cuánto hace que no le expones a Dios tus quejas y buscas discernir lo correcto a solas con él?
Dedica tiempo a predicarte el evangelio para ver al Dios bondadoso y justo.

