El himno «Él me sostendrá» nos recuerda no solo que desconocemos el futuro, sino también que en cada momento necesitamos repetirnos esa verdad que alienta permanentemente nuestra fe. Este himno, popularizado en la actualidad por Matt Merker (Getty Music), tiene sus raíces en un texto de Ada Habershon, quien lo escribió precisamente para fortalecer a los creyentes en medio de la duda. Al iniciar el año, nos enfrentamos a la realidad de nuestra propia limitación: ignoramos lo que nos depara el año e incluso lo que sucederá el próximo día. Ante esta incertidumbre, la fe no es un sentimiento vago, sino un anclaje en el carácter de Dios.
Hay un modismo en inglés que dice: «Where the rubber meets the road» («donde el neumático pisa la ruta»), una expresión que en nuestro contexto criollo equivale a decir que “en la cancha se ven los pingos”. Se refiere a ese instante crucial donde la teoría se encuentra con la realidad. Es precisamente allí donde nuestra teología debe cobrar sentido. Cantar «Él me sostendrá» es hermoso, pero en la crudeza de la experiencia diaria, solemos ponerle signos de interrogación a esa afirmación. El propósito de considerar en el Salmo 11 es que sus verdades nos permitan remover esos signos de pregunta y transformarlos en una certeza inamovible.
La estructura del Salterio no es accidental. Los estudiosos han observado una progresión temática entre los Salmos 10, 11, 12 y 13, los cuales encapsulan cuatro de los interrogantes más profundos del alma humana ante la crisis:
- El ¿por qué? en el Salmo 10.
- El ¿qué? o el ¿cómo? en el Salmo 11.
- El ¿dónde? en el Salmo 12.
- El ¿hasta cuándo? en el Salmo 13.
Cada una de estas preguntas halla su respuesta no en la capacidad humana, sino en la soberanía divina. El Salmo 11, en particular, nos ofrece el diagrama espiritual necesario para considerar nuestro caminar diariamente y a lo largo de todo el año. Son solo siete versículos que nos invitan no solo a la lectura, sino a la memorización. En ellos encontraremos una «bisagra» teológica fundamental situada entre Salmo 11:3 y 4, donde la mirada se eleva de la crisis terrenal al trono celestial.
Dos partes únicas y concretas
- El conflicto: en los versículos 1 al 3.
- La resolución: en los versículos 4 al 7.
Esta figura Salmo 11:2 exalta lo que ocurre «en lo oculto» contra los rectos de corazón: la incertidumbre de no saber de dónde vendrá el golpe ni cuándo surgirá la situación, pero con la certeza de que la amenaza es real.
¿Qué ha de hacer el justo si los fundamentos son destruidos?
“En Jehová he confiado; ¿cómo decís a mi alma, que escape al monte cual ave? Porque he aquí, los malos tienden el arco, disponen sus saetas sobre la cuerda, para asaetear en oculto a los rectos de corazón. Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo?” (Sal. 11:1-3).
El contexto de este salmo varía según la interpretación, porque nosotros no tenemos ninguna evidencia ni indicación al inicio del salmo, como en otros que dicen: “cuando Saúl estaba persiguiendo a David” o “cuando se escondieron en la cueva” o “cuando Absalón estaba lidiando contra David”. No tenemos nada de eso, pero probablemente esté en alguna de estas tres posibilidades:
- Cuando Saúl estaba persiguiendo a David (1 Sa. 26:20).
- Cuando David estaba siendo perseguido y mataron a los sacerdotes de Nob (1 Sa. 22:19).
- O también puede ser el momento en que Absalón se sublevó contra su padre David y este tuvo que huir (2 Sa. 25:14)
No sabemos en qué contexto de estos se escribió el Salmo 11; algunos son más puntuales y tienen más convicción sobre dónde está establecido. Pero lo cierto es que, no importa cuándo haya ocurrido, hay una respuesta para nosotros. Porque la pregunta aquí —que realmente en el original es en plural: “¿cómo le dicen a nuestra alma?”— evidentemente muestra que David no estaba solo. O estaba con sus hombres cuando Saúl lo perseguía, o estaba en el gobierno ya con sus siervos gobernando y siendo perseguido o en una situación difícil. La realidad es que David está hablando de su pasado: “Yo he confiado, yo estoy confiando en el Señor así…”.
La tentación de la huida y el mito del avestruz
“¡Que no le pidan a mi alma que huya!” Existe el mito de que el avestruz esconde su cabeza en un hoyo ante el peligro; sin embargo, esto no es real. La historia surge de Plinio, un historiador romano, quien afirmaba que las avestruces actuaban así, pero en realidad lo único que hacen es clavar el pico en la tierra o introducir la cabeza en un arbusto para buscar alimento. Aunque es una falsedad biológica, con el tiempo se ha arraigado la idea de que estos animales entierran la cabeza para escapar del horror. Si así lo hicieran, es claro que simplemente morirían.
Sin embargo, a menudo, nosotros operamos bajo esa misma premisa: cuando surgen los conflictos o las dificultades, optamos por ignorar la realidad, «meter la cabeza en la tierra» y olvidarnos de lo que ocurre. Buscamos el refugio de la cama y no levantarnos de ella, el aislamiento o el silencio absoluto, esperando simplemente despertar y que el mañana haya borrado los problemas. Vivimos, con frecuencia, bajo esa tendencia de evasión.
Pero esto no es lo que David hace aquí, ni es lo que la vida de fe nos enseña. Debemos hacer frente a los conflictos. En este pasaje, el conflicto es serio y el desastre es inminente; el Salmo 11:2 describe que los malos ya «tienden el arco» y «disponen sus saetas sobre la cuerda». No están en el proceso de buscar sus armas; la acción ya ha comenzado y solo falta que la flecha sea disparada. El peligro es inmediato.
Esta figura Salmo 11:2 exalta lo que ocurre «en lo oculto» contra los rectos de corazón: la incertidumbre de no saber de dónde vendrá el golpe ni cuándo surgirá la situación, pero con la certeza de que la amenaza es real. Esta es la atmósfera en la que muchas veces nos encontramos al enfrentar un nuevo año o un nuevo desafío, y es el escenario que precede a la pregunta crucial de Salmo 11:3.
Enfrentando los fundamentos destruidos
David es categórico: «Yo no voy a escapar, no voy a ignorar la realidad ni voy a esconder la cabeza bajo tierra». Una vez comprendido el mito del avestruz, entendemos su postura: no evadirá sus problemas porque su confianza está depositada en Dios. No obstante, solo podremos sostener la afirmación del versículo 1 («En Jehová he confiado») si logramos asimilar la teología que sostiene a David en sus momentos de mayor angustia.
El Salmo 11:3 plantea una interrogante punzante: «Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo?». En el hebreo, el término «fundamentos» posee un matiz amplio, pero se refiere fundamentalmente al orden social y las bases que sostienen la convivencia y la seguridad. Desde la perspectiva de David, la duda es desgarradora: «Si no tengo esperanza en el cuidado de la nación, si el orden se desmorona, ¿qué haremos si no alcanzo el reino prometido o si soy despojado de él?». Sea cual sea el escenario, la crisis apunta a la destrucción de los cimientos.
Reconocemos que son estas mismas incertidumbres las que nos perturban hoy. Nuestro conflicto no suele ser la falta de acceso a las Escrituras o la incapacidad intelectual para entender que Dios es fuerte y está con nosotros. Sabemos teóricamente que Él es nuestro proveedor y que no nos abandonará. Sin embargo, la tensión surge cuando la teología se encuentra con las facturas de luz, o gas, o los impuestos a pagar y los desafíos éticos del presente:
- ¿Cómo afrontaremos el pago de los servicios básicos o el alquiler?
- ¿Podremos sostener la educación de nuestros hijos ante una agenda global y gubernamental que promueve ideologías contrarias a la fe, como el homosexualismo y el lesbianismo?
- ¿De qué manera formaremos su carácter para que resistan las presiones en sus centros de estudio?
- ¿Qué herramientas les daremos para navegar en un mundo que parece haber perdido sus cimientos morales?
Son estas realidades las que sacuden nuestros fundamentos y nos obligan a buscar una respuesta que trascienda nuestra propia capacidad de gestión.
Nuestro Padre celestial conoce de antemano cada una de nuestras necesidades. Él posee el control total; nosotros, en cambio, no controlamos absolutamente nada, aunque a veces pretendamos lo contrario.
La incertidumbre y el mito del control
Muchas de estas cosas son las que nos surgen cada día cuando nosotros salimos a nuestros trabajos o a nuestras tareas, y nos enfrentamos con situaciones que no imaginábamos: conflictos laborales, problemas con compañeros de trabajo, situaciones familiares con inconvenientes, situaciones legales que no sabemos cómo resolver o problemas de salud que vamos a enfrentar y no sabemos cómo ocurrieron. Si nosotros no tenemos claridad sobre eso, ¿qué vamos a hacer? Esa es una pregunta razonable: ¿qué haríamos si no tenemos algo que nos ayude a enfrentar lo incierto para tener un futuro seguro?
Es un conflicto, y la tentación a veces es huir, pasar por alto, dejar de pensar en estas cosas y no enfrentarlas. La respuesta a esto está en Salmo 11:4 al Salmo 11:7. Pero creo que la respuesta que vamos a ver ahora no es para que ignores la pregunta, sino para que la tengas ahí siempre: ¿Qué harías? ¿Qué harías si no tuvieras fundamentos sólidos en tu vida?
La respuesta tiene cuatro partes que vamos a ver en el versículo 4a, la primer parte; el versículo 4b, 5 y 6, la segunda y el versículo 7 la tercera parte.
CONFIANDO EN EL CONTROL DE DIOS
“Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono” (Sal. 11:4a).
La primera respuesta ante la crisis es absoluta: necesitamos confiar en el control soberano de Dios. El salmista lo expresa con una contundencia asombrosa: «Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono». El Salmo 46 refuerza esta verdad al declarar que, aunque la tierra sea removida y los montes se traspasen al corazón del mar, no hemos de temer. Es una bendición que el trono de Dios no esté sobre la tierra, sujeto a los vaivenes humanos, sino en los cielos. Esta referencia al templo y al trono apunta directamente al gobierno divino; Dios es quien gobierna soberanamente sobre todas nuestras circunstancias.
El problema radica en nuestra ilusión de control. La ansiedad suele brotar cuando sospechamos que Dios no gestionará las cosas como nosotros lo haríamos. Por ello, Jesucristo nos exhorta en Mateo 6 a no afanarnos por el sustento o el vestido, recordándonos que nuestro Padre celestial conoce de antemano cada una de nuestras necesidades. Él posee el control total; nosotros, en cambio, no controlamos absolutamente nada, aunque a veces pretendamos lo contrario.
La lección de la tormenta y la ilusión del control
Recientemente, vivimos con mi esposa una experiencia que ilustra esta verdad. Cuando nuestro vuelo de regreso a Argentina fue cancelado debido a una tormenta de nieve, perdimos una suma considerable de dinero en conexiones aéreas que no tenían devolución. En medio de la frustración por la pérdida material, el único consuelo real fue reconocer la propia impotencia: No podíamos hacer nada al respecto. No había lugar para la culpa, pues no estaba en nuestras manos detener la nieve ni rehabilitar mil vuelos cancelados. Simplemente, no teníamos el control.
A menudo pensamos que dominamos ciertas áreas de nuestra vida, pero la realidad es que no controlamos ni nuestro pulso, ni nuestra respiración, ni el funcionamiento de nuestro cuerpo. Hablamos de que las cosas «se nos van de las manos» cuando, en rigor, nunca estuvieron en ellas. La mejor forma de enfrentar nuestro futuro es postrarnos a los pies de Cristo y reconocer: «Señor, no controlo siquiera mi aliento, pero Tú estás en tu trono y has hecho todo lo que has querido» (Sal. 115:3).
Testigos de la soberanía en el caos
La Escritura nos presenta a hombres que comprendieron esto solo después de ver sus fundamentos sacudidos:
- Ezequías: Ante las blasfemias y amenazas del ejército asirio, el rey no buscó una estrategia militar humana. Llevó las cartas amenazantes al templo, las extendió ante el Señor y reconoció su incapacidad. Dios respondió con una liberación sobrenatural porque Él, y no Senaquerib, ostentaba el poder (2 Re. 19:1, 16).
- Nehemías: Bajo amenaza de muerte y con enemigos acechando, rehusó esconderse en el templo para salvar su vida. Su confianza no estaba en un edificio, sino en el Dios que lo había llamado a edificar (Neh. 6:11).
- Daniel y sus amigos: Ante el horno de fuego y el foso de los leones, su declaración fue la misma: Dios tiene el poder para librarnos, pero aunque no lo hiciera, Él sigue siendo el único digno de adoración. Entendieron que el control no pertenecía a Nabucodonosor (Dn. 3:17, 18). También Daniel lo entendió cuando sabía que ni siquiera el rey Darío tenía el control, sino al Dios que cierra la boca de los leones (Dn. 6:22).
La soberanía en la Cruz y en la Iglesia
Es fácil leer estas historias con la ventaja de conocer el final, pero quienes las vivieron lo hicieron en la oscuridad de la prueba. En Hechos 4, vemos a la iglesia primitiva orando bajo persecución, reconociendo que incluso la conspiración de Herodes y Pilato contra Jesús solo sirvió para llevar a cabo lo que la mano de Dios y Su consejo habían determinado de antemano. No hay prueba más fehaciente del control divino que la Cruz del Calvario: el evento más terrible de la historia fue, simultáneamente, el acto soberano de salvación más glorioso (Hch 2:23).
No hagas nido en árboles que caen
Se cuenta la historia de un hombre que, al talar árboles, espantaba repetidamente a un pájaro que intentaba anidar en las ramas que estaban por caer. El ave, frustrada, volaba de un árbol a otro hasta que finalmente decidió construir su nido en las grietas de una roca sólida. En este mundo, hay todo tipo de «árboles» que caerán tarde o temprano. El único refugio inamovible es el trono de Dios; Él es la Roca. No deposites tu confianza en nada que pueda derrumbarse.
Lutero y la ansiedad de Melanchthon
Incluso los grandes reformadores lucharon con esto. Felipe Melanchthon, colaborador de Lutero, solía consumirse por la ansiedad sobre el futuro de la Reforma. Lutero, con su característica vehemencia y calma teológica, le mandó a decir: «Díganle a Felipe que deje de intentar gobernar el mundo y me deje tomar mi cerveza en paz». Lutero entendía que la ansiedad es, en el fondo, el intento fútil de usurpar el gobierno de Dios. Si quieres transitar este año con fundamentos firmes, recuerda primero esto: Dios está en Su trono y Él es quien gobierna.
Si el desánimo nos domina, es probable que hayamos aceptado la soberanía de Dios intelectualmente, pero hayamos descuidado el examen personal que la prueba pretende producir en nosotros.
APRENDIENDO A TRAVÉS DE LA PRUEBA
“sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres. Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece” (Sal. 11:4b-5).
La segunda respuesta para este dilema es que debemos comprender el propósito de la prueba. El versículo 4 declara: «Sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres»
A menudo, nuestra reacción natural es buscar el auxilio de Dios para que la prueba desaparezca, preguntándonos por qué debemos atravesarla. Sin embargo, la prueba es un componente esencial de la vida cristiana que debemos atesorar (Stg. 1:2, 12), especialmente cuando las circunstancias parecen desmoronarse.
No debemos ver el conocido pasaje de Romanos 8:28 —«todas las cosas ayudan a bien»— como un optimismo simplista que sugiere que «todo saldrá bien» según nuestros deseos. Por el contrario, significa que absolutamente todo —desde el diagnóstico de una enfermedad o una crisis económica hasta las bendiciones más evidentes— es utilizado por Dios para el bien espiritual del creyente. A través de estas realidades, Dios está probando al justo. Es la misma teología que sostuvo a José en Génesis 50:20 «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien». Dios utilizó la traición y el sufrimiento para preservar a Su pueblo.
La actitud de David: El examen constante
La disposición que debemos cultivar es la que David manifiesta en el Salmo 139. Él comienza afirmando: «Jehová, tú me has examinado y conocido» (Sal. 139:1), reconociendo la soberanía de Dios sobre su historia pasada. Pero no se detiene allí; hacia el final del salmo, clama: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos» (Sal. 139:23). David entiende que el examen divino no es un evento aislado, sino un proceso continuo. Él le pide a Dios: «Señor, necesito que sigas trabajando en mí; no dejes de probarme».
La doctrina de que Dios prueba al justo es vital en los momentos de mayor dificultad. Es aquí donde debemos rechazar la tentación de actuar como el avestruz de la fábula y esconder la cabeza bajo tierra. Desperdiciamos las circunstancias que Dios tiene bajo control cuando decidimos evadir la realidad, meternos en la cama y esperar que el tiempo resuelva lo que nosotros no queremos enfrentar.
Si no nos hemos hundido en el pozo de nuestras faltas, no es solo por las oraciones de los hermanos, sino porque el Señor mismo no deja de orar por los suyos.
A veces utilizamos frases como «Dios está en su trono» de manera superficial, sin permitir que esa verdad examine nuestra vida. Podemos pasar semanas afirmando la soberanía de Dios, pero si ante el primer revés caemos en el desánimo o la amargura, queda en evidencia que nuestra teología era solo teórica. Es «en la cancha donde se ven los pingos». Si el desánimo nos domina, es probable que hayamos aceptado la soberanía de Dios intelectualmente, pero hayamos descuidado el examen personal que la prueba pretende producir en nosotros.
ENTENDIENDO LOS DOS TIPOS DE PRUEBA
“Jehová prueba al justo; pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece. Sobre los malos hará llover calamidades; fuego, azufre y viento abrasador será la porción del cáliz de ellos” (Sal. 11:5-6).
La tercera respuesta surge al examinar nuestras vidas, que es cuando debemos recordar que, bíblicamente, existen al menos dos naturalezas en la prueba, que Dios obra diferente con sus hijos que con aquellos que no le conocen. Cada uno de nosotros atravesará las circunstancias ya sea como Jonás o como Job.
La prueba de Jonás es esencialmente correctiva. Jonás fue arrojado al abismo y tragado por un gran pez para que la condición de su corazón quedara expuesta. Dios utiliza estas situaciones para tratar con aquello que estamos descuidando: desde la tibieza en la oración y la lectura bíblica, hasta pecados más complejos que solo Él y nosotros conocemos. Cuando el Salmo 11 dice que «Jehová prueba al justo», nos invita a preguntarnos: ¿Está Dios corrigiendo algo en mi vida a través de lo que está permitiendo?
Por otro lado, la prueba de Job es de refinamiento y soberanía. El libro de Job —el más antiguo de las Escrituras— fue escrito para recordarnos que Dios tiene el control incluso cuando no comprendemos nada. Dios puede enviar una prueba no para castigar un pecado, sino para demostrar que nuestra fe no depende de Sus bendiciones. Como respuesta a la acusación de Satanás, Dios permite la prueba para purificarnos y ver si realmente le buscamos a Él por quien es, o solo por lo que nos da. Ante la adversidad, debemos discernir: ¿Me está Dios llamando la atención o está purificando mi fe?
DISFRUTANDO LA JUSTICIA Y EL ROSTRO DEL SEÑOR
“Porque Jehová es justo, y ama la justicia; el hombre recto mirará su rostro” (Sal. 11:7).
Finalmente, la cuarta respuesta ante el conflicto, es que cuando la carne nos impulsa a huir, el Espíritu nos llama a confiar. El versículo 7 nos ofrece la esperanza definitiva: «Porque Jehová es justo y ama la justicia; el hombre recto mirará su rostro». Aunque nadie ha visto a Dios cara a cara, la idea de «mirar su rostro» alude a la comunión íntima, tal como Moisés la experimentó. Esta comunión se cultiva en el altar de la oración, en la meditación constante y en el examen diario de nuestra vida. David, el autor de este salmo, resumió este anhelo en el Salmo 27:4, «Una sola cosa he demandado a Jehová… que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de su santidad».
El acceso al Padre y la intercesión de Cristo
Ese deseo de David de contemplar la hermosura de Dios se cumple plenamente en Cristo. Él es el verdadero Templo que fue destruido y levantado al tercer día (Jn. 2:19). Su cuerpo fue partido para darnos libertad de acceso a la presencia del Padre (He. 10:19). Al acercarnos a Dios, encontramos un trono de gloria, pero también una cruz donde la sangre preciosa de Cristo limpia nuestras conciencias (He. 9:14).
Esta relación se sostiene por la intercesión continua de nuestro Salvador. Es conmovedor recordar que, mientras enfrentamos nuestras distracciones y tristezas en el año, Cristo está sentado a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (Ro. 8:34). Si no nos hemos hundido en el pozo de nuestras faltas, no es solo por las oraciones de los hermanos, sino porque el Señor mismo no deja de orar por los suyos. Como dice el salmista: «Aunque afligido y necesitado, Jehová pensará en mí» (Sal. 40:17).
Una aplicación final: No desmayar
El Salmo 11 nos enseña que no podemos esconder la cabeza ni huir. Nuestra confesión debe ser: «Él me sostendrá». Por tanto, no permitas que la depresión te encierre en la cama como si nadie te ayudara. Dios está en Su trono; Él gobierna y lo sabe todo.
Permite que el Señor te pruebe. Observa si hay algo que resolver en tu corazón o si Él simplemente desea refinarte. No desmayes en tu comunión diaria y disfruta del Evangelio durante los 365 días del año. La cruz es la evidencia más sublime de que Dios está en Su santo templo y que, a través de ella, nos ha llamado a una unión eterna con Su Hijo.
Haz tuya esta oración: Señor, gracias porque cuando los fundamentos se destruyen, puedo mirar hacia arriba y ver que siempre has estado en Tu trono. Examina mi corazón; revélame si me estás corrigiendo o purificando. Ayúdame a atravesar el velo del cuerpo de Cristo para recordar que la Cruz es la garantía de mi paz. Dame el soporte teológico necesario para que este Salmo sea mi aliento en los momentos de perplejidad. Por Cristo Jesús. Amén

