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sermones

La disciplina de un Padre que ama

Ricardo Daglio 11 min de lectura
Por qué, cómo y para qué disciplina Dios a sus hijos, según Hebreos 12:5-11

Ser parte de la familia de Dios es un privilegio inmerecido que se disfruta por su gracia. Los creyentes son hijos adoptados, con todos los privilegios que eso conlleva: son herederos de Dios y coherederos con Cristo, amados por Dios como Padre con un amor completo —que no va a mejorar porque no puede mejorar, y que es eterno—, y disfrutan de la presencia del Espíritu Santo en sus vidas, que es la garantía de lo que ha de venir.

Pero ser parte de la familia de Dios también incluye ser educado y, en especial, disciplinado. Y esa disciplina es más amplia de lo que suele imaginarse. Aquí el autor de Hebreos detiene al lector con una pregunta que no es solamente importante: es razonable y esclarecedora. “¿Qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?” (Hebreos 12:7). Este es un pasaje clásico que contiene casi todo lo necesario para entender este aspecto formativo en la familia de Dios.

La disciplina de los hijos de Dios es una marca de legitimidad. De manera que, si alguien es hijo de Dios, este mensaje lo concierne. No se puede pasar por alto algo tan importante como el proceso por el cual el Padre, en su amor, va formando a sus hijos en los distintos momentos del caminar peregrino.

“La disciplina de los hijos de Dios es una marca de legitimidad.”

¿Por qué necesitamos la disciplina de Dios?

“Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.” (Hebreos 12:5-6, RV60)

Entender dónde está ubicado este pasaje en el libro de Hebreos ayuda mucho a esclarecer esta pregunta. El marco de Hebreos 12 es la perseverancia bajo prueba y persecución (vv. 1-4). La audiencia estaba sufriendo por su fidelidad, no siendo castigada por su infidelidad. Y aun así —o mejor dicho, precisamente por eso— ese sufrimiento era parte del plan de Dios. No a pesar de su amor, sino a causa de él.

En medio del sufrimiento, a estos hebreos les ocurrió lo mismo que suele ocurrir hoy: se olvida lo que la Palabra de Dios ya había enseñado sobre la disciplina (v. 5). No es que no lo supieran; lo habían olvidado. El olvido es una condición común.

“El olvido no es desinformación ni ignorancia. Es falta de atención a lo que ya se sabe.”

La santificación es un asunto fundamental y prioritario para Dios en la vida de sus hijos, pero ese proceso requiere de la Palabra de Dios para su desarrollo. La cita que trae a la memoria el autor de Hebreos es Proverbios 3:11-12, dada en el contexto de la instrucción de un padre a su hijo. Antes de esa exhortación, el padre le dice al hijo qué debe hacer con la instrucción que recibe: no olvidarla, guardarla, no apartarse de ella, tenerla a mano, confiar de todo corazón en Dios, reconocerlo siempre, no ser sabio en su propia opinión, honrar al Señor.

El olvido, entonces, no es desinformación ni ignorancia. Es falta de atención a lo que ya se sabe. La disciplina es parte del proceso instructivo normal de un padre hacia su hijo. Esto es lo que hace Dios: es parte del proceso de hacer a sus hijos semejantes a su Hijo (Romanos 8:28-29). El versículo 7 confirma esta verdad.

¿Qué clase de disciplina opera Dios en sus hijos?

“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.” (Hebreos 12:6-8, RV60)

La sola mención de la palabra “disciplina” genera la idea de “castigo”. Es cierto que la disciplina puede contener el aspecto de una penalidad. Pero el texto de Hebreos señala a una disciplina formativa. La palabra en Hebreos 12:5-11 es paideia (y el verbo paideuō), que significa “crianza, instrucción, formación de un niño”: toda la educación y entrenamiento que un padre da a un hijo para llevarlo a la madurez. Es decir, una disciplina pedagógica.

Hay que entender esto: la disciplina puede ser correctiva, cuando hay pecado de por medio; preventiva, para guardar de caídas futuras, como en el caso de Pablo y el aguijón en su carne (2 Corintios 12:7-9); o formativa y educativa, para hacer crecer en madurez y santidad, aun sin falta alguna. Creo que la última es la que aquí está siendo señalada en el pasaje, aunque las dos últimas pueden formar parte igualmente, en especial la segunda y la tercera. En la Biblia hay muchos ejemplos de cómo Dios opera su disciplina formativa en sus hijos; no lo hace en todos por igual, así como un padre tampoco disciplina de la misma manera a cada uno de sus hijos.

Hay, sin embargo, factores comunes en todos los casos. El primero es que se trata de la mano del Señor: “el Señor… disciplina” (v. 6). Dios ha prometido estar con sus hijos, y su obrar es conforme a quién es Él. Siempre es mejor estar bajo su mano; David prefirió eso antes que cualquier otra cosa (2 Samuel 24:14). El segundo es que Dios lo hace con sus hijos y lo hace porque los ama (vv. 6-7). Y el tercero es que es imparcial: “todos han sido participantes” (v. 8).

El primer ingrediente de la disciplina es la Palabra de Dios (2 Timoteo 3:16). Pablo utiliza la misma palabra que el autor de Hebreos: “instruir en justicia”. Es decir, a través de su Palabra, el Espíritu Santo opera para la formación de los creyentes. Esa formación incluye procesos que a veces resultan dolorosos, porque implican abandonar ciertas cosas o adherirse a otras, con el fin de honrar a Dios en obediencia. El Salmo 94:12-13 lo expresa con claridad: “Bienaventurado el hombre a quien tú, Jah, corriges, y en tu ley lo instruyes, para hacerle descansar en los días de aflicción.”

También Dios puede usar las tribulaciones con algún propósito. La palabra “tribulación” en el Nuevo Testamento (thlipsis) viene de un término que evoca la presión, el apretar o exprimir. Y Dios usa muchas veces esa presión para formar el carácter en sus hijos (Romanos 5:3-4). Lo hace de diferentes maneras: con los discípulos en la tormenta (Marcos 4:35-41), o con José en Egipto (Génesis 39-40). En cualquier caso, la disciplina opera enteramente dentro del reino de Dios, bajo su control y para lo que Él quiere lograr en sus hijos. Ni más ni menos.

¿Cómo funciona la disciplina de Dios?

“Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.” (Hebreos 12:10-11, RV60)

La disciplina funciona de tal manera que produce frutos, especialmente el fruto de santidad en la vida y el carácter. Esto quiere decir que, a menos que se vea el propósito final que Dios tiene en todos los dolores y tribulaciones que se atraviesan, no se va a valorar la disciplina. Siguiendo la idea de Sinclair Ferguson: si no se valora la santidad, no se tendrá disposición para aceptar la disciplina.

“La disciplina puede tener toda la apariencia de algo terrible […] pero su verdadero propósito es producir justicia.”

Es típico el argumento de que no se debe preguntar “por qué” sino “para qué”. Pero más allá de eso, convendría orar como David: “Jehová cumplirá su propósito en mí” (Salmo 138:8). Esto concuerda con la verdad de Filipenses 1:6: Dios sigue perfeccionando la obra que comenzó en sus hijos.

La disciplina es temporal, aunque dolorosa. De hecho, es propia solo de esta vida. Como escribió John Owen en sus Works (vol. XXIV, p. 260): “No hay disciplina en el cielo ni en el infierno. No la hay en el cielo, porque allí no hay pecado; no la hay en el infierno, porque ya no existe posibilidad de corrección.” La disciplina pertenece al tiempo de la formación de los hijos de Dios.

La disciplina puede tener toda la apariencia de algo terrible, con ausencia total de gozo y abundante tristeza; pero su verdadero propósito es producir justicia. ¿Por qué? Porque la disciplina formativa lleva de un grado de santidad a otro mayor, conformando a los hijos de Dios más plenamente al propósito que Él tiene para sus vidas.

Y la disciplina, por lo general, requiere tiempo. Cuando los creyentes son disciplinados, están siendo ejercitados; es la palabra gymnazō (de donde viene “gimnasio”). Esto da una idea de por qué Dios se toma el tiempo para enseñar por medio de un proceso que pudiera parecer doloroso. Ocurrió con Job. Ocurrió con Pablo.

¿Cuál debe ser nuestra respuesta a la disciplina?

“Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? […] Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?” (Hebreos 12:7, 9, RV60)

Es posible caer en dos tendencias negativas. La primera es menospreciar la disciplina, es decir, no darle el valor que le corresponde. Esto puede verse de distintas maneras: quizás quejándose —¿por qué me pasa a mí?—, quizás cuestionando el obrar de Dios —¿qué se supone que Dios está haciendo?—, quizás razonando todo sin pensar y resignándose sin más: hay que aguantarlo, se vive en un mundo corrupto. Sinclair Ferguson, en Children of the Living God, describe así esta reacción: “Aunque nos duele profundamente el sufrimiento de la vida, rechazamos de plano la sugerencia de que este pueda ser la mano de nuestro Padre disciplinándonos. En pocas palabras, hemos creado un Dios a nuestra propia imagen: un Dios que no toma la disciplina con la seriedad necesaria como para disciplinar eficazmente a sus hijos.”

La segunda tendencia negativa es desmayar frente a la disciplina: desalentarse simplemente por las circunstancias que a cada uno le toca vivir, decaer, desanimarse y darse por vencido. No hay manera de levantarse si ni siquiera se considera que Dios está entrenando; se abandona, sin más. Quizá pensamos que Dios pudiera estar castigándonos por nuestros pecados, pero eso ya ocurrió en la cruz (Ro. 8:1-3). Su trato tiene que ver con amor, no con justicia.

¿Cuál debería ser, entonces, la respuesta adecuada?

Soportar

La palabra aparece en el versículo 7: hypomenō significa literalmente “morar bajo”, y de ahí “perseverar, soportar con valentía y confianza”. En Hebreos 12 (vv. 2, 3 y 7) sugiere la idea de perseverancia bajo condiciones penosas: permanecer firme en medio de la prueba en lugar de abandonar. Esto no es para nada fácil, y por esa razón no conviene olvidar que es parte de la vida cristiana: es Dios tratando con sus hijos, no necesariamente Satanás afligiéndolos.

Obedecer mejor

Es posible que Dios esté buscando mostrar áreas en las que la obediencia debe ser más seria, ya sea abandonando ciertas cosas o haciendo otras que permitan que Cristo sea visto con mayor claridad en la vida del creyente. ¿Carácter? ¿Actitud? ¿Valentía?

Apreciar

Me refiero a que no se olvide que Dios quiere obrar cosas provechosas, cosas que serán útiles y que alimentarán la santificación y el caminar con Dios. Nuestra disciplina puede ser el medio que Dios usa para que luego podamos ser útiles para otros – 2 Co. 1:3-7

Valorar el ejercicio

Cuando alguien ha ido al gimnasio por un tiempo, se dice que los músculos tienen memoria y que nunca olvidan lo aprendido por causa del ejercicio. Lo mismo puede decirse de la disciplina: genera una memoria saludable.

La disciplina de Dios, claramente, no pareciera ser causa de gozo sino de tristeza. Pero Dios la opera con sus hijos, como parte de la familia, porque los ama y porque busca el mayor provecho para ellos: la participación en Su propia santidad. El amor de Dios por sus hijos no puede excluir este ejercicio tan importante e imprescindible. Por eso, la pregunta de Hebreos 12:7 “¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?” debe sostener nuestra visión de la disciplina como una demostración inequívoca de nuestra relación con Dios como hijos.

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