Lo que Mateo 5:43-48 enseña sobre amar a los enemigos como marca de ser hijos de Dios
Una de las cosas más sorprendentes que permite considerar la genética son los distintos aspectos que conforman la similitud de un hijo con sus padres. Nunca deja de asombrar observarlo, ya sea en el parecido físico, en el temperamento o en la conducta. De manera similar, el parecido de los hijos de Dios con su Padre también es fruto de la naturaleza divina de la que fueron hechos participantes en el momento del nuevo nacimiento (2 Pedro 1:4).
Este es uno de los pasajes más dinámicos y claros de la Biblia, y a la vez uno de los más poderosos para traer convicción —e incluso un sentido de condenación— al notar cuánto se falla en practicarlo. Y no es que Dios condene, porque eso ya quedó atrás para el que está en Cristo; es que se siente el peso de la propia falta. Difícilmente pueda leerse y considerarse este texto sin que lleve a confesar los pecados a Dios, que es fiel y justo para perdonar y limpiar de toda maldad (1 Juan 1:9). Y, por otro lado, es justamente esta convicción la que permite madurar y llegar a ser cada vez más semejante a Cristo, como hijo amado.
Pero lo que se quiere destacar es que los hijos del Padre llevan su parecido de familia: aman como Él ama y reflejan su carácter ante un mundo que los observa. Detrás de este enunciado hay una serie de verdades que distinguen al evangelio de cualquier otra conducta moral o religión. El evangelio no es un simple cambio de conducta ni una práctica religiosa; en cambio, provee una nueva naturaleza, inicia una batalla contra la vieja vida sin Cristo y todas sus costumbres, y trae una vida distinta.
La porción que se está considerando es el final de una sección que comienza en el versículo 17 y llega hasta el 48, y que trata sobre la relación del cristiano con la ley de Dios. Es un gran contraste con la falsa enseñanza de los escribas y fariseos, y finaliza con la exhortación a “ser perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”, la cual se considerará en el último punto.
“El parecido más contundente de un hijo de Dios con su Padre celestial es el amor.”
Es un parecido que posibilita lo imposible
“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:43-44, RV60)
Cuando el apóstol Pablo escribió a los efesios sobre ser imitadores de Dios como hijos amados, inmediatamente añadió que debían andar en amor, como también Cristo los amó y se entregó a sí mismo por ellos (Efesios 5:1-2). El parecido más contundente de un hijo de Dios con su Padre celestial es el amor.
Los escribas y fariseos agregaron un aborrecimiento que no estaba encomendado en la ley, y Jesús lo utiliza para mostrar el contraste con lo que realmente es el corazón del Padre. Antes de acusar a los escribas y fariseos, hace falta mirar el propio corazón, porque el mandato de Cristo pone en evidencia que cualquiera pensaría lo mismo aunque no lo dijera.
Lo que el texto presenta como imposible es aquello que solamente el evangelio puede hacer y que, justamente, hace similar al Padre. No deja posibilidad a la pasividad: no es amar a los amigos, sino al prójimo, y esto incluye a los que persiguen y afrentan. Eso es lo que Cristo enfatiza en esta sección. Solo el evangelio puede pedir algo semejante. ¿Qué es lo que posibilita el evangelio con relación a los “enemigos”, o a aquellos que hacen daño, maltratan o aborrecen? Hay muchos contextos diferentes que se aplican hoy, distintos a los que vivían quienes oían el sermón del monte, que con toda probabilidad lo asociaban a los romanos o a los samaritanos. Hoy puede tratarse del familiar que traicionó, difamó o dio la espalda; del hermano en la fe que lastimó dentro de la misma iglesia; del compañero de trabajo que sabotea, o el jefe que abusa de su posición; del vecino con quien se arrastra un conflicto que no termina; de quien agrede o difama escondido en redes sociales; y, el caso más difícil de todos, de quien cometió un daño grave, quizás irreparable, contra uno mismo o contra alguien amado.
“Devolver mal por mal es diabólico, devolver bien por bien es humano; devolver bien por mal es divino.” – Alfred Plummer
¿Qué hace parecido al Padre en estos casos? En primer lugar, amarlos. La única cosa que hará posible amarlos es verlos como Dios los ve: perdidos, yendo a una condenación. No se trata de hacerse amigos, ni de que tengan que agradar. Se trata de poder reaccionar como el mismo Cristo en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34), o como Esteban al ser apedreado: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7:60). Eso es amor: no devolver mal por mal. Como escribió Plummer: “Devolver mal por mal es diabólico, devolver bien por bien es humano; devolver bien por mal es divino.”
En segundo lugar, bendecirlos: responder con palabras amables a las palabras maliciosas, sin bajar al mismo nivel, con la amabilidad que enseña Proverbios 15:1. En tercer lugar, hacerles bien: si lo anterior tenía que ver con las palabras, esto tiene que ver con acciones opuestas a las recibidas, oportunidades para demostrar lo opuesto. Y, en cuarto lugar, orar por ellos. Quizá es el punto más particular, porque la oración es privada. Se puede “hablar bien” y “conducirse bien”, pero son cosas externas; orar por ellos implica llevar esto a solas, en privado, donde solamente Dios ve. No se puede engañar ahí. Orar por sus almas, por su salvación, es la prueba final de si realmente se los ama al punto de desear su bien eterno. Hacer esto hace parecido al Padre, y eso solamente lo hace el evangelio.
Las palabras de Pablo en 2 Corintios 5:16-17 son muy ilustrativas de esto: “De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
Es un parecido que revela de quién somos hijos
“Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” (Mateo 5:45, RV60)
Los hijos de Dios son imitadores de Dios. Este texto muestra de manera clara, simple y práctica que no hay posibilidad de excepciones para los creyentes en su amor y en la demostración de ese amor a quienes lo aborrecen. El Padre es ejemplo de esto: no es que unos merezcan sol y lluvia y otros no lo merezcan. Todo es por gracia, pero el punto es que Dios no hace distinción. Dios no trata con los injustos de acuerdo a lo que son o a cómo tratan a Dios.
Este es el fundamento de Juan 3:16. No hay nada en el hombre que haya estimulado a Dios a desplegar su amor; es un amor desinteresado por la miseria del ser humano, por su condición perdida y sin esperanza. Por lo tanto, cuando un hijo de Dios revela su parecido con el Padre en este aspecto, ha llegado al punto de vivir Gálatas 2:20. Así lo vivió Pablo. La teología de Pablo en su ministerio misionero y evangelístico se desprende de Colosenses 1:13; cuando fue llamado a ministrar, esta fue su encomendación: “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:18).
Lo que mantuvo el celo evangelístico de Pablo fue ver a las personas como Dios las ve. No vivía para sí mismo, y eso le permitió amar a sus enemigos.
“El parecido al Padre es algo que se nota, y que a la larga no se puede imitar: la conducta prestada se agota, porque no nace de adentro.”
Es un parecido que nos distingue del mundo
“Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?” (Mateo 5:46-47, RV60)
Si hay una pregunta en estos dos versículos que destaca el impacto que debe provocar una vida transformada, es la del versículo 47: “¿Qué hacéis de más?” Es una pregunta significativa. Lo que Jesús está diciendo es que el parecido al Padre es algo que se nota, y que a la larga no se puede imitar: la conducta prestada se agota, porque no nace de adentro.
Hay cosas que pueden parecer conductas de una vida transformada, pero son solo aspectos morales que también practican los perdidos: amar a los que aman, saludar a los que caen bien. Eso lo puede hacer cualquiera. De hecho, Lucas 6:32-34 lo hace aún más insistente.
El sermón del monte no es una serie de principios éticos para practicar. Es el tipo de vida que pueden vivir las personas transformadas por el evangelio. En otras palabras: la vida que se lleva, ¿es algo que no se puede explicar en términos naturales?
¿Qué es lo que subyace debajo de esto? Básicamente, que no hay un punto intermedio o dudoso. Es decir, cuando opera el nuevo nacimiento en una persona, cuando el ADN divino, por obra del Espíritu Santo, transforma y convierte a una persona, la vuelve diferente. La distingue como se distingue un muerto de un vivo. En palabras de Pedro, Cristo es precioso o piedra de tropiezo. O, en palabras de Simeón, Jesús es motivo de caída o levantamiento (Lucas 2:34). Es la esencia de ser una nueva criatura (2 Co. 5:17).
Ciertas cosas pueden ayudar a entender esto o clarificarlo más. Permítanme sintetizar algunas cosas que menciona Martyn Lloyd-Jones; las resumo brevemente: el hombre natural puede no querer hacer cosas porque moralmente no está bien hacerlo, mientras que el cristiano tiene hambre y sed de justicia. El hombre natural siempre piensa sobre el pecado en términos de acciones; el cristiano se preocupa por su corazón. El hombre natural puede admitir que no es perfecto y que comete errores; el cristiano es pobre en espíritu, se siente desahuciado y solo acude a la cruz. El hombre natural ve a los que sufren y siente tristeza por su condición; el cristiano los ve como pecadores bajo el poder de Satanás. El hombre natural ve a Dios como alguien para obedecer; el cristiano ve a Dios como su Padre, un Dios santo a quien quiere amar con su mente, corazón y fuerzas. El hombre natural puede ver sus tribulaciones como un asunto para sacar mayor fuerza y dominio propio; el cristiano ve sus tribulaciones y se goza en ellas. El hombre natural puede tratar las injurias con calma y voluntad firme; el cristiano se niega a sí mismo, toma su cruz, ama a los que lo injurian, los bendice, les hace bien y ora por ellos. Finalmente, el hombre natural enfrenta la muerte con la mayor dignidad posible —¡tantas películas hay de esto!—, mientras que el cristiano ve la muerte como ganancia, con un sentido de anticipación.
¿Qué es lo que hace todo esto posible? Es el evangelio. Un cristiano no es alguien que ve estos versículos y simplemente quiere imitar estas cosas. Un cristiano es alguien que ha nacido de nuevo. No es un mero cambio de conducta: es un cambio de corazón. Esto lleva a la conclusión que Cristo da.
Es un parecido que tiene al Padre como medida
“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mateo 5:48, RV60)
Hay que tener mucho cuidado en no descolgar este versículo. No es un mandato nuevo, aparte de todo lo dicho anteriormente, sino un mandato que recoge y resume todo lo que Jesús viene diciendo.
Es necesario recapacitar siempre sobre el sentido de la palabra “perfecto” en el Nuevo Testamento en lo que respecta al creyente. Perfecto no significa primariamente “sin defecto” o “impecable” —que es como “perfecto” suena en español—, sino “completo, cabal, que alcanzó su fin o madurez”, de telos, “fin, meta”. Por eso se pide ser perfectos como el Padre, a diferencia de lo que se pide sobre ser santos “porque” y no “como” (1 Pedro 1:16). La santidad de Dios como trascendencia fundamenta la santidad del creyente (“porque”), pero no se manda replicarla en su clase. La perfección y la plenitud de Dios en el amor y la misericordia, en cambio, es imitable, y a eso se llama como a un modelo (“como”).
El nuevo nacimiento —la regeneración— no hace perfecto; hace vivo. El nuevo nacimiento da la capacidad de vivir distinto; el mandato (“sed como vuestro Padre”) llama a ejercer esa capacidad. Se recibe una naturaleza nueva que puede amar como el Padre. Es como se dice muchas veces: “Ese niño está cada vez más parecido al padre.” En pocas palabras, este texto habla de una santificación: en este caso, de un proceso para parecerse más y más al Padre en amar a los enemigos, a los pecadores, y en ser más misericordioso, como lo dice Lucas.
Hay un precioso ejemplo de esto en el Antiguo Testamento. Abraham no era “sin pecado”, pero Dios le estaba pidiendo que fuera íntegro y que eso lo hiciera “delante de Dios” (Génesis 17:1), es decir, dentro de una relación de pertenencia (Génesis 17:7).
Una vez más, la única posibilidad para que esto sea radicalmente cierto en una persona es por medio del evangelio. El evangelio es la puerta de entrada a un parecido con Dios como Padre. El evangelio traslada de una familia a otra: de ser hijos “de vuestro padre el diablo” (Juan 8:44) a ser hijos de nuestro Padre que está en los cielos. ¿Dónde está cada uno en esto? ¿Amas como Dios ama a quienes te aborrecen? ¿Los bendices? ¿Les haces bien? ¿Oras por ellos? ¿Qué estás haciendo, o cómo se estás viviendo, a diferencia de los que no conocen a Dios?
