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sermones

La respuesta de la iglesia a la obra del Espíritu

Ricardo Daglio 13 min de lectura
Serie: 1 Tesalonicenses
Capítulo 5:16-18

Hace casi trescientos años, durante el Primer Gran Despertar en las colonias de Norteamérica, Dios obró de manera extraordinaria: miles de personas escuchaban el evangelio, muchos eran profundamente convencidos de pecado y se producían conversiones que transformaban vidas. Sin embargo, junto con esa obra genuina también aparecieron excesos, manifestaciones emocionales intensas y afirmaciones imprudentes que algunos atribuían al Espíritu sin un claro fundamento bíblico. La iglesia quedó dividida: unos decían que todo lo que ocurría era obra del Espíritu de Dios, y otros concluían que nada de eso podía ser de Él.

En ese contexto, Jonathan Edwards escribió Las Marcas Distintivas de la Obra del Espíritu de Dios, y en la introducción explica por qué era necesario ese tipo de reflexión, señalando que la iglesia de Cristo debía estar provista de “ciertas reglas, marcas claras y distintivas” para juzgar lo verdadero de lo falso sin peligro de ser engañada. La iglesia necesitaba discernimiento: no para apagar la obra de Dios, pero tampoco para aceptar todo sin prueba.

Ese mismo dilema, en realidad, ya había sido tratado diecisiete siglos antes en 1 Tesalonicenses 5:19-22, donde el apóstol Pablo enfrenta una situación muy similar en la iglesia: algunos estaban reaccionando mal frente a la obra del Espíritu. Su respuesta no fue pedir que aceptaran todo ni que rechazaran todo, sino: no apaguen al Espíritu, no desprecien las profecías, examínenlo todo, retengan lo bueno, absténganse de toda clase de mal.

Este tipo de tensiones —tanto en la historia de la iglesia como en la Escritura misma— revelan que el problema no es solo teórico ni del pasado. Es un problema muy actual del corazón humano. Frente a la obra del Espíritu, el corazón caído no siempre sabe cómo reaccionar: a veces se inclina a rechazar por temor lo que Dios sí está haciendo, y otras veces a aceptar sin discernimiento lo que no viene de Él. La iglesia responde correctamente a la obra del Espíritu cuando no la apaga, sino que la examina con discernimiento y retiene lo que es bueno. Eso es lo que enseña este pasaje.

“Nuestro corazón tiende a reaccionar de manera equivocada frente a la obra del Espíritu: o la apagamos por temor, o la aceptamos sin discernimiento.”

La iglesia no debe menospreciar la obra del Espíritu

“No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías.” (1 Tesalonicenses 5:19-20)

En la sección final de exhortaciones de Pablo a la iglesia de Tesalónica, hasta este punto se han visto las que se relacionan con el aspecto horizontal de la vida cristiana, es decir, unos con otros (14-15); luego las que se relacionan con el aspecto vertical de la relación con Dios (16-18); y ahora vienen las exhortaciones acerca de cómo responde la iglesia a la obra de Dios en medio de ella (19-22). A diferencia de las anteriores, estos mandatos están formulados en forma negativa: señalan lo que la iglesia no debe hacer.

No es posible saber con exactitud cuáles fueron los motivos específicos por los que Pablo dio estas exhortaciones, pero sí se sabe que respondían a una necesidad real y suficiente dentro de la iglesia de Tesalónica. Frente a esa situación, es evidente que en la congregación había señales de que la obra del Espíritu Santo estaba siendo menospreciada, y ese menosprecio se hacía evidente en la forma en que trataban la proclamación de la verdad. Tal como ocurrió entonces, también puede ocurrir hoy. Si bien la manifestación concreta de ese menosprecio no es la misma hoy que en la iglesia del primer siglo, el peligro sigue siendo exactamente el mismo.

Quizá este primer mandato —no apaguéis al Espíritu— pudiera parecer complejo para desarrollar. Sin embargo, su sencillez funciona como el enunciado principal que luego se desarrolla en las maneras concretas en que esto ocurre. ¿Qué significa apagar el Espíritu? La figura del fuego está asociada al Espíritu Santo muchas veces en la Biblia y comunica tanto su poder como la obra que realiza en la vida del creyente. Por ejemplo, en Mateo 3:11 se lee que Cristo “os bautizará en Espíritu Santo y fuego”; en Hechos 2:3-4, que “se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego… y fueron todos llenos del Espíritu Santo”; y en 2 Timoteo 1:6, Pablo aconseja a Timoteo “que avives el fuego del don de Dios que está en ti”. Pero lo que Pablo comunica en este pasaje no tiene que ver necesariamente con desarrollar ese simbolismo, sino con la figura que quiere señalar: la idea de extinguir una llama.

¿Cómo puede ocurrir esto en la práctica? Para entenderlo hace falta recordar cuál era el entorno de la iglesia local del primer siglo, que no tenía la Biblia como se la tiene ahora. Hasta ese entonces, Dios comunicaba su revelación por distintos medios, entre ellos el don de profecía. La profecía no es necesariamente la predicción de cosas por ocurrir, aunque hay casos en que sí en el Nuevo Testamento (Hechos 11:27-28; 21:10-11); es, más bien, la proclamación de la mente y del consejo de Dios. Antes de completarse la Escritura, esto ocurría de forma inmediata por obra del Espíritu Santo; hoy se recibe de forma mediata, es decir, por intermedio de la Biblia ya completa. El don de profecía, tal como el de lenguas y otros dones revelacionales, cesó una vez completada la revelación escrita, cuyos libros del Nuevo Testamento fueron redactados en su gran mayoría durante el primer siglo.

Al parecer, la iglesia podía caer en el error de tratar con descuido y menosprecio lo que los profetas enseñaban. No hay evidencia explícita de que algo así estuviera ocurriendo, pero es posible que Pablo estuviera advirtiendo a los tesalonicenses precisamente para evitar que eso sucediera, ya que, siendo este don objeto de posibles abusos, es probable que muchos en Tesalónica buscaran suprimir cualquier manifestación profética del Espíritu.

Con lo dicho, y teniendo hoy la Biblia completa, sigue existiendo la tentación de tener en poco lo que se enseña desde el púlpito cuando es una exposición fiel del texto bíblico. Vale la pena, entonces, examinar la disposición del corazón hacia la Palabra de Dios: su infalibilidad y suficiencia, que restaura el alma y hace sabio al sencillo (Salmos 19:7-11); que nunca vuelve vacía, sino que cumple el propósito para el cual Dios la envía (Isaías 55:11); que es el recurso suficiente para equipar por completo para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17); que es el alimento indispensable para el crecimiento espiritual (1 Pedro 2:2); y una fuente permanente de consuelo y esperanza (Romanos 15:4). Pero, sobre todas las cosas, el peligro de menospreciar la predicación de la Palabra radica en que Dios ha establecido que, por medio de ella, salva a los pecadores (1 Corintios 1:21). Cada vez que se menosprecia la enseñanza de un predicador que expone fielmente el texto bíblico, se menosprecia el medio que el Espíritu Santo ha establecido para hablar a su iglesia y, en ese sentido, se apaga su obra.

Ahora bien, el otro lado de la moneda —la necesidad de ser criteriosos— también es un asunto que Pablo aborda a continuación.

Al igual que en el Antiguo Testamento, donde Dios ordenó por medio de Moisés que los profetas fueran puestos a prueba (Deuteronomio 18:21-22), con toda probabilidad los tesalonicenses debían hacer lo mismo. Debían examinar las profecías a la luz de la enseñanza apostólica que habían recibido de Pablo. De hecho, 2 Tesalonicenses 2:15 da una buena idea del fundamento sobre el cual debían afirmarse para probarlas: la tradición apostólica que les había sido enseñada. El mandato de Pablo comprende entonces dos acciones inseparables que requieren el uso de discernimiento.

El discernimiento que evita tanto el temor como la ingenuidad

“Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal.” (1 Tesalonicenses 5:21-22)

Lo primero que vale la pena destacar de este pasaje es lo importante que resulta considerar un texto en su contexto. A la luz de lo visto hasta aquí, el “todo” de este versículo ya no permite la interpretación habitual de que se refiere a “todas las cosas”. En este contexto, Pablo está hablando específicamente de las profecías, o de aquello que se presentaba como una palabra proveniente del Espíritu dentro de la iglesia. Existen, sin duda, muchos otros pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento que enseñan a discernir entre el bien y el mal en un sentido más amplio, pero este no es uno de ellos.

El texto en el griego comienza con la partícula δέ (transliterada: de), que puede traducirse como “pero”, “y”, “ahora bien”, “por otra parte”, “entonces” o “mas”, según el contexto. Aquí introduce un contraste con el mandato anterior. Pablo no quiere que la iglesia pase de despreciar las profecías a aceptarlas indiscriminadamente. Su respuesta no es “no las desprecien, créanlas todas”, sino “no las desprecien; pero examínenlas todas”. Es decir, la alternativa al menosprecio no es la ingenuidad, sino el discernimiento.

“La alternativa al menosprecio no es la ingenuidad, sino el discernimiento.”

La palabra “examinar” significa literalmente poner algo a prueba para comprobar su autenticidad, como se prueba un metal. En esta misma carta aparece en 2:4, donde Pablo dice que fue “aprobado” por Dios para que se le confiara el evangelio. La idea es que solo después de haber sido probado, algo puede ser reconocido como genuino. Por eso Pablo añade inmediatamente: “retengan lo bueno”. Primero se examina; después se retiene. Especialmente hoy, cuando no solo se puede escuchar predicadores, sino también una enorme cantidad de canciones, conferencias y otros contenidos cristianos por internet que pretenden comunicar un mensaje proveniente de la Palabra de Dios, el discernimiento resulta más necesario que nunca.

Más adelante, el apóstol Juan señaló que los cristianos debían “[probar] los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). Esta exhortación de Juan forma parte de criterios acumulativos, no aislados: hay otras pruebas que autentican o desenmascaran a un falso maestro o una falsa enseñanza, y hoy se cuenta con toda la Palabra de Dios para probar los espíritus. Un aspecto destacable es que una enseñanza verdadera produce edificación. El propio Pablo afirma que la profecía tiene como propósito la edificación, la exhortación y la consolación de la iglesia (1 Corintios 14:3).

El discernimiento, sin embargo, no solamente rechaza lo falso, sino que también recibe lo verdadero. Por eso Pablo añade: “retened lo bueno”. La idea es aferrarse firmemente a aquello que, después de haber sido examinado, ha demostrado ser genuino, de modo que las cosas buenas se transformen en la normativa de la vida cristiana. Con toda probabilidad, “lo bueno” hace referencia a aquellas profecías que, al ser puestas a prueba, resultan verdaderas y, por eso, producen edificación, crecimiento espiritual y un mayor amor en la congregación.

“Primero se examina; después se retiene.”

Finalmente, Pablo concluye esta sección con una última advertencia que funciona como el cierre natural de estas exhortaciones y, en cierto sentido, también de la carta. El enfoque de esta abstención tiene que ver con lo que se hace evidente después de haber considerado todo lo anterior, es decir, las enseñanzas o profecías. La expresión “toda especie de mal” hace referencia, con toda probabilidad, a toda manifestación de aquello que, una vez examinado, resulta ser malo. La palabra εἶδος (transliterada: eidos, “especie”, “clase”, “tipo”) se utiliza en el Nuevo Testamento para referirse a algo visible o manifiesto (Lucas 3:22; 9:29; Juan 5:37). Pablo no está diciendo a los tesalonicenses que vivan en una actitud de sospecha permanente, sino que, conforme son edificados en la verdad, tengan claridad para distinguir qué deben aceptar y qué deben rechazar como perjudicial para su vida espiritual. No se trata de ninguna forma de legalismo que prejuzga continuamente las situaciones o lo que otros hacen. Aunque en este contexto la exhortación se aplica específicamente al discernimiento de las profecías, el principio que expresa resulta aplicable a muchas otras áreas de la vida cristiana: allí donde algo se manifiesta claramente como malo a la luz de la Palabra de Dios, el creyente debe abstenerse de ello.

El Espíritu Santo ha sido dado a la iglesia no solamente como la confirmación de la filiación con Dios como Padre (Gál. 4:6), sino también para guiarla en su peregrinaje por este mundo. Él nunca conduce a su pueblo al margen de la verdad, sino siempre por medio de la Palabra que Él mismo inspiró. En tiempos en que la revelación de las Escrituras aún no estaba completada, los profetas del Nuevo Testamento ejercieron su don para la edificación de la iglesia, edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (Efesios 2:20). Hoy, la revelación de Dios ha quedado registrada de manera completa en las Escrituras, autoridad absoluta y suficiente. Por eso, a la luz de ella, corresponde probar los espíritus, examinando toda enseñanza, como hicieron los creyentes de Berea, quienes cotejaron diariamente las Escrituras para comprobar si lo que Pablo enseñaba era así (Hechos 17:11).

Pero hay un aspecto que debe ser considerado como el primero y el más fundamental de todos: recibir el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo Jesucristo. La Biblia comunica con absoluta claridad todo lo que el pecador necesita saber para ser salvo por medio del evangelio. Ese mensaje no necesita ser corregido, completado ni puesto en duda, porque es el propio testimonio de Dios: “El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo… Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo… Estas cosas os he escrito… para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:10-13). Quien aún no ha creído en Cristo tiene hoy, en este mismo testimonio, la invitación a abandonar toda falsa esperanza y recibir, por la fe, la vida eterna que solo Él puede dar.

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