Ministerio

Cinco verdades que moldean el ministerio pastoral

Ricardo Daglio 10 min de lectura

El discurso de despedida de Pablo a los ancianos de Efeso en Mileto (Hechos 28:17-38) constituye el tercer discurso público de Pablo registrado en el libro de los Hechos —precedido por su mensaje histórico en la sinagoga de Antioquía de Pisidia (Hch. 13:16-41) y su encuentro con los filósofos en el Areópago de Atenas (Hch. 17:22-31)— y nos invita a reconocer que siempre es provechoso prestar especial atención a los discursos de despedida en las Escrituras, tales como los de Jacob (Gn. 49), Josué (Jos. 23-24) o Samuel (1 Sa. 12).
De todas las alocuciones paulinas, esta es la que guarda mayor similitud con las epístolas pastorales a Timoteo y Tito, poseyendo una estrecha analogía que evoca pilares vitales del ministerio (1 Ti. 4:1-16; 2 Ti. 3:1–4:8) mediante una estructura clara: un encuentro final, la apelación al ejemplo personal, la exhortación a la piedad y la advertencia sobre peligros inminentes. En última instancia, este relato nos recuerda que el ministerio pastoral es un llamado sagrado de profunda responsabilidad, el cual se cimenta sobre cinco verdades inmutables reveladas por el apóstol durante su solemne despedida a los ancianos de Éfeso.


LA SERIEDAD DEL MINISTERIO: La iglesia adquirida por la sangre de Cristo.

Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hch. 20:28).

Aunque este versículo encabeza la conclusión del discurso de Pablo, también señala el inicio de sus exhortaciones finales más solemnes, donde la mención del precio pagado por el Señor para ganar a Su iglesia no es un detalle marginal, sino un asunto de capital importancia. El hecho de que el apóstol lo mencione explícitamente a los ancianos, en lugar de darlo por sentado, debe obligarnos a una profunda reflexión, pues en el instante en que un pastor olvida a quién pertenece realmente el rebaño que apacienta, se expone a dos peligros críticos: ejercer un señorío autoritario sobre la congregación o sucumbir al desaliento ante los resultados adversos.
Este sentir es compartido por el apóstol Pedro al exhortar contra el dominio sobre los que están a nuestro cuidado (1 Pe. 5:3), reforzando la constante neotestamentaria de que la Iglesia es una propiedad divina, un pueblo adquirido por Dios y redimido por la sangre de Cristo (1 Pe. 2:9).

Pretender ejercer el ministerio sin experimentar sufrimiento es, simplemente, una utopía.

EL MODELO DEL MINISTERIO: Servicio en humildad

“Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las asechanzas de los judíos; y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hch. 20:18-21).

En su modelo ministerial, Pablo evoca el principio del “hacer y enseñar” que Lucas registró sobre Cristo al inicio de Hechos (Hch. 1:1), contrastando directamente con la hipocresía de quienes dicen pero no hacen (Mt. 23:3). Este modelo se valida en el testimonio ante los cercanos, pues Pablo apela a cómo se comportó “entre ellos”, recordándonos que el verdadero carácter pastoral no se mide por la opinión de quienes nos ven ocasionalmente, sino por la conducta cotidiana y observable ante quienes conviven con el líder. Lejos de ser un esquema externo de apariencia, el estándar para el pastor es un servicio sacrificial donde la humildad y las lágrimas evidencian que el servicio fiel conlleva, inevitablemente, una cuota de dolor.
Pretender ejercer el ministerio sin experimentar sufrimiento es, simplemente, una utopía. Esta identidad de siervo, término que Pablo emplea repetidamente en sus epístolas, define al pastor no como alguien que busca agradar a los hombres, sino como un leal servidor de Cristo cuya integridad en el mensaje está dominada por el temor a Dios. Al declarar que no rehuyó anunciar nada que fuese útil, Pablo demuestra que es imposible evitar la confrontación cuando existe el compromiso de no retener ninguna verdad esencial por temor a las consecuencias, marcando así un sano y robusto modelo para el ministerio.

EL ORIGEN DEL MINISTERIO: Recibido del Señor Jesús

“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hch. 20:24).

Este texto representa uno de los versículos más desafiantes y alentadores del Nuevo Testamento, definiendo con precisión la relación de Pablo con Jesucristo y su devoción absoluta a la causa del Evangelio. En él, Pablo no enfoca su carrera en términos de éxito humano, sino de un gozo que brota de la convicción inamovible sobre el origen de su llamado, habiendo recibido su ministerio directamente del Señor Jesús.
Esta procedencia divina implica dos realidades fundamentales: primero, que nadie se autoproclama, pues el ministerio no es una ambición personal ni un cargo por iniciativa propia, sino una misión para la cual Dios mismo envía a Sus siervos; y segundo, que existe una solemne rendición de cuentas, ya que si el ministerio es recibido del Señor, cada pastor deberá comparecer ante el Príncipe de los pastores para dar cuenta de su labor bajo una responsabilidad proporcional a la autoridad delegada (1 Pe. 5:4). Los ancianos de Éfeso no eran ajenos a esta verdad, pues comprendían por su propia experiencia que su posición no era el resultado de un azar administrativo, sino de la designación directa del Espíritu Santo.

Un pastor, por definición, debe amar su Biblia y persistir en su estudio de por vida

EL MANUAL DEL MINISTERIO: La Palabra de Dios

“y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas […] yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro […] porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios […] Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno. Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados” (Hch. 20:20, 25, 27, 31-32).

Resulta evidente a través de estos versículos que el apóstol Pablo cimentó y modeló su ministerio sobre la Palabra de Dios, entendiendo que la enseñanza fiel de las Escrituras —o el descuido de las mismas— constituye el criterio definitivo por el cual se evaluará la integridad del pastor ante el destino espiritual de su rebaño. La razón por la cual Pablo puede declararse libre de culpa ante los hombres está directamente vinculada a su fidelidad doctrinal.
Sin embargo, para anunciar todo el consejo de Dios, era imperativo que poseyera un conocimiento profundo y exhaustivo de la revelación. Al igual que el atalaya del Antiguo Testamento (Ez. 3:17), el pastor debe discernir con claridad los peligros inminentes para emitir el anuncio correcto, lo que requiere ser un estudioso incansable, capaz de interpretar la Biblia con sabiduría para corregir, exhortar y consolar. Este manejo de las Escrituras debe ser progresivamente más preciso y familiar, dominando la teología bíblica para aplicar sus principios al cuidado de la iglesia en cualquier circunstancia, pues un pastor, por definición, debe amar su Biblia y persistir en su estudio de por vida, tal como Pablo lo hizo incluso en la precariedad de la cárcel (2 Ti. 4:13).
Finalmente, al “encomendar” a los ancianos ante Dios y Su Palabra de gracia, el apóstol reconoce el poder intrínseco de la verdad para edificar, vinculando este acto a una vida de intercesión profunda, ya que un pastor sin oración es un ministro sin el oxígeno vital necesario para sostener su propia alma y la de su congregación.

Desde su origen en el llamado de Cristo hasta su manual en la infalible Palabra, cada aspecto de la labor del anciano debe apuntar a la exaltación del Pastor de los pastores.

LAS AMENAZAS DEL MINISTERIO: Velar, discernir y resistir

“Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre […] Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno. Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados” (Hch. 20:28, 30-32).

La estrategia más letal de Satanás para destruir una iglesia consiste en lograr que sus pastores descuiden su vida espiritual privada, induciéndolos a un activismo ministerial que pretenda suplir la falta de intimidad con el Creador; pues, como advirtió John Owen, “lo que un pastor es de rodillas en secreto delante de Dios es lo que realmente es, y nada más”.
Este descuido personal suele preceder al descuido del rebaño, cuya metáfora neotestamentaria define el pastorado no como una jerarquía administrativa, sino como un don de protección que implica alimentar, curar y observar a las ovejas frente a los ataques que surgen desde dos frentes: los lobos externos y los perversos internos. Las amenazas externas se manifiestan en falsos maestros descritos por Pedro como hombres rebeldes, esclavos de la codicia y la lascivia, que prometen plenitud pero están vacíos de verdad (2 Pe. 2:18-20); mientras que las amenazas internas surgen de aquellos que, dentro de la misma congregación, desvían la atención de la suficiencia de Cristo para centrarla en sí mismos y arrastrar discípulos tras su propia figura.
Ante este panorama, el antídoto es la enseñanza constante y la exposición sistemática de la sana doctrina —labor que Pablo ejerció con amonestación y lágrimas durante tres años—, manteniéndose siempre alerta contra la trampa de la codicia, esa raíz que corrompe el corazón del ministro y transforma el servicio sagrado en un medio de lucro personal.

Conclusión: La meta del ministerio

Al considerar estas cinco verdades, queda claro que el ministerio pastoral no es una carrera de mérito humano, sino una mayordomía de la gracia divina. Desde su origen en el llamado de Cristo hasta su manual en la infalible Palabra, cada aspecto de la labor del anciano debe apuntar a la exaltación del Pastor de los pastores. Velar por la pureza de la doctrina y la santidad del alma no es una opción, sino el único camino para que el ministro pueda, al final de su jornada, decir junto con Pablo que ha terminado la carrera con gozo. Que cada pastor que lea estas líneas sea renovado en la convicción de que la Iglesia no le pertenece a él, sino a Aquel que la compró con Su propia sangre, y que nuestra única respuesta digna es un servicio marcado por la humildad, la vigilancia y una dependencia absoluta de las Escrituras para la gloria de Dios.

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