Vida Cristiana

El cristiano sí tiene Rey

Ricardo Daglio 3 min de lectura

He escuchado muchas veces que el libro de los Jueces muestra, entre otras cosas, un patrón cíclico en la vida de la nación de Israel: pecado, arrepentimiento, misericordia y bondad de Dios, perdón y, finalmente, el regreso al pecado. Y es verdad; no hace falta leer demasiados capítulos para comprobarlo. No había rey en Israel, y cada uno hacía lo que bien le parecía (Jue. 21:25): frase repetida que, sin duda, resulta clave en todo el libro.

Pero también he oído que algo parecido ocurriría en la vida del cristiano, una dinámica similar a la del libro de los Jueces. De hecho, muchos que profesan ser cristianos lo manifiestan con su manera de vivir. Y es allí donde me surge la preocupación, el interrogante de si no se estará usando ese patrón para apoyar semejante conducta. Lamentablemente, en muchos casos parece que sí.

Sin embargo, sin negar en absoluto que debemos confesar nuestros pecados —pues si decimos que no tenemos pecado, hacemos a Dios mentiroso (1 Jn. 1:8-10)—, apelar al patrón de Jueces para justificar una conducta cíclica que se repite una y otra vez no parece tener apoyo bíblico.

Más bien, puede ser el síntoma de una condición peligrosa que nunca se ha tratado a fondo. No estoy diciendo que no haya habido un nuevo nacimiento; solo menciono que ese patrón no es compatible con la enseñanza general del Nuevo Testamento.

Y lo digo especialmente porque el Nuevo Testamento nos asegura que el cristiano sí tiene un Rey: un Rey que venció el pecado mediante su muerte y resurrección. Ese Rey es Jesucristo, y la dádiva del Espíritu Santo a quien ha nacido de nuevo es la garantía (Ef. 1:13-14) de que puede vivir siendo transformado de gloria en gloria (2 Co. 3:18), y no debilitado de derrota en derrota. Hay un Rey, precisamente para no seguir viviendo al estilo de los días de los Jueces, haciendo cada uno lo que mejor le parece.

La condición de ser impecable le corresponde solo a Jesús; pero la práctica de la santidad —el abandono del pecado, la confesión— es un mandato alcanzable para todo aquel que ha sido transformado por el evangelio.

Sí, Jueces nos relata la penosa vida cíclica de pecado de la nación de Israel; pero el evangelio, en cambio, nos anuncia la certeza de una vida espiritual victoriosa, sostenida y alimentada por la gracia en todos aquellos que aman a Dios y anhelan caminar de triunfo en triunfo.

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