El sufrimiento presente, el anhelo de la creación y la esperanza de la redención final (Romanos 8:18-23)
Recuerdo que, cuando era niño, la llegada del fin de año tenía para mí un significado especial. El 31 de diciembre no solo marcaba el cierre del año: me recordaba que, en apenas dos días, mis padres me llevarían a la terminal de ómnibus para encontrarme con mis abuelos y mi primo hermano. El 2 de enero era una fecha esperadísima, porque nos íbamos con mis abuelos a la costa, a una casa de veraneo que ellos habían construido con mucho esfuerzo —muy modesta, por cierto, pero que disfrutaba toda la familia.
Solo pensar en ese lugar, el 31 de diciembre y el 1 de enero, creaba en mí una expectativa difícil de describir. Mi cabeza ya paseaba por la playa, la arena, las picadas de mariscos con el abuelo, mi hermano y los primos, y tantas otras cosas. Y lo que mantenía mi entusiasmo al borde de la explosión era pensar en aquella casa, que incluso llevaba un nombre compuesto con el de los primeros nietos. Mi expectativa no habría sido tan intensa si no hubiera tenido una idea clara de a dónde iba.
Y si la sola idea de una playa modesta me tenía al borde de la explosión siendo niño, ¿qué debería producir en nosotros conocer la gloria que Dios nos ha descrito?
En este texto, dentro de la serie Hijos del Padre, se destacan tres aspectos de esa gloria.
La gloria futura que sobrepasa el sufrimiento actual
Romanos 8:18 (RV60)
Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.
Conviene ubicar el texto. Romanos 8 explica la vida en el Espíritu una vez que hemos sido librados de la condenación, porque Dios condenó al pecado en la carne de su Hijo. Pero la vida en el Espíritu no excluye las batallas espirituales; al contrario, estas forman parte de las evidencias propias de una persona regenerada. Esa vida también incluye la certeza de que somos hijos de Dios adoptados, con un testimonio interno inequívoco provisto por el Espíritu Santo, y la consecuencia gloriosa de que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo. Y, finalmente, esta nueva vida no evita los padecimientos que podemos sufrir como hijos de Dios; al contrario, esos padecimientos son también una demostración de nuestra filiación con Él.
«Los sufrimientos ni siquiera merecen entrar en la comparación. No vale la pena ponerlos en la misma balanza.»
Es aquí donde Pablo introduce una nota de certeza que desarrollará hasta el final del capítulo. La expresión «tengo por cierto» remite literalmente al cálculo numérico: significa estimar, computar, calcular, tener en cuenta, deliberar y sopesar. El término griego logizomai describe un proceso de estudio cuidadoso o de razonamiento que conduce a una conclusión.
Y cuando afirma que «no son comparables», no dice apenas que la gloria pese un poco más. Dice algo mucho más radical: que los sufrimientos ni siquiera merecen entrar en la comparación. Es como si dijera que no vale la pena ponerlos en la misma balanza. No está minimizando el sufrimiento del creyente, sino afirmando que, puesto frente a la gloria venidera, no existe comparación posible.
Ahora bien, Pablo experimentó los sufrimientos, pero todavía no había experimentado plenamente la gloria venidera. Entonces, ¿cómo podía poner en la balanza algo que aún no poseía? En primer lugar, por todo lo que el Antiguo Testamento ya enseñaba; y en segundo lugar, por la revelación que recibió como apóstol, incluyendo lo que vio cuando fue arrebatado (2 Co. 12:2-4).
Aunque no es el propósito detenerse aquí en los sufrimientos —como tampoco Pablo los detalla en este texto—, es entendible que pueden ser distintos y de varios colores, tal como lo mencionan Santiago 1:2 y 1 Pedro 4:12. Como lo plantea Mitchell: «El sufrimiento es una realidad. “¿Por qué no debería haber sufrimiento en el mundo?” Si tenemos en cuenta que vivimos en un universo afectado por las consecuencias del pecado humano, ¿no es esta una pregunta más apropiada? Y podríamos plantearla de manera todavía más específica: ¿por qué no deberían sufrir los cristianos?».
Sin embargo, hay una diferencia decisiva. De un lado de la balanza están los sufrimientos que conocemos y experimentamos; del otro, «la gloria que en nosotros ha de manifestarse», que solo conocemos por la Palabra de Dios. Y es precisamente eso lo que queda por considerar.
La gloria futura que la creación anhela
Romanos 8:19-22 (RV60)
Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora.
En el versículo 19, Pablo personifica a la creación como alguien que estira la cabeza hacia adelante, en puntas de pie, en señal de expectativa por algo que viene de un lugar determinado. Es la imagen de una esperanza intensa y concentrada: aparta la atención de todo lo demás y la fija por completo en una sola cosa, mirando hacia adelante con entusiasmo y deseo. ¿Qué es lo que está esperando? La manifestación de los hijos de Dios.
Como explica Newell en Romanos Versículo por Versículo: «La palabra manifestación es apokálypsis y significa quitar una cubierta para mostrar algo que estaba oculto. Es como una hermosa estatua que está tapada con un velo y que, al descubrirla, todos pueden contemplar. O como los fuegos artificiales que, envueltos en papel marrón, parecen comunes y sin atractivo, pero cuando se lanzan al cielo muestran toda su belleza y sus colores. Así también, los creyentes, que hoy parecemos personas comunes y corrientes, un día seremos manifestados en toda nuestra gloria cuando Cristo venga. Toda la creación está esperando ese momento, porque estamos unidos a Cristo y seremos glorificados con Él».
Esto está ampliamente desarrollado en 1 Corintios 15, donde Pablo explica lo relacionado con la resurrección, y aparece también en Colosenses 1:27, «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria», y en Colosenses 3:4, «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria». Y el apóstol Juan, en 1 Juan 3:2, dice que «aún no se ha manifestado lo que hemos de ser… seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es». «La manifestación de los hijos de Dios» significa, entonces, que los hijos serán «puestos en exhibición»: que Dios mostrará en nosotros y a través de nosotros lo que hizo en la salvación.
«Hoy parecemos personas comunes y corrientes; un día seremos manifestados en toda nuestra gloria cuando Cristo venga.» (Newell)
Por eso, Pablo no dice que la creación esté esperando que el ser humano encuentre una solución a la crisis ambiental, sino que aguarda la manifestación de los hijos de Dios (v. 19). Esto no exime de la responsabilidad de cuidarla, pero tampoco se debe depositar la esperanza definitiva en la capacidad humana para salvar el planeta, como si el futuro de la creación dependiera exclusivamente de nuestros esfuerzos. El texto no dirige la atención principalmente hacia lo que debemos hacer por la creación, sino hacia lo que Dios hará por ella: la creación no espera que el hombre la glorifique, sino que Dios manifieste en gloria a sus hijos y la libere de la corrupción a la que fue sometida.
En los versículos 20 a 22 se explica la razón de ese gemido, y la respuesta se encuentra en Génesis 3. En la desobediencia de Adán y Eva no solo la raza humana sufrió las consecuencias, sino también toda la creación (Gn. 3:17-19). La creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad; pero esta sujeción fue realizada por Dios con esperanza. ¿Dónde encontramos esa esperanza? En Génesis 3:15. Esa primera sombra del evangelio de Jesucristo proporcionó un fundamento firme para la esperanza —la certeza absoluta de que Dios obraría bien, tanto hacia nosotros como hacia la creación, en el futuro—, y es la base de la expectativa ansiosa que Pablo describe en el versículo 19.
La creación está en esclavitud y no puede librarse de ella por más que lo intente: está atada a la corrupción. Todo va en retroceso. Un clavo a la intemperie se oxida. El mate, si lo dejás, se enfría; nunca se calienta solo. La pila se agota y no se vuelve a cargar sola. La fruta madura y después se pudre. Y nuestro propio cuerpo: nadie necesita hacer gimnasia para envejecer; envejecemos sin esfuerzo. Hace unos doscientos años la ciencia descubrió una ley que llamó entropía: todo en este mundo tiende a desgastarse y consumirse. Justo lo que acabo de describir: desgaste, corrupción. Pero Pablo ya lo había escrito dos mil años antes: la creación está esclavizada a la corrupción. El hombre inventa remedios, conservantes, medicinas, pinturas antióxido… y aun así nada de eso detiene el desgaste; a lo sumo lo demora.
Esa liberación de la creación está ligada a la glorificación de los hijos de Dios, y la Biblia contiene abundante información al respecto (Is. 11:6-9; 35:1-2; 35:9-10; 55:13; 66:22-24; Hch. 3:21; 1 Co. 15:24-28).
«No es un gemido de muerte, sino un gemido de dar a luz, un gemido con esperanza.»
Ahora bien, conviene notar qué tipo de gemido es este. No es un gemido de muerte, sino un gemido de dar a luz, un gemido con esperanza: «La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo» (Jn. 16:21). ¡Tremendo! No más corrupción; ¡no más mate que se enfría!, para darle una expresión familiar.
La gloria futura que hace gemir a los hijos de Dios
Romanos 8:23 (RV60)
y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.
Esa es la realidad de la creación: un futuro glorioso le espera, y mientras tanto gime, espera, ansiosa. Pero ese gemido está ligado a nuestra propia esperanza, tal como la Biblia la revela, porque el creyente acompaña ese gemido. La palabra «gemir» describe literalmente una presión interna y expresa un sentimiento de tristeza que se experimenta en el interior: significa suspirar o gemir, ya sea internamente o en voz alta, a causa de circunstancias adversas u opresivas.
«La primera gavilla era la promesa, el adelanto seguro del todo.»
¿Por qué gime el creyente? En primer lugar, porque posee la condición esencial para gemir: tiene las primicias del Espíritu. En el Antiguo Testamento, cuando llegaba la cosecha, el israelita no empezaba comiendo de todo el campo; primero cortaba la primera gavilla —los primeros granos maduros— y la llevaba al Señor como ofrenda, antes de recoger el resto (Lv. 23:10-11; Dt. 26). Eso eran «las primicias». Y esto era, principalmente, una garantía: si el campo ya había empezado a dar fruto, la cosecha completa venía en camino. La primera gavilla era la promesa, el adelanto seguro del todo. Pablo dice que el Espíritu Santo es esas primicias: el hecho de que more en el creyente es la evidencia de que su alma ha sido redimida (Tito 3:4-7).
Pero esa redención anticipa una redención más: la de nuestro cuerpo. Y aquí aparece la segunda razón del gemido. La presencia del Espíritu Santo también le muestra al creyente cuál es la condición de su cuerpo caído, todavía no regenerado. El creyente batalla con sus miembros, con sus ojos, con sus pensamientos, con su lengua; batalla con innumerables tentaciones, hasta repetir con Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Ro. 7:24). Todas las exhortaciones del Nuevo Testamento a vivir una vida de santidad, en la que el cuerpo carnal es crucificado con Cristo, son la demostración de una batalla que es posible librar porque el Espíritu Santo mora en nosotros. Pero la cosa no queda ahí: el creyente no se detiene a gozar de victorias posibles, sino que sigue gimiendo, esperando ser librado de este cuerpo pecaminoso y carnal. Quiere que la batalla termine de una vez por todas. Es lo que pintan a la perfección 1 Corintios 15 y Filipenses 3:20-21: la transformación del cuerpo de nuestra humillación para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.
Quizá me digas: «¿y por qué yo no gimo?». Es una buena pregunta, y no hay muchas opciones. Una: no tenés el Espíritu de Dios en tu vida, no has sido redimido de tus pecados. Otra: no te informás, no leés, no meditás, no pensás a menudo en «la gloria que en nosotros ha de manifestarse». No estás expectante como cuando yo era niño y esperaba el viaje con mis abuelos; no tenés la vista puesta en las cosas de arriba, sino en las de la tierra; tu corazón tiene sus tesoros más acá. Tu balanza no te muestra que «la gloria venidera» no tiene comparación con este mundo.
Ser hijos del Padre por adopción, amados eternamente, herederos con Cristo y también padecientes con Él: todos estos benditos privilegios incluyen que estemos gimiendo por la redención de nuestro cuerpo, orando —con el Salmo 23— para que el Buen Pastor conforte nuestra alma. ¿Cuál es tu condición?
