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Vida Cristiana

Cuando lo glorioso se vuelve costumbre

Ricardo Daglio 12 min de lectura
Por qué dejamos de asombrarnos con la gloria de Dios, y cómo Efesios 1 nos ayuda a recordarla

Hay iglesias que llevan años caminando juntas —reuniéndose, cantando, escuchando la Palabra, sosteniéndose en las buenas y en las difíciles— y lo primero que corresponde hacer al mirar atrás es dar gracias a Dios, porque llegar hasta ahí es pura gracia suya. Pero hay algo que vale la pena decir con todo cariño: el peligro más grande para una iglesia que ama al Señor no es dejar de amarlo. Es acostumbrarse a Él.

Es lo que le pasa a quien vive frente a un lago hermoso y ya no lo mira. No porque el lago se haya vuelto menos hermoso, sino porque uno se acostumbró. Con las cosas de Dios ocurre igual. La misma Palabra, los mismos cantos, el mismo evangelio que un día dejó sin aliento, de tanto tenerlo cerca, un día deja de verse glorioso. No se pierde. Uno se acostumbra.

“El peligro más grande para una iglesia que ama al Señor no es dejar de amarlo. Es acostumbrarse a Él.”

Recuerdo haberle preguntado una vez a un pastor amigo, en Bariloche, por el lago Nahuel Huapí, y me dijo que ya casi ni lo ve. Se había acostumbrado a una de las cosas más hermosas que Dios puso cerca de él. Lo mismo puede ocurrir con el Lácar, en San Martín, o con el volcán Lanín: la belleza sigue ahí, pero el ojo que la mira ya no se asombra.

Por eso el tema de este mensaje es “recuperar la memoria”. No se trata de recordar todo lo que una congregación ha hecho a lo largo de los años —que está bien y hay que agradecerlo—, sino de recordar algo más hondo: para qué existe la iglesia. Cuál es la razón de todo esto. Y la oración detrás de estas líneas es simple: que, aunque sea por un momento, se vuelva a ver como glorioso lo que quizás se volvió costumbre.

Clyde Kilby lo dijo con precisión, citado por John Piper en Leyendo la Biblia de manera sobrenatural: una de las tragedias más grandes de la caída es que el hombre se cansa de las glorias familiares. Cuán superficiales e insensibles se vuelven los ojos frente a todas las maravillas alrededor. La caída ha dejado al ser humano profundamente disfuncional en el plano emocional: entusiasmado con las trivialidades y aburrido de la grandeza. Se cuela un mosquito para admirarlo y se traga un camello de gloria sin siquiera notarlo.

La tecnología, el celular, las redes sociales —y ahora la inteligencia artificial como último capítulo de esa distracción— no han hecho más que alimentar ese monstruo de disfuncionalidad que el hombre trae desde su nacimiento, haciéndole perder la capacidad de admirar lo cotidiano y lo familiar. Es una tragedia. Y lo es infinitamente más si las metas, los planes y los objetivos de una vida o de una iglesia se construyen sobre la base de ese cansancio de la gloria de lo familiar, producto de la insensibilidad. Porque la manera en que se construye la vida y la cosmovisión de una persona se ve profundamente afectada cuando se pierde de vista el fin principal por el cual se existe. Si se pierde de vista lo que Dios más quiere hacer notar de sí mismo en su Palabra, se pierde también la oportunidad de servir de una forma que trascienda, con resultados que reflejen una marcada victoria para Dios.

Hacer todo para la gloria de Dios

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” – 1 Corintios 10:31

La pregunta que se desprende de este texto es concreta: ¿cómo se puede comer, beber o hacer cualquier otra cosa para la gloria de Dios, si no se tiene idea de lo que es la gloria de Dios? Con toda probabilidad, el descuido, la insolencia, el desorden, la falta de aprecio, la inconsistencia, la necedad, el apuro y el orgullo con que se hacen tantas cosas tienen su raíz en no saber cuál es el fin que debe perseguirse. Ese fin debe ser la gloria de Dios; pero si no se sabe lo que eso significa, todo lo que se haga y se proyecte estará construido sobre una meta fatalmente errónea, que producirá, entre otras cosas, frustración y desgano. Esto ocurre a nivel personal, pero también de manera colectiva, como iglesia.

¿Qué es la gloria de Dios?

“Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.” – Isaías 6:3

Es evidente que esta es la pregunta que corresponde hacer. De nuevo, es una expresión tan familiar que se ha vuelto trillada: se dice, se canta, se ora, pero pasa tan desapercibida como un lago que ya nadie mira. Esta es una de las tragedias más grandes —la primera— de la caída: se perdió el sentido de la gloria de Dios. Es decir, la insensibilidad a la gloria de lo familiar no es un defecto de personalidad ni un problema de la modernidad: es un efecto de la caída. La creación era un teatro de la gloria de Dios —la imagen es de Calvino, el theatrum gloriae Dei— y el hombre tenía ojos para leerla. El pecado no apagó la gloria de Dios en las cosas; apagó la vista del hombre.

“El evangelio no compite con la gloria de Dios: es el camino por el cual esa gloria se despliega.”

Definir la gloria de Dios es como definir la belleza. No existe forma de definirla si no es señalando algo que haga pensar en ella —una flor, por ejemplo—. Lo mismo ocurre con la gloria de Dios: hace falta buscar algo que ayude a entenderla, y ese algo se encuentra en la Biblia misma. Isaías 6:3 lo expresa con claridad: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.” Santo significa “uno en su clase”: no hay otro igual. Su santidad es lo que él es, como Dios, algo que nadie más es. Es su cualidad de perfección, que no puede ser mejorada, que no puede ser imitada, que es incomparable, que determina todo lo que él es y que no está determinada por nada fuera de él. Significa su valor infinito.

Cuanto más se conoce algo verdaderamente glorioso, más debería admirarse. Los serafines de Isaías 6 llevan una eternidad delante de Dios y no se cansan: siguen clamando “Santo, santo, santo”. No es que les falte información sobre Dios; es que la gloria infinita nunca se agota, y ellos no han perdido la capacidad de asombro. Como ninguno de los atributos o perfecciones de Dios es mayor que otro, puede decirse que su gloria es la suma manifiesta de todos sus atributos y perfecciones. Cuando la Biblia pone la gloria de Dios en exhibición como la meta de todo lo que Dios hace, está diciendo, en otras palabras, que el valor y la belleza infinitos de Dios son la realidad suprema en el universo.

De principio a fin, la Biblia muestra que la meta final de Dios en todo lo que hace es comunicar su gloria, para que el mundo la vea y para que su pueblo la admire, la disfrute y la alabe. Por eso puede decirse que el fin principal del hombre es glorificar a Dios y disfrutar de él; y, en un sentido análogo, que el fin principal de Dios es glorificarse y disfrutar de sí mismo. Esto podría sonar egocéntrico, pero no lo es: no hay nada superior con lo cual compararlo.

Aquí está la gran sorpresa y el hilo conductor de todo lo que sigue: la misión de Dios es desplegar su propia gloria. Esto es algo que toda iglesia necesita recordar. Podría pensarse que la misión de Dios es la salvación de los pecadores, que esa es su misión principal, la razón de toda su revelación y despliegue de poder. Pero no es así. ¿Qué ocurre, entonces, con el evangelio, la gran comisión, la salvación de las almas, el propósito de Cristo viniendo al mundo? Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores; eso es innegable. Pero aquí está el corazón de todo, y vale la pena que cualquier razonamiento centrado en el hombre se sacuda por completo con esto: la salvación de las almas no queda de lado ni pierde importancia. Todo lo contrario. La salvación de las almas es la demostración más grande de la misericordia de Dios y de su gracia. Pero el propósito de Dios al salvar al hombre es que este pueda disfrutar de la gloria de Dios, que es su misión superlativa, lo más deseado por Dios, el fin por el cual todas las cosas concernientes a la redención fueron ordenadas desde antes de la fundación del mundo, como se verá en Efesios 1. El evangelio no compite con la gloria de Dios: es el camino por el cual esa gloria se despliega, y por el cual el hombre entra a disfrutarla para siempre.

La meta, entonces, es recuperar la capacidad de entusiasmarse con la grandeza y aburrirse con las trivialidades, y comprender a cabalidad cómo se puede hacer todo para la gloria de Dios, especialmente el evangelismo. Pablo entendió esto respecto de su propio ministerio (1 Timoteo 1:16-17), y de manera especial lo expresa al final de su gran desarrollo teológico en Romanos (Romanos 11:36).

El problema del pecado

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” – Romanos 3:23

Este es un texto ampliamente conocido, pero vale la pena notar algo: no dice que el hombre está destituido del cielo. Romanos 1 muestra con claridad lo que ha ocurrido: el pecado consiste, en su raíz, en usurpar a Dios su gloria, prefiriendo otra cosa en su lugar. La eternidad del infierno, y la justicia de esa eternidad, son un claro testimonio de la infinitud del pecado de no glorificar a Dios. Dios existe para ser adorado, y el hombre, en su caída, adora la obra de sus propias manos. Estas dos realidades dan forma a la necesidad crítica de las misiones: en otras palabras, las misiones existen primariamente para volver al hombre a glorificar a Dios. Cuando Isaías vio la gloria de Dios, se transformó en un misionero.

Como escribió John Piper, “la vindicación de la gloria de Dios es el fundamento de nuestra salvación, y la exaltación de la gloria de Dios es la meta de nuestra salvación”. El mismo autor también ha dicho que “la gloria de Dios es la meta de todas las cosas” y que “la gloria de Dios es la meta unificadora de la historia”.

Recuperando la memoria

“…para alabanza de la gloria de su gracia.” – Efesios 1:6

Predestinación, elección, adopción: todo esto fue hecho según el puro afecto de la voluntad de Dios, es decir, según su deseo eterno. ¿Y cuál es ese deseo? “Para alabanza de la gloria de su gracia.” Aquí hay dos cosas entrelazadas: la alabanza de su gloria, y la gloria de su gracia. La gracia de Dios llega a ser, siempre, el mayor despliegue de la gloria de Dios. ¿Cómo es esto posible? Todo lo que Dios muestra de sí mismo lo hace con seres que han violado su ley desde antes de nacer. Dios permitió la caída, pero despliega su gloria precisamente a través de su gracia.

Repasar estos términos y su significado ayuda a recuperar la memoria: ¿cuál es la misión de Dios, y cómo entra el hombre en esa ecuación? Esta pregunta, bien entendida, reordena las prioridades de una iglesia de manera contundente, del mismo modo en que reordenó las prioridades de Isaías. Como escribió Lloyd-Jones, no hay prueba más contundente de la profesión de fe cristiana que la actitud hacia estas cosas. La primera y más grande verdad concerniente a la salvación es que se trata, ante todo, de una revelación de la gloria de Dios.

“El evangelismo de una iglesia fiel no debería buscar simplemente sumar nuevos miembros, sino formar adoradores.”

Es posible seguir admirando el Nahuel Huapí, el Lácar o el Lanín, sin que la costumbre les robe su hermosura, no importa cuánto tiempo se viva cerca de ellos. Y si es posible no acostumbrarse, sino disfrutar de las glorias cotidianas de todo lo que Dios ha hecho, entonces se está despertando también a algo aún mayor: la gloria de Dios como fin principal de la vida, en todo lo que se hace y en todo lo que se espera.

Recuperar la memoria, entonces, significa recordar para qué ha sido salva la iglesia. Significa recordar que el evangelio es el evangelio de la gloria de Cristo. El evangelismo de una iglesia fiel no debería buscar simplemente sumar nuevos miembros, sino formar adoradores. Y la vida de la iglesia local —el servicio, la edificación mutua, el cuidado de los hermanos— existe para la gloria de Dios, porque esa es la razón por la cual la iglesia fue salvada, y la razón por la cual continúa anunciando el evangelio.

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