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sermones

La trilogía de la voluntad de Dios

Ricardo Daglio 12 min de lectura
Serie: 1 Tesalonicenses
Capítulo 5:16-18

Cuando se escucha la palabra trilogía, uno piensa en una historia contada en tres partes. Por ejemplo, la trilogía de El Señor de los Anillos o la trilogía de El Padrino. En ambos casos, cada película tiene su propio desarrollo, pero las tres juntas forman una sola historia. Si se ve solo una, se entiende algo, pero no todo. La unidad aparece cuando se consideran las tres en conjunto. Algo parecido se encuentra en 1 Tesalonicenses 5:16-18. Son parte de las “estocadas finales” que Pablo da a los tesalonicenses para cuidarlos.

Antes de considerar cada uno de estos mandatos por separado, conviene observar el marco que los une. Pablo no presenta tres exhortaciones aisladas, sino tres expresiones de una misma realidad espiritual. Las reúne bajo dos grandes verdades que les dan sentido: en primer lugar, esta es la voluntad de Dios; y, en segundo lugar, esa voluntad se cumple en quienes están en Cristo Jesús. Es decir, no se trata simplemente de tres deberes cristianos, sino de la manera en que Dios quiere que vivan aquellos que pertenecen a su Hijo.

No es la primera vez que Pablo habla de la voluntad de Dios en esta carta. En 4:3 afirmó que esta es la voluntad de Dios: la santificación de los creyentes. Ahora, en 5:18, vuelve a utilizar la misma expresión para referirse al gozo, la oración y la gratitud. Pablo vuelve a revelar concretamente qué quiere Dios de sus hijos. La voluntad de Dios no permanece en el terreno de la incertidumbre; en estos pasajes queda claramente expresada.

Además, ambos pasajes están enmarcados por la unión con Cristo. En 4:2-3 Pablo habla de los mandamientos dados por medio del Señor Jesús, y aquí concluye diciendo que esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús para los suyos. Esto recuerda que estos imperativos describen la vida de quienes han nacido de nuevo, participan de la naturaleza divina, son habitados por el Espíritu Santo y, por ello, han sido capacitados para vivir de esta manera.

Solo desde esa realidad se entienden correctamente estos mandatos. Dios no exige estas cosas de personas espiritualmente incapaces, sino de hombres y mujeres unidos a Cristo, a quienes ha dado una nueva vida y en quienes produce tanto el querer como el hacer por su buena voluntad. Estos imperativos no descansan en la fuerza humana, sino en la obra de Dios en sus hijos. ¿Cómo puede una misma vida, la vida de alguien que está en Cristo, sostener gozo constante, oración continua y gratitud en toda circunstancia?

“No se trata simplemente de tres deberes cristianos, sino de la manera en que Dios quiere que vivan aquellos que pertenecen a su Hijo.”

La voluntad de Dios es que estemos gozosos

Estad siempre gozosos. (1 Tesalonicenses 5:16)

Pablo no dice “estad siempre sonriendo”. Pero lo que no debe olvidarse es que este mandato, aunque pueda parecer irracional, no es impracticable. Está en la Palabra de Dios, y Dios no manda nada que sus hijos no puedan obedecer por medio de su gracia. De hecho, ocurrió en los tesalonicenses de manera natural cuando recibieron el evangelio (1:6).

Ahora bien, antes de entender cómo y por qué es posible estar siempre gozosos, conviene recordar que la Biblia no elimina ni condena la angustia, la aflicción, la tristeza o el llanto. El mandato de estar siempre gozosos no significa que el creyente nunca experimente dolor. Vale la pena ver cómo la misma Escritura entiende ese “siempre”. Hay situaciones donde la tristeza convive con el gozo, o donde el gozo sigue a la tristeza. Por eso, este mandato debe interpretarse a la luz del panorama completo de la enseñanza bíblica sobre el tema. Consideren estos textos:

Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría. (Salmo 30:5)

Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas. (Salmo 126:6)

…como entristecidos, mas siempre gozosos… (2 Corintios 6:10)

Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo… Regocijaos en el Señor siempre; otra vez digo: regocijaos. (Filipenses 3:18; 4:4)

Entonces, ¿qué está implícito en este mandato? Que el gozo que Dios manda que permanezca siempre en sus hijos no depende de las circunstancias, sino de la realidad de su unión con Cristo. Es el fruto propio de esa unión, porque descansa en Aquel que no cambia y no en las circunstancias que cambian continuamente. Romanos 8:28-29 desarrolla precisamente esa certeza: Dios gobierna soberanamente todas las cosas para el bien de quienes le aman y los está conformando a la imagen de su Hijo. Esa es la roca firme sobre la que descansa el gozo cristiano.

Para ilustrarlo quiero dar dos ejemplos, uno de geografía y otro de música. En el departamento de Salto, Uruguay, se encuentra lo que se llama el Ayuí, por donde el General Artigas hizo su famoso cruce hacia Paraguay. Es una zona de rocas inconfundible, preciosa para descansar, bañarse o pescar, con saltos de agua que se disfrutan. A causa de la construcción de la represa Salto Grande, esas rocas desaparecen bajo el agua por días cuando las compuertas se abren. Sin embargo, todos saben que están allí. Tal es el gozo que siempre debe permanecer en el creyente, al que Pablo se refiere aquí. A veces las aguas de la tribulación solamente golpean las rocas; otras veces las cubren. Pero el gozo está allí.

“A veces las aguas de la tribulación solamente golpean las rocas; otras veces las cubren. Pero el gozo está allí.”

El segundo ejemplo es musical. ¿Alguna vez estuvieron acostados de noche y, a lo lejos, se escucha la música de una fiesta? Muchas veces no se distingue la letra ni la melodía. Lo que permanece es ese sonido grave y constante que sostiene toda la música. En la música barroca existía algo semejante, llamado bajo continuo: una línea que permanecía mientras la melodía cambiaba. Así es el gozo cristiano. Las circunstancias cambian, las emociones cambian, pero hay una realidad de fondo que permanece sosteniéndolo todo: la unión con Cristo. Se le ha atribuido a Johann Sebastian Bach la idea de que el bajo continuo es el fundamento más perfecto de la música. De manera semejante, el gozo en el Señor es el fundamento que sostiene toda la vida del creyente.

Así fue con Jesús:

…el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. (Hebreos 12:2)

No hay excusa para no memorizar este versículo, que es el más corto de la Biblia. El evangelista Billy Sunday dijo una vez: “Cuando era niño, me enseñaron que Juan 11:35 (“Jesús lloró”) era el versículo más breve de la Biblia. Y lo es en inglés y en español. Pero en el Nuevo Testamento griego, 1 Tesalonicenses 5:16 es aún más breve. En cierto sentido, hay dos versículos que se disputan el lugar: en griego, “Estad siempre gozosos”; y en nuestras Biblias, “Jesús lloró”. ¡Qué contraste! Llorar y regocijarse. Pero qué apropiado es: porque Jesús lloró, los suyos pueden regocijarse; porque Él llevó nuestros dolores, los suyos experimentan su gozo”, y añadió: “Dios recompensa con un gozo a prueba de fuego, a prueba de hambre y a prueba del diablo”.

Conviene recordar que solo “en Cristo Jesús” puede esto ser la voluntad de Dios para un ser humano. Esto es deleitarse en Dios. Y, de acuerdo con la Palabra de Dios, deleitarse en Dios genera confianza en la oración (Sal. 37:5).

La voluntad de Dios es que oremos siempre

Orad sin cesar. (1 Tesalonicenses 5:17)

Esta es la segunda parte de la trilogía. Lo primero que conviene aclarar es que orar sin cesar no significa pasar las veinticuatro horas del día con los ojos cerrados y las manos juntas. No significa estar pronunciando palabras de oración cada segundo, como si cualquier interrupción fuera desobediencia. Tampoco significa reemplazar el tiempo específico de oración, porque Jesús dejó ejemplo de apartarse a orar.

El autor Robert Morgan lo expresó así: “orar constantemente significa que la oración es recurrente, algo que se sigue haciendo de manera incesante y frecuente, un patrón permanente; no se trata de que ocurra de forma continua e ininterrumpida, sino de que vuelva una y otra vez con constancia”.

¿Qué comunica esto en su significado más básico y evidente? Dependencia. Jesús dijo que separados de Él nada podemos hacer (Juan 15:5). La expresión “sin cesar” aparece cuatro veces en el Nuevo Testamento, tres de ellas en 1 Tesalonicenses. Esto ayuda a ver cómo está empleada en el texto restante, Romanos 1:9. Allí no puede significar —ni en Romanos ni en 1 Tesalonicenses— que Pablo estuviera constantemente mencionándolos, porque seguramente oraba también por otras cosas, como sabemos que hacía. Más bien significa que una y otra vez oraba por ellos.

Así que, básicamente, orar sin cesar significa tener un “¡Oh, Señor!” en la mente y en los labios. Es, en pocas palabras, ser conscientes de la presencia de Dios. No se ignora a alguien a quien se conoce y se tiene al lado. No se le habla permanentemente, pero sí de manera recurrente. Orar sin cesar significa, entonces, vivir con una conciencia permanente de su presencia. Significa volver una y otra vez a Él durante el día: al despertar, antes de una decisión, como David en el Salmo 55:17:

Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz. (Salmo 55:17)

Significa orar al recibir una buena noticia, en medio de una preocupación, al comenzar una tarea, al terminar una reunión, antes de una comida, al enfrentar una tentación o al acostarse. La oración deja de ser un momento aislado para convertirse en el ritmo normal de la vida cristiana.

“La oración deja de ser un momento aislado para convertirse en el ritmo normal de la vida cristiana.”

La voluntad de Dios es que seamos agradecidos en todo

Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. (1 Tesalonicenses 5:18)

A esta altura de los mandatos de Pablo, la gratitud debería ser la consecuencia natural de los dos anteriores. Si hay un gozo que no depende de las circunstancias y se vive en constante dependencia de Dios por medio de la oración, ¿qué podría impedir cultivar un corazón agradecido en toda situación?

Como en los dos mandatos anteriores, es necesario aclarar qué no significa este imperativo. Pablo no está diciendo que se disfrute el sufrimiento o el dolor, ni que se den gracias de una manera irracional por el mal como si fuera un bien. Aunque Efesios 5:20 habla de dar gracias por todo, el énfasis no está en llamar bueno a lo que Dios llama malo, sino en reconocer que Dios sigue siendo bueno y soberano en toda circunstancia. El énfasis de Pablo tampoco es que se den gracias por cada circunstancia considerada en sí misma, sino que, en medio de cualquier circunstancia, nunca se deja de tener motivos para agradecer a Dios. Romanos 8:28 recuerda que Dios obra soberanamente en todas las cosas para bien de los que le aman. Por eso, aunque no se agradece el mal como si fuera un bien, sí se puede agradecer a Dios porque ninguna situación escapa a su propósito bueno.

Lo que Pablo afirma, entonces, es que no existe una sola circunstancia en la que un creyente no pueda expresar gratitud a Dios por medio de Cristo. Romanos 8:31-39 desarrolla esta misma seguridad: nada puede separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Quizá la primera reacción al leer este mandato sea preguntarse: “¿Debo dar gracias por todo lo que me sucede?”. Sin embargo, la pregunta que el texto también puede sugerir es otra: ¿cuántas veces se deja de agradecer a Dios por todo lo que Él hace en medio de cualquier circunstancia? En ese sentido, el Salmo 103 es una invitación a recordar sus beneficios y a despertar un corazón agradecido.

Quizá, a la luz de otros textos, se aprende que el creyente no es tan agradecido como debería ser; conviene considerar Hechos 5:41, Santiago 1:2-3 y 1 Pedro 1:6-9. La gratitud debe ser parte del ADN del cristiano. Tal es la idea cuando el Nuevo Testamento recuerda que se debe abundar en acciones de gracias (Colosenses 2:7).

Así como en 1 Tesalonicenses 4:3 Pablo enseñó que la voluntad de Dios incluye la santificación de los suyos, es decir, una vida apartada del pecado, ahora en 1 Tesalonicenses 5:16-18 enseña que esa misma voluntad también incluye una vida caracterizada por el gozo, la oración y la gratitud.

Estas son evidencias propias de quienes están en Cristo, es decir, de aquellos que, por el arrepentimiento y la fe en el evangelio, han nacido de nuevo y viven unidos a Él. Por eso, cuando estas realidades están persistentemente ausentes de una vida, no hay que conformarse, sino examinarse delante del Señor. Y quienes verdaderamente pertenecen a Cristo deben recordar que Dios no solo manda estas cosas, sino que también capacita a sus hijos para vivirlas por medio de su Espíritu.

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