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Vida Cristiana

Fotografías del tiempo: Reflexiones antes de dormir

Ricardo Daglio 3 min de lectura

Desde hace un par de años, cada vez que me voy a acostar por la noche, es frecuente que me haga las mismas preguntas: ¿Otra vez me voy a acostar? ¿Ya pasó otro día? Pareciera que los días transcurren más rápido que antes. Con el paso del tiempo, me voy dando cuenta de que este ritmo es cada vez más acelerado. ¿Es una consecuencia de estar entrando en la vejez? ¿Es el resultado de la acumulación de años o de las experiencias vividas? ¿O es la simple realidad de que ahora uno es más consciente de la brevedad de la vida? Todas estas interrogantes, y otras que ahora no vienen a mi mente mientras escribo, son las que se reproducen a menudo en mis pensamientos.

La verdad es que la vida es breve, los días pasan velozmente y las marcas del paso del tiempo van siendo más notables, no solamente en el cuerpo, sino también en la mente. Es una carrera que va a terminar; un final inevitable. Pero esto ocurre un día a la vez, hora tras hora, minuto tras minuto. La voz en mi cabeza solo dice: “¿Otra vez me estoy acostando?”. Si uno pudiera tener fotografías del mismo momento cada día, durante varias semanas, meses y algunos años, entonces nos daríamos cuenta de manera más palpable de que el tiempo, en efecto, pasó.

Entonces es cuando la Palabra de Dios vuelve a recordarte que la vida es como una neblina (Santiago 4:14), pero que jamás se ha escapado del control del Señor. Él es el Anciano de Días del que habla el profeta (Daniel 7:9), Aquel a quien el tiempo nunca puede alcanzar. Él es mi Padre. Es mi Salvador. Me conoce desde el primer milisegundo en que fui concebido en el vientre de mi madre; nunca apartó sus ojos de mí (Salmo 139:13-16). Me ha observado con una atención perfecta, mucho más profunda de la que el director cinematográfico ejercía sobre Truman (personificado por Jim Carrey) en la película The Truman Show.

Este es el mejor consuelo ante la tentación de caer en el fatalismo, incluso siendo un cristiano renacido. Vestigios del pecado remanente siempre afloran como espinas en el pensamiento y procuran oscurecer la esperanza que el evangelio ha provisto. Por eso, me pareció bueno escribir esto para dejar asentada una reflexión que, de manera escueta y veloz, pueda leerse y provocar, ya sea un momento de profunda consideración, o bien un escalofrío en la espalda que lleve a alguien a buscar al Autor de la vida y refugiarse en su gracia y misericordia. Porque, como bien lo dijo Salomón: «No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu, ni potestad sobre el día de la muerte» (Eclesiastés 8:8).

No sé cuándo llegará ese día. Lo que sí puedo saber con total certeza es que a Dios no se le ha escapado de las manos ni un solo segundo de mi existencia. «En tu mano están mis tiempos», tal como lo declaró David en los salmos (Salmo 31:15).

Puedo quitarme la ropa para ir a dormir cada noche con esa absoluta seguridad. Puede que el pensamiento vuelva una y otra vez, pero eso no afectará cómo ni cuándo serán las cosas, porque ya está claro que Dios es aquel en quien «vivimos, nos movemos y somos» (Hechos 17:28).

Buenas noches.

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