La justificación es algo glorioso, pero es esencialmente una cuestión legal. Dios, como Juez, nos declara justos en base a la obra de Cristo (Ro. 5:1). El resultado es enorme: ya no hay condenación para nosotros (Ro. 8:1). Es una bendición y un gozo inmenso. Pero, en sí misma, es una relación de tipo jurídico: nuestra situación delante del tribunal de Dios queda resuelta.
La adopción, en cambio, es otra cosa. Ser hechos hijos de Dios no es ya una relación de Juez a acusado, sino de Padre a hijo (Jn. 1:12). Es una relación filial. Por supuesto que sin la justificación esto no sería posible (primero Dios resuelve el problema legal del pecado), pero la adopción va un paso más allá: nos introduce en la familia de Dios (Ef. 2:19-22).
Y eso cambia todo. La justificación nos deja en paz con Dios; la adopción nos permite acercarnos a Él como Padre: amarlo, tener comunión con Él, llamarlo ‘Abba’ (Ro. 8:15), vivir como hijos amados.
Por eso me llamaba la atención que Juan no dijera ‘mirad cuál amor nos ha dado el Padre para que seamos justificados’, sino ‘para que seamos llamados hijos de Dios’ (1 Juan 3:1). Justificados ya es muchísimo… pero hijos es todavía más íntimo.
Y quiero agregar algo que me parece importante. En el ambiente reformado hablamos muchísimo de la justificación, y con razón, es gloriosa. Pero a veces me da la impresión de que nos quedamos solo ahí, como si tener resuelta la cuestión legal con Dios fuera todo.
Y no es que la justificación esté incompleta ni que sea poca cosa; es que no fue pensada para ser el punto final, sino la puerta de entrada. Uno puede tener una base teológica sólida, saberse “sin condenación”, y sin embargo vivir como un acusado absuelto que se queda parado afuera del tribunal… cuando en realidad el Padre lo está invitando a entrar a la casa.
Ahí es donde la adopción cambia todo. No reemplaza a la justificación: la corona. Lo legal nos pone en paz con Dios; lo filial nos lleva a disfrutarlo. Y creo que muchos creyentes tienen la doctrina correcta de la justificación, pero les falta el gozo práctico, la cercanía y la confianza de hijos que trae la adopción. Me pasa a mí. Me doy cuenta que tengo falencia en esto también.
Por eso me detengo en esto: no para restarle nada a la justificación, sino porque la Escritura misma no se detiene ahí. Juan no dice “para que seamos justificados”, dice “para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1).
