Los cristianos enfrentan a veces una tentación muy particular: creer que nadie en el mundo ha pasado por lo que ellos están pasando. Llámese tentación, desánimo, desaliento o aflicción, la sensación de fondo es la misma: estoy solo en esto.
Cuando eso ocurre, la mente se acelera. Empiezan los pensamientos: “Soy un desastre. Dios me debe estar castigando. Seguro hay pecados ocultos en mi vida que ni siquiera veo.”
Y Satanás aprovecha el momento: “¿Te creés hijo de Dios? ¿En serio pensás que Dios te puede bendecir estando así? Nunca vas a cambiar.”
Los pensamientos se encadenan, los razonamientos parecen cada vez más reales. Y de tanto en tanto aparece un versículo mal recordado o citado fuera de contexto —empujado por el mismo infierno— que viene a reforzar la mentira.
Mientras todo esto sucede, Dios se siente cada vez más lejano. Aparece como alguien enojado, distante. ¿La idea de que es Padre? Ni cerca. Pensarlo parece una locura, y mucho menos en medio de la batalla.
No hay avance. Es un círculo vicioso.
Y ahí está la trampa: el cristiano olvida que su lucha no es contra carne ni sangre (Ef. 6:12). La batalla espiritual es absolutamente genuina, pero Satanás disfraza esa verdad como algo utópico, irreal, un texto antiguo que solo se aplicaba a los santos de antaño, a los reformadores, a los puritanos, a esos cristianos célebres de los libros. A mí no. A mí ya no.
Pero no es así. Efesios 6 fue escrito precisamente para que el cristiano más débil lo aproveche cada día. Sobre todo el calzado: el calzado del evangelio (Ef. 6:15). No hay mejor. Te lo calzás y caminás firme.
No sé qué te sugiera todo esto, pero te aseguro una cosa: Satanás es enormemente sofisticado en su manera de tentar y de revolotear en la mente. Lo que no es, es original. No inventa formas nuevas de tentar; siempre gira en torno a lo mismo, apenas con una arista distinta:
Arruinar tu visión de tu identidad en Cristo y de Dios como tu Padre. Arruinar tu visión del amor eterno con que Dios te ama, demostrado en el Calvario.
Y el Calvario no fue algo romántico. Fue algo crítico, real, genuino, desgarrador: la solución definitiva para una relación eterna con Dios como Padre.
Solo la Biblia es capaz de limpiar tu mente. Solo el Espíritu Santo puede aplicarla con firmeza. Es una batalla diaria, sí. Pero no sos el único que pelea. Somos todos los hijos de Dios los que seguimos en la lucha.
Resistí. Dios siempre da la salida para que podamos soportar (1 Co. 10:13).

