Serie: 1 Tesalonicenses
Capítulo 5:12-13
Así como un padre o una madre da instrucciones finales y precisas a sus hijos antes de separarse de ellos —indicaciones concretas, prácticas y de gran importancia—, también Pablo, al terminar su carta a los tesalonicenses, comienza a darles una serie de exhortaciones finales en forma de mandatos muy concretos.
No se trata de ideas generales, sino de imperativos específicos. De hecho, desde 5:12 hasta 5:28 se encuentran alrededor de veintiún imperativos o exhortaciones fuertes: dos sobre la relación con los líderes de la iglesia (5:12-13), catorce sobre la vida comunitaria y espiritual de la congregación (5:14-22) y cinco que cierran la carta (5:23-28). Esto muestra que Pablo no termina con teoría, sino con instrucciones prácticas para preservar la salud de la iglesia.
La iglesia siempre ha sido —y siempre será— atacada por el mundo, la carne y el diablo. Dios es poderoso para guardarla, pero lo hace a través de la obediencia de su pueblo a su Palabra, y estos mandatos tienen justamente ese propósito: cuidar y fortalecer la vida de la iglesia local. El primer bloque de estos imperativos se encuentra en 1 Tesalonicenses 5:12-13.
Una iglesia puede tener buena doctrina, buena enseñanza y un número creciente de personas asistiendo, pero nada de eso garantiza que esté funcionando correctamente como cuerpo de Cristo. Un cuerpo puede tener todos sus miembros y, aun así, no operar en armonía. Una de las áreas que más afecta la salud de una iglesia es el descuido en el reconocimiento y la valoración de quienes el Señor ha puesto para servirla y guiarla.
Por eso no es casualidad que Pablo, inmediatamente después de exhortar a la iglesia a edificarse unos a otros, no pase a temas generales o abstractos, sino que aterrice en algo muy concreto de la vida de la congregación: cómo responde al trabajo de quienes el Señor ha puesto para servirla. La edificación de la iglesia no solo ocurre entre los hermanos en general, sino también cuando la congregación aprende a reconocer correctamente el trabajo de quienes el Señor puso sobre ella.
La iglesia reconoce el trabajo de quienes el Señor puso sobre ella
«Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan» (5:12)
Desde el inicio de la obra misionera, Pablo procuró establecer ancianos en cada iglesia. En Hechos 14:23 se ve que, después de designarlos, los encomendaban al Señor en quien habían creído. Aunque no puede afirmarse con certeza cuánto habían avanzado los tesalonicenses en cuanto a la organización de la iglesia, sí se sabe que su fe, su amor y su esperanza estaban creciendo, y que habían recibido la Palabra de Dios no como palabra de hombres, sino como lo que realmente es: la Palabra de Dios que actuaba eficazmente en ellos (2:13).
A la luz de esto, no resulta extraño encontrar líderes reconocidos en una iglesia tan joven como la de Tesalónica. Todavía no se habían escrito las instrucciones de 1 Timoteo y Tito acerca de los requisitos para los ancianos, pero eso no significa que Pablo no enseñara estos asuntos durante su ministerio. Más bien, es razonable pensar que las instrucciones que más tarde quedaron registradas en esas cartas reflejan principios que el apóstol ya enseñaba habitualmente al plantar iglesias.
Esto también ayuda a entender por qué Pablo dedica apenas dos versículos a este tema. Su interés principal aquí no es explicar el oficio ni desarrollar una estructura de liderazgo, sino dirigir la atención de la iglesia hacia las personas que desempeñan esa labor. El énfasis del texto no está tanto en el cargo que ocupan, sino en el trabajo que realizan. Son hombres que sirven a Cristo entre la congregación y, por esa razón, deben ser reconocidos y estimados.
Y Pablo les ruega. No está corrigiendo una crisis ni resolviendo un conflicto abierto: se dirige a una iglesia que está creciendo y desea que considere con cuidado cómo debe relacionarse con quienes sirven en medio de ella. El versículo 12 contiene un mandato y el versículo 13 contiene otro. El primero es reconocer; el segundo, estimar.
El mandato aquí es reconocer. Es una palabra común en el Nuevo Testamento, y comunica la idea de conocer por experiencia, por observación y por trato cercano. El «Mirad» con que comienza 1 Juan 3:1 apunta a esa misma idea: no un vistazo superficial, sino un conocer con profundidad, fruto de una observación atenta. No se trata, entonces, de simplemente saber quiénes son o de conocer algunos datos sobre ellos. Pablo habla de un conocimiento que surge de observar atentamente sus vidas y su ministerio. Es conocer lo que realmente debe conocerse; es mirar donde corresponde mirar.
Son básicamente tres las cosas que deben reconocerse: su trabajo, su liderazgo y su cuidado espiritual mediante la amonestación. Y es muy fácil pasarlas por alto: a veces porque se desconoce lo que realmente identifica a un obrero del Señor, y otras veces porque se presta atención a aspectos secundarios y no a lo que Dios considera importante. Pero Pablo dirige deliberadamente la mirada de la iglesia hacia aquello que debe ser reconocido.
Como cuestión de fondo, es frecuente olvidar que los líderes son un regalo de Cristo para su iglesia. Según Efesios 4:11-12, fueron dados para equipar a los santos para la obra del ministerio y contribuir al crecimiento del cuerpo. Por eso Pablo dice que ellos presiden «en el Señor»: su autoridad no es independiente ni absoluta, sino derivada, ejercida bajo el señorío de Cristo. Esa expresión elimina cualquier idea de dominio personal, señorío humano o búsqueda de intereses propios. De hecho, 1 Co. 4:14 conjuga la amonestación y el amor en un solo texto, “no escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados”.
En primer lugar, la iglesia debe reconocer a sus líderes por su trabajo. La palabra que utiliza Pablo habla de un esfuerzo que produce cansancio, agotamiento y sudor. Por supuesto, no se refiere principalmente al trabajo físico, sino al espiritual. Los líderes son responsables de predicar el evangelio, enseñar la verdad, aplicarla a la vida de las personas, aconsejar con las Escrituras, orar por el rebaño y estudiar con diligencia para enseñar correctamente la Palabra de Dios. Pablo utiliza esta misma palabra para describir su propio ministerio (1 Co. 15:10; 2 Co. 11:23; Gá. 4:11; Fil. 2:16; Col. 1:29); también para referirse a creyentes que servían y lideraban en la iglesia (1 Co. 16:16), y más adelante la empleará para hablar de los ancianos que trabajan en la predicación y la enseñanza (1 Ti. 5:17). Incluso en el contexto de 1 Timoteo 5:18 se compara al obrero cristiano con el buey que trilla. El liderazgo pastoral no es una posición de comodidad; es una labor ardua y perseverante.
En segundo lugar, la iglesia debe reconocer a sus líderes por su liderazgo. Pablo habla de aquellos que «os presiden en el Señor». La palabra también puede expresar la idea de ponerse al frente, dirigir, cuidar o atender algo con diligencia; en Tito 3:8 y 3:14 se utiliza para referirse a ocuparse cuidadosamente de las buenas obras. Por lo tanto, los líderes han de ser considerados por su liderazgo de cuidado: dirigen a la iglesia en el Señor, abordando las dificultades y las distintas situaciones bajo el ámbito directivo de Cristo, que es el Señor de la iglesia. Pablo agrega esa expresión fundamental, «en el Señor», porque el liderazgo de estos hombres no es autónomo ni descansa en preferencias personales. Por eso deben ejercerlo bajo Su autoridad y conforme a Su voluntad. La iglesia debe observarlo especialmente en la manera en que manejan la Palabra de Dios, porque es ella la que establece los límites, la dirección y la legitimidad de todo liderazgo aprobado por Dios.
En tercer lugar, la iglesia debe reconocer a sus líderes por su obra de amonestación. Es una palabra que no suele agradar; sin embargo, bíblicamente está asociada a la sabiduría, tanto la que se da como la que se recibe:
«Corrige al sabio, y te amará. Da al sabio, y será más sabio; enseña al justo, y aumentará su saber» (Proverbios 9:8-9).
«El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará» (Proverbios 15:31).
«Camino a la vida es guardar la instrucción; pero quien desecha la reprensión, yerra» (Proverbios 10:17).
De manera que un ministerio y un liderazgo reconocidos son también los que amonestan. Pero la amonestación no consiste simplemente en señalar un error, sino en advertir y corregir con el propósito de producir crecimiento espiritual, y siempre por intermedio de la Palabra de Dios.
La iglesia estima su obra con amor
«y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra» (5:13)
En esencia, los líderes deben ser amados —de manera especial y puntual— no por su personalidad, ni por su chispa, ni por sus habilidades (si las tienen), sino por causa de su obra. Esto, además, los protege de toda adulación: el fundamento «por causa de su obra» impide que se piense de ellos más de lo debido.
No son amados por su posición, sino por su trabajo. Mientras la iglesia no entienda la labor de un pastor o un líder, no la apreciará: si una congregación no comprende el valor de la predicación fiel, del cuidado espiritual, de la oración, del discipulado y de la amonestación bíblica, difícilmente valorará a quienes dedican su vida a esas tareas.
Cuando estuve trabajando en la construcción hace poco, pude apreciar mejor cosas que antes no veía. Empecé a entender el cansancio físico de quienes trabajan muchas horas, la presión de cumplir horarios, el esfuerzo diario, y las preocupaciones y responsabilidades que muchas veces pasan desapercibidas. Eso me dio una perspectiva diferente sobre la vida de muchos hermanos de la iglesia: comencé a valorar más lo que hacían porque entendía mejor lo que implicaba hacerlo.
Algo parecido ocurre aquí. Es difícil apreciar una labor que no se entiende. Cuando una congregación comprende lo que implica preparar sermones, estudiar las Escrituras, orar por las personas, aconsejar, acompañar situaciones difíciles, amonestar cuando es necesario y velar por las almas, comienza a mirar el ministerio pastoral de una manera diferente. No porque los líderes sean especiales, sino porque la obra que realizan es importante para Cristo y para Su iglesia.
Y cuando un pastor se conduce bíblicamente, cobran fuerza las palabras de David Guzik:
«Si un cristiano no puede sentir estima y amor por su pastor, debería o ponerse de rodillas y pedirle al Espíritu Santo que cambie su corazón, o irse a otro lugar y someterse a un pastor al que pueda estimar y amar.»
— David Guzik, Comentario de 1 Tesalonicenses.
Pablo dice que los reconozcan por lo que hacen y, luego, que los amen por esa misma obra. El fundamento de ambos mandatos es exactamente el mismo.
La iglesia persigue la paz como cuerpo
«Tened paz entre vosotros» (5:13b)
Este es un mandato que Pablo y otros autores emplean en distintos lugares del Nuevo Testamento:
«solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3).
«Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos» (Colosenses 3:15).
«Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros» (2 Corintios 13:11).
«Seguid la paz con todos» (Hebreos 12:14).
Si se respeta el contexto, este mandato no puede desligarse de lo que lo rodea; tampoco en este caso. Y uno de los aspectos que esto sugiere es que muchos de los dolores de cabeza de los líderes responden al descuido de vivir en paz entre los hermanos. O, como lo expresó un comentarista:
«Dejen de quejarse y criticar constantemente. En lugar de estar censurando continuamente a los líderes, sigan sus orientaciones, para que haya paz (es decir, ausencia de divisiones y conflictos).»
Una iglesia que reconoce correctamente el trabajo de sus líderes y estima su obra con amor estará en mejores condiciones de disfrutar la paz que Cristo desea para Su pueblo. La paz no consiste simplemente en la ausencia de discusiones: la paz bíblica es la armonía que surge cuando cada miembro del cuerpo ocupa el lugar que Dios le ha dado y se relaciona con los demás conforme a Su voluntad.
La iglesia es del Señor
La iglesia es del Señor: él la compró con su sangre y le dio hombres a quienes llama, capacita y pone al servicio de Su pueblo para que sirvan como líderes, trabajando, liderando y amonestando bíblicamente, en el Señor. Cuando Cristo salva a una persona, la coloca en la iglesia universal y en una iglesia local, donde hay hombres que enseñan, dirigen y alimentan a los creyentes. Esos hombres deben ser reconocidos y estimados por su obra de amor por Cristo.
La iglesia perfecta no existe en la tierra: los líderes no son perfectos, y las congregaciones tampoco. Pero sí existe la iglesia verdadera, la que Cristo compró con su sangre y sigue edificando a través de estos hombres capacitados.
La pregunta, entonces, es si se está reconociendo el trabajo de quienes el Señor ha puesto sobre la iglesia, si se está estimando su obra con amor, y si cada uno contribuye a la paz del cuerpo o alimenta tensiones innecesarias.
