La Biblia es la revelación de Dios; su propósito es Su gloria y la revelación del plan redentor que comienza en Génesis, tiene su punto más alto en el Calvario y encuentra su conclusión escatológica en Apocalipsis.
Sin embargo, no es menor el hecho de que, como dice Romanos 15:4, la Escritura nos fue dada también para nuestra paciencia y esperanza. En ella aprendemos muchas cosas prácticas para caminar en la vida cristiana.
Tal es el caso de lo que encontramos en 1 Samuel 23, donde David libera a Keila de los filisteos (vv. 1-5) y, acto seguido, consulta a Dios si los habitantes de esa misma ciudad lo entregarán a Saúl. La respuesta de Dios es que sí (vv. 9-12). Lo que se ve allí, aparentemente, es que uno puede tener una victoria en un lugar, sentirse en paz con eso, y que después esas mismas personas muden de lealtad de un día para el otro.
La verdad es que el éxito espiritual no garantiza la lealtad de los demás. David acaba de hacer la voluntad de Dios… y, aun así, no recibe fidelidad como recompensa. Eso rompe la idea de “si hago lo correcto, todo va a salir bien con la gente”. Bueno, ese es un pragmatismo que a la larga no sostiene a nadie.
Porque uno puede vivir una gran victoria en un lugar… y aun así experimentar traición o abandono por parte de las mismas personas a quienes ha servido. Esto anticipa algo que vemos en toda la Escritura: las multitudes pueden aclamar hoy y entregar mañana. Pensá en el contraste entre el “¡Hosanna!” de Mateo 21:9 y el “¡Crucifícale!” de Marcos 15:13 en los evangelios.
Pero el punto del texto no es volvernos cínicos. Es, primero, no poner la confianza final en la gente, sino en Dios; segundo, buscar dirección constante del Señor aun después de una victoria; y por último, entender que la fidelidad verdadera no depende de las circunstancias, sino de un corazón transformado. Leer la Escritura con entendimiento nos recuerda que nos fiamos únicamente de Dios y lo reconocemos en nuestros caminos para que Él enderece nuestras veredas (Proverbios 3:5-6).
Podemos disfrutar de las bendiciones del Señor, como las que David tuvo al librar a Keila, pero nos apoyamos en el Dios de las bendiciones —como hizo David— para que no nos derrumbemos frente a la realidad de las traiciones, que son frecuentes en la vida.

