Tenemos que pensar de nosotros mismos con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno (Romanos 12:3). La idea de “pensar con cordura” —otras traducciones dicen “con sensatez” o “con sobriedad”— apunta a tener una visión correcta de uno mismo delante de Dios: ni inflada por el orgullo, ni disminuida artificialmente por una falsa humildad, sino ajustada a la realidad de la gracia recibida. 1 Corintios 4:7 lo dice sin rodeos: no tenemos nada que no hayamos recibido. El problema aparece cuando centramos tanto la atención en nosotros mismos que terminamos creyendo que la opinión de los demás es la que debe regir cómo somos, qué decimos o qué escribimos. Ese nunca fue el plan de Dios.
Ni inflada por el orgullo, ni disminuida artificialmente por una falsa humildad, sino ajustada a la realidad de la gracia recibida.
Dios nos ha dado una medida de fe, y eso significa, entre otras cosas, que todo lo que somos y tenemos viene de Él; que nuestra función, nuestros dones y nuestro lugar en el cuerpo de Cristo, que es su iglesia, no son mérito propio; y que, por lo tanto, no hay espacio para compararnos ni para exaltarnos. Cuando aprendemos esto, también aprendemos a usar lo que Dios ha hecho de nosotros para glorificarlo y para darlo a conocer —que es, en definitiva, la idea misma de glorificarlo.
Durante muchos años, aun siendo pastor, me retuve de decir o escribir cosas pensando que hacerlo era una forma de orgullo. Tenía la sensación de estar oyendo, del otro lado de la pantalla o desde donde fuera que se viera lo que escribía o decía, algo así como: “¿Qué es lo que se cree? ¿De qué se la da? ¡Qué poca humildad!”.
Eso es el mismo reflejo de la soberbia. Es, en el fondo, esconder el talento en un pañuelo.
Sin embargo, eso es el mismo reflejo de la soberbia. Es, en el fondo, esconder el talento en un pañuelo (Lucas 19:20). ¿Hay que ser prudente y moderado? Por supuesto que sí. Pero no podemos pensar que honra a Dios esconder las capacidades que Él mismo nos dio para reflejar su sabiduría, su gracia, su amor y su providencia.
Así que hoy escribo, publico reels, sostengo más comunicación, expreso cosas; y la bendición que eso produce en otros me lleva a agradecer a Dios por haberme librado de una soberbia que se escondía detrás del menosprecio de mí mismo. Todo lo que soy, lo soy por Cristo y en Cristo. ¿Qué tengo que no haya recibido? Nada. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de Dios (Santiago 1:17).
Somos instrumentos en sus manos, y su gracia en nosotros nos pide mantener un nivel santificado de cordura.
Quiero animarte a desplegar aquellas cosas que Dios te ha dado. Con tiempo. Con amor. Con cautela. Pero hacelo. Somos instrumentos en sus manos, y su gracia en nosotros nos pide mantener un nivel santificado de cordura y una fiel administración de sus bondades, según la personalidad y los talentos que nos fueron otorgados.
Escribí. Cantá. Hacé reels que bendigan a otros. Proclamá a Cristo con su Palabra y también con todo aquello para lo cual Él te ha capacitado.

