“Estudio para servir mejor a mi iglesia.” Esa frase la repetí decenas de veces a lo largo de los tres años de maestría en The Master’s Seminary. No era un eslogan ni una excusa: era —y sigue siendo— la convicción que sostuvo cada lectura, cada trabajo de investigación y cada examen rendido mientras pastoreaba dos congregaciones en la Patagonia argentina. Estudiaba donde podía y cuando podía. Los horarios de mi esposa como docente requerían que yo la llevara y la trajera, a veces a bastantes kilómetros; mientras la esperaba, miraba las clases y hacía las lecturas en una estación de servicio. Ese fue, literalmente, uno de mis escritorios durante tres años.
Finalicé la maestría en mayo de 2024. Hoy, con casi dos años de distancia, escribo estas líneas porque la pregunta me ha llegado varias veces, y de distintas bocas: ¿vale la pena estudiar una maestría siendo pastor? La pregunta se vuelve más puntiaguda cuando se agrega el dato de que comencé a los 56 años.
Escribo especialmente pensando en pastores en ejercicio que nunca consideraron seriamente formarse a este nivel. En el entorno reformado de Argentina la idea va tomando forma, pero todavía no termina de asentarse —en parte, entiendo, porque muchos pastores sostienen su ministerio junto a otro trabajo, y el tiempo es lo que es. También pienso en jóvenes que están por iniciar estudios formales: quisiera que no confundan estudiar con volverse importantes. Y pienso en mi propia congregación, que no me vio “salir a estudiar” —nunca me fui a ningún lado— pero sabía que estaba estudiando, y a la que siempre le dije lo mismo que encabeza este artículo.
Hay un desequilibrio frecuente entre el pastor que estudia y el que no —sin, por supuesto, desmerecer en ningún caso la obra soberana del Espíritu Santo, que forma y usa a sus siervos por caminos muy diversos. Pero el desequilibrio existe, y conviene nombrarlo.
No pretendo escribir un tratado. Solo dejar asentado, de manera más sustanciosa que una conversación al paso, cinco áreas en las que estos años de estudio me han marcado:
- Disciplina general (estudio, uso del tiempo, lectura, escritura).
- Consolidación teológica, fruto de un estudio más profundo, continuo y exigente, junto con la disciplina de escribir trabajos de investigación extensos.
- Corrección general en la predicación y la aplicación, especialmente en el uso de la teología para alimentar a la congregación de manera más sistemática.
- Humildad: estando ya unos años en el ministerio, el seminario me ha corregido y mostrado que no sabemos todo lo que creemos.
- Ejemplo: quiero creer que, después de tantos años en el ministerio, otros pueden valorar lo que repetí tantas veces durante estos tres años de estudio: estudio para servir mejor a mi congregación.
Dado que cada una de estas áreas merece desarrollo propio, las iré trabajando en artículos separados. Este primero lo dedico a la disciplina.
Parte 1: Disciplina general
Durante tres años tuve que aprender a ocupar mejor las mañanas. No establecí un horario rígido —mi semana pastoral no lo permite— pero sí tracé algunas constantes. La lectura diaria de la Escritura, que vengo haciendo anualmente desde hace años, siguió firme. La capilla online del seminario pasó a formar parte de mi rutina. Las fechas de entrega funcionaron como metas concretas, obligándome a ordenar el tiempo alrededor de ellas. Y, como ya mencioné, las horas de espera mientras mi esposa terminaba su jornada docente se volvieron horas de estudio.
Mi responsabilidad como parte del Consejo de Ante Su Palabra no me demandaba más que alguna actividad anual puntual y las Llamadas pastorales una vez al mes, así que la mayor tensión estuvo en la dedicación cotidiana. Mi esposa suele decir, con su manera de expresarse, que “me perdió” en esos tres años. No es literal —seguimos juntos, caminando lo mismo de siempre— pero la frase honestamente refleja el esfuerzo que implicó. Mi uso de redes era el normal en esa época, nada intenso; recién ahora tengo una presencia más activa, principalmente en Instagram. Otras cosas se reacomodaron solas. Lo que sí mantuve, y mantengo hasta hoy, fue salir a correr. El cuerpo también necesita disciplina.
La lectura cambió profundamente. Leí mucho, también en inglés —no porque el seminario lo exigiera, sino porque tenía acceso al idioma y a los recursos, y aproveché. Aprendí a leer a todos: no solo a los autores con los que coincido, sino también a aquellos con los que discrepo. Esa sola disciplina ya vale los tres años.
La escritura fue lo más difícil. La guía de estilo académico me hizo enojar más de una vez —y más de una vez tuve que pedirle perdón al Señor por esa frustración. No tengo estudios terciarios previos, y el rigor universitario era terreno nuevo para mí. Aprender a argumentar con fundamento, citar con precisión, sostener una tesis con honestidad intelectual… no sé si lo aprendí bien, pero sé que me cambió la manera de pensar y de escribir.
Hubo escenas que resumen todo esto mejor que cualquier descripción. Recuerdo haberme quedado solo en la habitación, durante unas vacaciones familiares, mientras el resto salía a conocer lugares: empezaban las clases y no podía permitirme no avanzar. Recuerdo tardes a la orilla del río, escribiendo trabajos o mirando clases, mientras esperaba a mi esposa. No son escenas heroicas; son, simplemente, escenas reales de un pastor que quiso estudiar y tuvo que hacerlo donde y cuando la vida se lo permitió.
El Señor trabajó en mí a través de todo esto. Josué 1:9 no es un texto sobre estudio académico, pero sí una palabra de aliento para no desmayar: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas”. Muchas veces, cuando el cansancio o la frustración apretaban, volví a esa promesa. Lo que llamamos “disciplina” termina siendo, en realidad, gracia haciendo su trabajo silencioso.
La disciplina, sin embargo, no es un fin en sí misma. Fue el medio que el Señor usó para algo más profundo, y a eso dedicaré la próxima entrega: La consolidación teológica, parte 2

