Serie: Una salvación tan grande
Como está escrito:
“No hay justo, ni aun uno;
no hay quien entienda,
no hay quien busque a Dios;
todos se han desviado, a una se hicieron inútiles;
no hay quien haga lo bueno,
no hay ni siquiera uno.
Sepulcro abierto es su garganta,
engañan de continuo con su lengua,
veneno de serpientes hay bajo sus labios;
llena está su boca de maldición y amargura;
sus pies son veloces para derramar sangre;
destrucción y miseria hay en sus caminos,
y la senda de paz no han conocido.
No hay temor de Dios delante de sus ojos”.
Romanos 3:10-18
La mitología griega relata la historia de Pandora, creada por Hefesto, quien, movida por la curiosidad, abrió una caja que liberó todos los males sobre el mundo. Aunque es un mito, esta imagen refleja una verdad bíblica: el pecado, como una fuerza destructiva, ha invadido y corrompido a la humanidad. En este sexto artículo de la serie “Una Salvación tan Grande”, Romanos 3:10-18 ofrece una de las descripciones más claras y devastadoras de los efectos del pecado. Citando pasajes del Antiguo Testamento (Salmos 5, 14, 53, 140), el apóstol Pablo expone la universalidad del pecado, declarando enfáticamente: “No hay justo, ni aun uno”. Este pasaje nos confronta con la realidad de nuestra condición caída y nos prepara para apreciar la magnitud de la salvación que Dios ofrece en Cristo.
En el artículo anterior, exploramos cómo el pecado de Adán se transmitió a toda la humanidad, haciéndonos pecadores por naturaleza. Ahora, Romanos 3:10-18 profundiza en los efectos de esta pecaminosidad, mostrando cómo afecta cada aspecto de nuestro ser y nos esclaviza por completo. Comprender estos efectos no solo nos humilla, sino que también resalta la gloria del evangelio, que nos libera de la esclavitud del pecado y nos restaura a la imagen de Cristo.
Los Efectos del Pecado
Romanos 3:10-18 se divide en tres secciones que describen la condición del hombre bajo el pecado: una descripción general de su estado (vs. 10-12), los tipos de pecados que manifiesta (vs. 13-17), y la causa raíz de esta condición (v. 18). Estas verdades nos muestran la profundidad de nuestra depravación y la necesidad desesperada de la gracia de Dios.
Descripción general del hombre en pecado (Romanos 3:10-12)
El pasaje comienza con una afirmación contundente: “No hay justo, ni aun uno” (v. 10). Nadie, ni siquiera figuras bíblicas como Enoc, Abraham o Noé, vive en conformidad con la ley moral de Dios o sus perfecciones. Esta realidad es trágica y universal, afectando a toda la humanidad sin excepción.
- No hay quien entienda: El pecado nos priva de sabiduría espiritual. Como dice Salmos 14:1, “el necio dice en su corazón: ‘No hay Dios'”. Efesios 4:18 describe esta ceguera como una incapacidad para comprender las cosas divinas. El hombre natural no entiende la verdad bíblica, a Dios, a sí mismo, al pecado ni su destino eterno. Esta necedad es la esencia del pecado, que nos aleja de la sabiduría divina.
- No hay quien busque a Dios: Aunque muchos afirman buscar a Dios a través de oraciones o prácticas religiosas, Romanos 8:7 revela que la mente carnal es enemiga de Dios y no lo busca genuinamente (Salmos 43; Job 23:3). Solo cuando el Espíritu Santo obra en un corazón, este comienza a anhelar a Dios de verdad.
- Todos se desviaron: Como ovejas descarriadas (Isaías 53:6), todos nos hemos apartado del camino de Dios, siguiendo nuestra propia senda.
- Se hicieron inútiles: La palabra griega usada aquí evoca la imagen de leche cortada, inservible para su propósito original. Desde la perspectiva de Dios, no la moral secular, nuestras obras están contaminadas (Isaías 64:6; Filipenses 3:8).
- No hay quien haga lo bueno: Aunque el hombre puede realizar actos de bondad natural, estos están centrados en sí mismo y no en la gloria de Dios (Lucas 16:15). La verdadera bondad, que busca glorificar a Dios, está ausente en el hombre no regenerado.
Aunque nuestra naturaleza caída nos separa de Dios, cada ser humano agrava su culpa al cometer pecados a lo largo de su vida, acumulando ira para el día del juicio.
Tipos de pecados manifestados (Romanos 3:13-17)
El pecado se manifiesta en palabras y obras, revelando la corrupción interna del hombre.
- Pecados en palabras (v. 13-14): La lengua es un instrumento poderoso que refleja nuestra pecaminosidad. Pablo describe gargantas como “sepulcros abiertos”, lenguas que engañan, y labios llenos de veneno y maldición. Desde la enseñanza falsa hasta las palabras usadas en propaganda o entretenimiento, el pecado pervierte la comunicación (Efesios 5:3-4). Nuestra apariencia externa a menudo oculta la corrupción de nuestras palabras.
- Pecados de obra (vs. 15-17): Aunque no todos son asesinos, todos tenemos la capacidad de cometer pecados destructivos. Isaías 57:21 declara que “no hay paz para los impíos”. El pecado, por naturaleza, es destructivo, llevando a la violencia, el conflicto y la ruina.
La causa de los efectos del pecado (Romanos 3:18)
La raíz de todos estos males es clara: “No hay temor de Dios delante de sus ojos”. La ausencia de un temor reverente hacia Dios explica por qué el hombre no entiende, no busca a Dios, se desvía, se hace inútil y carece de bondad genuina. Este versículo prepara el escenario para comprender nuestra necesidad de la obra salvadora de Dios, pues solo Él puede restaurar lo que el pecado ha destruido.
Los Efectos del Pecado: Una Perspectiva General
No entender nuestra condición pecaminosa limita profundamente nuestra capacidad para apreciar la salvación. Desde la concepción, carecemos totalmente de bien espiritual ante Dios y somos incapaces de liberarnos de la esclavitud del pecado. Aunque nuestra naturaleza caída nos separa de Dios, cada ser humano agrava su culpa al cometer pecados a lo largo de su vida, acumulando ira para el día del juicio (Romanos 2:5).
El ámbito del pecado es total
El pecado afecta a toda la humanidad y a cada aspecto de nuestro ser:
- Toda persona está infectada: Las Escrituras son claras: “No hay quien no peque” (1 Reyes 8:46; Salmos 14:1-3; 143:2; Proverbios 20:9; Eclesiastés 7:20; Isaías 53:4-6; Romanos 1:18-3:20; 1 Juan 1:8-10).
- Todo aspecto del ser está corrompido: No es que nuestra mente funcione bien mientras nuestro corazón está dañado. Santiago 1:13-14 y Marcos 7:21-23 enseñan que el pecado surge del corazón, afectando:
- Nuestra mente y entendimiento (Génesis 6:5, 11; 8:21; Efesios 4:17-18).
- Nuestra voluntad (Romanos 1:32; 7:18-19; Efesios 2:2-3).
- Nuestro corazón y deseos (Jeremías 17:9; Marcos 7:21-23; Romanos 1:24-27).
Esta realidad se conoce como depravación total, un término que puede incomodarnos, pero que refleja con precisión la condición humana. No debemos suavizar esta verdad, pues es fundamental para entender nuestra necesidad de salvación.
¿Qué NO significa la depravación total?
Según Rolland McCune:
- No significa que los no salvos carezcan de disposición para hacer el bien (Romanos 2:14-15).
- No implica que nunca realicen actos buenos desde una perspectiva humana.
- No sugiere que cometan todos los pecados posibles.
- No indica que todos los no salvos estén igualmente avanzados en el pecado. Como en un cementerio, todos están muertos, pero no igualmente descompuestos.
Al estudiar la Biblia, descubrimos que muchas de nuestras actitudes y acciones—en el hogar, con nuestras familias, en el trabajo o en la vida cotidiana—están más alineadas con nuestra naturaleza pecaminosa que con la imagen de Cristo.
¿Qué SÍ significa la depravación total?
- El pecado ha penetrado y afectado todo el ser del pecador (Isaías 1:5-6; Efesios 4:17-19), incluyendo:
- El cuerpo (Romanos 8:11; Efesios 4:19).
- La mente, que está corrompida (Tito 1:15), vana (Efesios 4:17) y en enemistad con Dios (Romanos 8:7).
- La voluntad, esclavizada al pecado (Juan 8:34).
- El corazón, engañoso y perverso (Jeremías 17:9).
- Los no salvos tienen la capacidad innata de cometer peores pecados (Romanos 1:18-32; 3:10-18).
- Cuando los no salvos hacen el bien, lo hacen por motivos egoístas, no para la gloria de Dios (Isaías 64:6-7).
- Los no salvos carecen del amor hacia Dios que exige su ley moral (Deuteronomio 6:4-5).
- Su condición empeora progresivamente (2 Timoteo 3:13).
- No tienen forma de salvarse o recuperarse por sus propios esfuerzos.
La esclavitud al pecado es total
El pecado no solo afecta todo nuestro ser, sino que nos esclaviza por completo:
- Esclavos del pecado: Somos esclavos del pecado y del diablo (Juan 8:34, 44; Romanos 6:6; Colosenses 1:13; Tito 3:3).
- Sin esperanza de liberación propia: No podemos cambiar nuestra naturaleza pecaminosa por nuestra cuenta (Jeremías 13:23; Romanos 1:21; 8:7; Efesios 4:19).
Conclusión
Romanos 3:10-18 nos presenta una radiografía devastadora de los efectos del pecado: nadie es justo, nadie entiende, nadie busca a Dios, todos se han desviado y se han hecho inútiles. El pecado corrompe nuestras palabras, nuestras obras y nuestra relación con Dios, cuya ausencia de temor es la raíz de nuestra depravación. Esta verdad, iluminada por el Espíritu Santo, nos permite apreciar la salvación que Cristo ofrece. Al estudiar la Biblia, descubrimos que muchas de nuestras actitudes y acciones—en el hogar, con nuestras familias, en el trabajo o en la vida cotidiana—están más alineadas con nuestra naturaleza pecaminosa que con la imagen de Cristo. Este conocimiento no solo nos humilla, sino que también nos equipa para evangelizar con mayor claridad y urgencia. Podemos mostrar, con amor pero con seriedad, la realidad del pecado tanto a quienes viven en profunda maldad como a quienes llevan vidas moralmente aceptables. El evangelio brilla con mayor intensidad cuando presentamos estas verdades, hablando como moribundos a moribundos, rogando a los inconversos que se arrepientan y crean, porque hemos comprendido lo que el pecado significa a los ojos de Dios y la gloria de la salvación que Él ofrece en Cristo.

