Serie: 1 Tesalonicenses
Capítulo 4:1-8
Con el capítulo 4, Pablo comienza a “completar lo que falta a la fe” de los tesalonicenses (3:10), siguiendo el patrón habitual de sus cartas: doctrina y conducta, verdad y vida. El tono, sin embargo, es particularmente pastoral. El apóstol exhorta, ruega y también ordena en el Señor Jesús; sus palabras tienen la ternura de un pastor y, al mismo tiempo, el peso de la autoridad de Cristo.
Si hubiera que resumir en pocas palabras el corazón de Pablo y su deseo para con los tesalonicenses, sería este: agradar a Dios. De eso se trata todo. Toda la cuestión está en cómo vivir de una manera que agrade a Dios.
Y eso ya revela algo extraordinario sobre el evangelio. Antes de conocer a Cristo, el ser humano es enemigo de Dios, vive ajeno a Su voluntad y usa su vida para deshonrar Su Nombre. Pero el evangelio no solo transforma el destino eterno de una persona; también transforma la dirección de su vida. Produce un nuevo deseo: vivir de una manera que agrade a Dios.
En 1 Tesalonicenses 4, Pablo concentra ese llamado especialmente en dos áreas concretas: la pureza sexual (vv. 3-8) y el amor fraternal (vv. 9-12). Y esto es importante, porque la santidad cristiana nunca permanece en ideas abstractas; siempre termina manifestándose en la manera en que se vive.
En los versículos 1 al 8 en particular, Pablo coloca al lector frente a una realidad inevitable: o se vive gobernado por las concupiscencias, como quienes no conocen a Dios, o se vive apartado para el Dios que llamó a santificación y dio Su Espíritu Santo.
Una vida que agrada a Dios
Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más. Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús. 1 Tesalonicenses 4:1-2
Pablo no escribe meras sugerencias. Sus palabras tienen autoridad apostólica porque representan la palabra de Cristo. El término que la RV60 traduce “instrucciones” tiene en griego un sentido bastante específico: orden recibida de un superior y transmitida a otros. Por un lado, entonces, hay un ruego que adopta la forma de una exhortación; por otro, hay una orden, porque su origen es el Señor Jesús mismo.
El cristiano no ha sido regenerado para seguir viviendo como antes ni como quisiera, sino para agradar a Dios. La vida de quienes no conocen a Dios se caracteriza precisamente por lo contrario: poco antes en la misma carta, Pablo había escrito que ese tipo de personas “no agradan a Dios” (2:15). En cambio, la conducta del creyente queda definida por esa expresión. La conjunción “y” en el v. 1 (“conduciros y agradar a Dios”) no añade un segundo objetivo, sino que explica cuál debe ser la manera de conducirse del cristiano. En Génesis 5:22, donde el texto hebreo dice que “Enoc anduvo con Dios”, la Septuaginta traduce “Enoc agradó a Dios”. Caminar con Dios y agradar a Dios son, en este sentido, una misma cosa.
Cristo mismo vivió de esta manera. Él pudo decir: “el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). En Él se ve, en plenitud, la vida que el Padre busca en Sus hijos.
Conviene hacer una aclaración importante en este punto. Nadie vivirá esa vida si no ama a Dios; nadie ama a Dios si no pasa tiempo en Su Palabra; y nadie pasará tiempo en Su Palabra si tiene otras prioridades. Como ha advertido John MacArthur, “si adquirir más conocimiento acerca de la Biblia y participar en más actividades espirituales —orar, evangelizar y servir— no están vinculados al deseo de conocer mejor a Dios, no producirán crecimiento espiritual en quienes profesan fe en Cristo”. David habló de un alma que tenía sed de Dios, no de conocimiento (Sal. 42:1-2).
Uno de los enemigos silenciosos más peligrosos en la vida espiritual es el avance de la mediocridad, esa especie de conformismo que se instala sin que se note.
Esa vida que agrada a Dios no es, además, algo estático. Pablo añade: “así abundéis más y más” (v. 1), y vuelve a insistir con la misma expresión un poco más adelante (v. 10). La reiteración no es casual. Uno de los enemigos silenciosos más peligrosos en la vida espiritual es el avance de la mediocridad, esa especie de conformismo que se instala sin que se note. Pablo cierra esa puerta. La vida cristiana verdadera no se concibe como algo detenido o conformista; tiene una dinámica de crecimiento continuo.
El verbo que utiliza el apóstol también se emplea para hablar de exceder una cierta cantidad o medida; de algo que sobra o queda, como los fragmentos que quedaron después de alimentar a la multitud (Lc. 9:17; Jn. 6:12-13). El deseo de caminar agradando a Dios debe abundar de esa manera, hasta sobrar.
Algunos tienen el hábito de pensar la vida espiritual como algo extremadamente complicado y engorroso, y eso incluye la idea misma de cómo vivir agradando a Dios. Sin embargo, el pasaje dice claramente que los tesalonicenses ya habían recibido instrucción acerca del cómo: la manera, la forma y los elementos que conforman una conducta que revela el corazón de alguien que tiene sed de Dios y desea caminar como Enoc. Dios no deja al creyente frente a un crucigrama, un laberinto o una serie de adivinanzas para que solo algunos “iluminados” descubran finalmente cómo vivir abundando en una vida que se distingue por su amor y devoción.
Pureza sexual: la voluntad de Dios para los suyos
pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado. 1 Tesalonicenses 4:3-6
La liberalidad sexual era moneda corriente en el mundo grecorromano. Era como esas palabras que se escuchan a menudo en la calle y que todo el mundo usa sin inconveniente… salvo los que han sido cambiados por el evangelio. Lo mismo sucedía con la vida sexual. Un filósofo llegó a afirmar: “A las amantes las mantenemos por placer, a las concubinas para el cuidado diario de nuestras personas, pero a las esposas para darnos hijos legítimos”. Era una norma cultural, y por eso los mandatos sobre pureza sexual que predicaba el cristianismo resultaban absolutamente contrarios a lo habitual.
Pablo dice en este pasaje que la voluntad de Dios es la santificación, enfocada directamente al apartarse de la impureza sexual. Sobre esto, 1 Pedro 4:1-4 arroja luz con claridad. La santificación aquí no se presenta principalmente como un proceso, sino como una conducta definida. Si bien el requerimiento general de una vida de santidad se basa en el mandato divino de Levítico 19:2, “Sed santos, porque yo soy santo”, en este lugar el énfasis es exclusivamente negativo: la abstención de la inmoralidad sexual.
El cristiano no ha sido regenerado para seguir viviendo como antes ni como quisiera, sino para agradar a Dios.
El versículo 4, sin embargo, plantea un problema de traducción que conviene atender. La RV60 traduce: “que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor”, lo cual puede dar la idea de “adquirir esposa”. Esa interpretación tiene historia en la iglesia, y algunos la entendieron así, pensando que Pablo estaba hablando del matrimonio como contexto de la pureza sexual.
La mayoría de los intérpretes actuales, sin embargo, entienden que Pablo está hablando del propio cuerpo. La expresión literal “tener su propio vaso” probablemente apunta a aprender a controlar o gobernar el propio cuerpo en santidad y honor. Hay varias razones para sostenerlo. Primero, el verbo griego puede significar no solo “adquirir”, sino también “poseer” o “controlar”. Segundo, Pablo está dando una exhortación universal: casados y solteros por igual deben vivir en santidad. Y tercero, encaja mejor con el argumento del pasaje, porque el apóstol viene contrastando dos maneras de vivir: ser gobernado por las concupiscencias o vivir en santidad delante de Dios.
El énfasis no es entonces “buscar una esposa”, sino aprender a vivir con dominio propio. El creyente no debe ser esclavo de sus impulsos; debe aprender, por la obra del Espíritu Santo, a gobernar su cuerpo de una manera que honre a Dios. A eso apunta la expresión “en santidad y honor”. El dominio propio es parte del fruto del Espíritu (Gá. 5:22-23), y su práctica demuestra, entre otras cosas, que el creyente es imitador de Dios como hijo amado (Ef. 5:1).
Ese contraste se profundiza en el v. 5, cuando Pablo señala que el cristiano no debe vivir “en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios”. La expresión “pasión de concupiscencia” se refiere a deseos lascivos sin control. Vale la pena aclarar que en el Nuevo Testamento, y especialmente en Pablo, el término “gentiles” no siempre se usa en un sentido meramente étnico —”no judíos”—, sino también espiritual y moral. En el Antiguo Testamento, las naciones gentiles eran vistas como pueblos alejados del Dios verdadero, entregados a la idolatría y ajenos a Sus pactos y promesas. Por eso, cuando Pablo dice “como los gentiles que no conocen a Dios”, no puede estar refiriéndose solamente al origen o la nacionalidad, porque los mismos tesalonicenses eran gentiles en ese sentido étnico. El término describe aquí una manera de vivir apartada de Dios: personas gobernadas por sus pasiones y ajenas a Su voluntad porque no lo conocen verdaderamente.
Alguien podría protestar: “Ese no es mi caso. Yo sí conozco a Dios; creo en Dios”. Pero el conocer del que habla la Escritura no es un mero asentimiento intelectual: tiene que ver con un conocimiento personal, fruto de la conversión.
El v. 6 introduce un giro adicional. Una de las maneras típicas de pensar la inmoralidad sexual ha sido y sigue siendo la idea de que es un asunto privado, que no daña a otros. Pablo cierra esa puerta. Como ha observado Gary Shogren, “Pablo expone el aspecto social de esta transgresión… las acciones sexuales ilícitas perjudican a todos los que están relacionados con cualquiera de los transgresores”. Pablo mismo había recordado en otra carta que el amor “no hace mal al prójimo” (Ro. 13:9-10), y la inmoralidad sexual lo viola precisamente ahí.
Las consecuencias, además, no se agotan en esta vida. William MacDonald lo expresa con dureza: “Los pecados sexuales producen una terrible cosecha de trastornos físicos y mentales en esta vida, pero eso no es nada comparado con sus consecuencias eternas si no son confesados ni perdonados”. Dios no puede ser burlado (Gá. 6:7). Y en el v. 6, cuando Pablo dice que “el Señor es vengador de todo esto”, se refiere específicamente al Señor Jesucristo, el Señor de Su iglesia. Este es uno de los pocos lugares en el Nuevo Testamento donde Cristo aparece explícitamente con esa función. El apóstol les está recordando algo que ya les había advertido en persona, lo que muestra que la repetición y el recordatorio son parte necesaria de la vida pastoral, sobre todo respecto de las verdades que se suelen dar por sentado.
Rechazar el llamado es rechazar al Dios que da Su Espíritu
Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo. 1 Tesalonicenses 4:7-8
La vida que el cristiano está llamado a vivir está en consonancia con la naturaleza misma de Dios. Dios es santo y ha llamado a Sus hijos a vivir de la misma manera. El propósito de Dios en la salvación fue formar un pueblo santo, que anduviera de una manera digna del llamamiento divino a Su reino y gloria. El llamado a la salvación es, por eso, inseparable del llamado a una vida santa y pura (Ef. 1:4).
Esto es, en buena medida, lo que distingue al cristianismo de cualquier otra religión o creencia. El creyente no vive en santidad para ganarse los méritos de Dios, sino porque ama a un Dios santo.
Estas no son limitaciones impuestas por la iglesia o por los hombres, sino mandatos dados por Dios para aquellos a quienes ha llamado a la vida eterna.
Cuando Pablo escribe en el v. 8 que “el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios”, está afirmando algo de gran peso pastoral: estas no son meramente ideas suyas o caprichos apostólicos, sino mandato directo de Dios. Esa misma convicción atraviesa toda la carta —ya en el capítulo 2 había mostrado cómo su enseñanza estaba respaldada por su conducta— y señala, indirectamente, la enorme importancia que tiene exponer correctamente la Palabra de Dios. Lo que la Escritura enseña es lo que el creyente está llamado a obedecer.
Pero el v. 8 no termina ahí. Pablo recuerda que Dios “también nos dio su Espíritu Santo”. La presencia del Espíritu en la vida del creyente es lo que lo capacita para vivir la santidad y, en este caso, la pureza sexual que Dios demanda. Conviene puntualizar que es lo que Pablo quiere destacar específicamente aquí. No es lo único para lo que el Espíritu Santo capacita al creyente, pero sí lo que el apóstol está marcando en este pasaje. Es por medio de Su presencia en la vida de los hijos de Dios que estos pueden ejercitar dominio propio, recordando que el sexo no fue creado por Dios principalmente para el placer, sino para la reproducción —y que, para que esta se produjera, Dios lo hizo placentero por pura gracia.
La presencia del Espíritu Santo es, en última instancia, una marca de una persona convertida (1:6; Ef. 1:13-14).
La vida cristiana es, en definitiva, una vida marcada por la imitación de Dios, y esa imitación se expresa en santidad. Esa santidad incluye también la manera en que se vive el sexo, dentro del marco de la voluntad de Dios. Dios.
El pecado ha distorsionado todas las áreas de la vida humana, y el sexo es una de las más afectadas y una de las que produce mayores consecuencias cuando se vive fuera del diseño de Dios. En un mundo donde todo esto se ha normalizado, conviene volver a este texto y evaluar la propia vida y la propia manera de pensar la pureza sexual a la luz de la Palabra de Dios, y no según los principios de un mundo caído. Estas no son limitaciones impuestas por la iglesia o por los hombres, sino mandatos dados por Dios para aquellos a quienes ha llamado a la vida eterna.
