ralf1403-calendar-10045176_1920

sermones

Recuperando las prioridades

Ricardo Daglio 13 min de lectura
Cómo Dios despierta a su pueblo dormido para que recupere sus prioridades y viva para su gloria (Hageo 1:1-15)
Serie Hageo: Renovando nuestro compromiso con Dios · Artículo 1

Para entrar en Hageo conviene recordar cómo llegó su pueblo hasta allí. Durante generaciones, Judá desobedeció a Dios a pesar de las advertencias de los profetas, y finalmente Dios la entregó en manos de Babilonia, que destruyó Jerusalén y el templo y llevó al pueblo al exilio (2 Cr. 36:15-20). Pero el juicio no era la última palabra: por medio de Jeremías, Dios ya había anunciado que el exilio duraría setenta años y que después los haría volver (Jer. 25:11-12; 29:10).

Y así fue. Babilonia cayó ante Persia, y Dios «despertó el espíritu de Ciro» para que decretara el regreso del pueblo y la reconstrucción del templo (2 Cr. 36:22-23; Esd. 1:1-4), algo que Isaías había anunciado muchos años antes, mencionando incluso a Ciro por nombre (Is. 44:28; 45:1). El pueblo regresó y comenzó con fervor: a pesar del miedo levantó el altar, celebró las fiestas y, a los siete meses, echó los cimientos del templo (Esd. 1:6; 3:1-8). Eran manos esforzadas.

Pero la obra se detuvo. Los pueblos vecinos les debilitaron las manos y los atemorizaron, y la reconstrucción quedó parada durante unos dieciséis años (Esd. 4:4-5, 24). En ese lapso, el pueblo pasó del miedo a la comodidad, hasta hacer de la demora un principio: «no ha llegado el tiempo» (Hag. 1:2, 4).

Entonces Dios interviene. Las fechas que el libro menciona se pueden corroborar con datos históricos: fue el 29 de agosto del 520 a. C. cuando Hageo recibió la palabra de Dios, y el pueblo respondió apenas veintitrés días después, el 21 de septiembre del 520 a. C. (Hag. 1:1, 15; Esd. 5:1-2). Después de dieciséis años de inactividad, bastaron veintitrés días para que el pueblo volviera a edificar. El contraste entre esos dos números —dieciséis años sin hacer nada y veintitrés días para responder— es el corazón de esta introducción, porque muestra el poder de la Palabra predicada a través de Hageo, y conviene no perderlo de vista en todo el libro.

Y hay algo que no se puede pasar por alto: en todo este tiempo de restauración, Dios es quien toma la iniciativa. Isaías lo anunció muchos años antes, y Esdras y Hageo lo registran con el mismo verbo, «despertar» (Is. 45:13; Esd. 1:1, 5; Hag. 1:14). Dios despierta a su pueblo, dormido en su comodidad, para que recupere sus prioridades y viva para su gloria, con la promesa de su presencia.

Lo que le pasó a aquel pueblo nos puede pasar a nosotros: empezamos con fervor y podemos dormirnos. Pero Dios sigue despertando a su pueblo por medio de su Palabra.

Las prioridades invertidas

Hageo 1:1-2

Este mensaje de Hageo llega a Zorobabel, que pertenecía a la línea de David y a quien le habría correspondido reinar; pero la cautividad había truncado la monarquía, y ahora el mensaje se fecha por el reinado de un rey pagano, Darío, en lugar del de un rey del pueblo de Israel.

Lo que describen estos dos primeros versículos es un pueblo cómodo que se pronuncia con excusas. Y en esas excusas, como se verá en los versículos siguientes, el pueblo solo ve lo que quiere ver e ignora lo evidente. Quizá creían que tenían el favor de Dios por haber regresado a la tierra, y así comenzaron a descuidarse. Pero lo que cuenta no es la opinión que ellos tenían de sí mismos, sino la opinión de Dios sobre ellos. ¿Cómo los ve Dios?

«Pasaron de manos esforzadas a manos debilitadas e intimidadas, y cambiaron sus prioridades. Así de simple.»

Dios los llama «este pueblo», y la expresión revela un desentendimiento, como si no hubiera entre ellos una relación cercana, como si fueran desconocidos. No era la primera vez: Dios ya se había expresado así en Éxodo 32:7 y Oseas 1:9, y esa manera de decirlo debió traerles a la memoria lo que significaba. Hay un distanciamiento real. No es una distancia definitiva —ellos seguían siendo el pueblo del pacto—, pero es real.

¿Cómo llegaron a esto? Esdras lo explica (Esd. 4:4-5, 24): fueron intimidados. No pudieron sobreponerse al temor y, en lugar de buscar a Dios, comenzaron a excusarse. Era más cómodo evitar el conflicto. Pasaron de manos esforzadas a manos debilitadas e intimidadas, y cambiaron sus prioridades. Así de simple.

Cuando el corazón está desligado de Dios, siempre hay una excusa para ocuparse de uno mismo (Lc. 14:18-20). Hay allí cosas legítimas; el problema no son las cosas, sino el orden: lo invirtieron. Ahora «cada uno corre a su propia casa» (1:9). Y no es algo poco común: cualquier situación que altera la vida puede convertirse en razón de desaliento, condicionarnos y sacar a luz lo que hay en el corazón.

Tenían tiempo para sus casas, pero no para la casa de Dios; y era bastante tiempo, porque el artesonado de sus casas no era un simple recubrimiento: era la clase de acabado que Salomón había usado en el templo. Era independencia para ocuparse de objetivos personales, sin una visión de reino: un individualismo enfermizo que destruye, y que también puede darse en la iglesia.

El punto es que quedaron paralizados. Eso es lo que hace el temor: paraliza el servicio al Señor y da pie para que avancemos con nuestra propia agenda. De una visión del reino de Dios se pasa a una visión del propio reino.

Las prioridades confrontadas

Hageo 1:3-6

Entonces Hageo confronta al pueblo en nombre de Dios, porque lo único que puede despertar el corazón es la palabra de Dios. Esa comodidad contradictoria lo había distanciado de Dios, con consecuencias evidentes, y ahora lo lleva a examinarse.

El tiempo era de ellos. Un corazón desligado de Dios empieza a ocuparse de lo que le agrada: «el tiempo es mío». Y ese tiempo «mío» abarca lo material, lo emocional, los gustos. No hay nada nuevo en esto: lo que Hageo describe en el versículo 6 —comer, beber, vestir, el jornal— es lo mismo que Jesús menciona en Mateo 6:31 como aquello que no debe ser causa de afán; lo que hoy llamaríamos el trabajo, la vivienda, la economía, la familia, el descanso, los gustos.

En este contexto, Dios hace un llamado a través de Hageo, un llamado universal para cualquiera que forme parte de su pueblo, antes y ahora: «Meditad bien sobre vuestros caminos». El hebreo dice literalmente: «Pongan su corazón sobre sus caminos». Es una invitación a considerar el pasado y el presente, a confrontar las prioridades, a ver lo que está pasando. Dios no les pide que busquen respuestas donde no las hay, sino en su propia vida cotidiana. Lo que les ocurría no era culpa de los enemigos, ni obra del diablo, ni una prueba por el solo hecho de ser creyentes: era el fruto de tener las prioridades equivocadas. ¡Pongan su corazón sobre sus caminos!

Es lo que la palabra de Dios siempre invita a hacer (Sal. 119:59; Lam. 3:40). En realidad, Dios los estaba disciplinando de manera correctiva, tal como ellos debían saber por Deuteronomio 28:38-40 —que describe casi lo mismo que Hageo en 1:6—. Dios no usa medios sorpresivos, sino aquello que ya había dicho que haría. Algo semejante había ocurrido unos doscientos cuarenta años antes, cuando Amós les llamó la atención por lo mismo (Am. 4:6-11) y ellos «no se volvieron» al Señor.

Dios puede hacer que ningún propósito egoísta llegue a suplir nuestras necesidades, e incluso puede usar la salud o los problemas económicos para llamarnos la atención (Heb. 12:5). Ciertamente, no toda enfermedad o crisis es disciplina por el pecado (Job 1-2; Jn. 9:2-3); pero en Hageo la causa sí está revelada (1:9).

Las prioridades corregidas

Hageo 1:7-11

¿Qué hace Hageo para que corrijan sus prioridades? Les vuelve a recordar lo mismo, pero ahora los invita a mirar hacia adelante (v. 8). Porque el examen debe desembocar en un cambio, para que Dios se complazca y sea glorificado: un cambio de conducta. No se trata solamente de admitir el hecho y considerar lo que pasa, sino de hacer algo que muestre el cambio. Es lo que expresa el salmista cuando dice no solo «consideré mis caminos», sino «y volví mis pies a tus testimonios» (Sal. 119:59).

Es abandonar una proyección egoísta y empezar a mirar por la gloria de Dios (1:8). No es un método nuevo: es lo que Dios pide siempre (Ef. 4:22-24). Esto es arrepentimiento, y no hay cambio real sin arrepentimiento genuino. El problema es que solemos estar tan acostumbrados a nuestros propios razonamientos, y a girar alrededor de ellos, que la vida se vuelve una especie de agua estancada: se vive en la comodidad, sin hacer nada que demuestre una verdadera renovación, un cambio que marque una diferencia radical con las prioridades anteriores.

Llevado a lo práctico, la pregunta es directa: ¿qué lugar ocupan la vida de la iglesia y la gloria de Dios entre las prioridades de tu vida? ¿Estás corriendo a tu propia casa (1:9)?

«Dios no les pide oro ni cedro. Les pide madera. Porque lo que a Dios le interesaba era el corazón.»

Hay un error frecuente al corregir las prioridades: pensar que lo que Dios espera son las obras externas o los grandes sacrificios. El pueblo tenía que reconstruir el templo, que estaba en ruinas; y, sin embargo, Dios no les pide que salgan a buscar oro, cedro y los mismos materiales que Salomón había usado en el primer templo. Les pide madera. Porque lo que a Dios le interesaba era el corazón de ellos. Dios no pide sacrificios, sino una vida genuina (1 S. 15:22; Is. 66:1-2): personas que tiemblan ante su palabra. Ellos tenían que edificar, y nosotros también debemos hacer cosas concretas, cambios de conducta y aspectos visibles; pero ninguna de esas cosas reemplaza el corazón.

Entonces, ¿cómo trabajamos con lo que tenemos para que Cristo edifique su iglesia en lo práctico? En la evangelización, en la edificación y en cada aspecto que contribuya al cuerpo local. Somos piedras vivas (1 P. 2:5); Pablo dice que el edificio va creciendo (Ef. 2:21) y que somos colaboradores de Dios (1 Co. 3:9). Es un trabajo de cada uno.

Las prioridades recuperadas

Hageo 1:12-15

Cuando las prioridades se recuperan de verdad, con un arrepentimiento genuino, es porque Dios habló por su palabra y el pueblo la oyó. El pueblo responde a la palabra de Dios, que lo despierta y le garantiza su presencia; conviene notar la repetición de «voz», «oír» y «palabra» en los versículos 12 y 13.

Y una vez más, Dios es quien toma la iniciativa: es él quien hace en nosotros lo que es agradable delante de él. Lo hizo con Ciro (Esd. 1:1), con los que regresaron de Babilonia (Esd. 1:5) y ahora con Zorobabel y Josué (1:14). Es lo que enseña Filipenses 2:12-13: que nos ocupemos de nuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.

¿Y cómo responde el pueblo? Temió delante del Señor (1:12). Porque la obediencia de corazón es el paso que sigue al arrepentimiento, y no una mejor comprensión de la teología. Una de las cosas más hermosas de este pasaje es la confirmación de la presencia de Dios inmediatamente después de la obediencia. Jesús mismo dijo que el Padre estaba con él porque hacía siempre lo que le agrada (Jn. 8:29). Y el pueblo, ahora, trabajaba en la casa de Dios (1:14).

El llamado de Dios

En el conjunto de Esdras y Hageo puede verse una verdadera progresión de las manos: primero, manos esforzadas (Esd. 1:6); luego, manos debilitadas e intimidadas (Esd. 4:4); y, finalmente, manos fortalecidas (Hag. 2:4; Zac. 8:9, 13), porque, como recuerda Zacarías, la obra no se hace «con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu» (Zac. 4:6).

«Aquel pueblo tardó dieciséis años en detenerse a pensar, y le bastaron veintitrés días para responder.»

Lo que conviene recordar es que no hace falta dejar pasar el tiempo ni dar vueltas para reordenar las prioridades. Aquel pueblo tardó dieciséis años en detenerse a pensar, y le bastaron veintitrés días para responder. La palabra de Dios es suficiente para que la obedezcamos. Y lo que hay que hacer es doble: un examen hacia atrás, para abandonar el pecado, y un examen hacia adelante, para hacer lo que debemos.

Ese llamado alcanza hoy a cada uno. En cuanto a las prioridades invertidas, Dios llamó a los suyos «este pueblo» (1:2), marcando una distancia. Si sos creyente, esa distancia tiene remedio: Dios volvió a llamar «mi pueblo» a los suyos (Os. 2:23). ¿Podrías examinarte e identificar las áreas de tu vida que se están desviando del reino de Dios, con todas las excusas que las acompañan, y que te distancian de él (Mt. 6:33)? Y si todavía no creés, la buena noticia es que, en Cristo, los que «no erais pueblo» llegan a ser pueblo de Dios (1 P. 2:10).

En cuanto a las prioridades confrontadas, está el «saco roto» (1:6). Si sos creyente, puede que las situaciones adversas no tengan que ver con un pecado puntual en tu vida; pero también es cierto que la disciplina prueba que Dios te trata como hijo (Heb. 12:6-8). ¿Qué estás haciendo con respecto a eso? Tiene que haber un arrepentimiento genuino. Y si no creés, vale saber que las cosas no llenan, pero Cristo sí: buscá primero su reino (Mt. 6:33).

En cuanto a las prioridades corregidas, el llamado es a examinar los caminos (1:5, 7). Si sos creyente, «si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos» (1 Jn. 1:9): ¿estás abierto a recibir la gracia de Dios para cambiar el corazón? Y si no creés, la palabra te dice: «deje el impío su camino… y vuélvase a Jehová» (Is. 55:7).

«Es Dios quien despierta el corazón.»

Y en cuanto a las prioridades recuperadas, la promesa es «Yo estoy con vosotros» (1:13). Si sos creyente, Cristo prometió estar con su pueblo todos los días (Mt. 28:20); entonces, en lugar de detenernos a pensar más excusas, comencemos a servir: en el discipulado, en los Grupos de Vida, en la visitación, en la búsqueda de los perdidos que necesitan el evangelio. Porque los que están en Cristo ya no viven para sí mismos (2 Co. 5:15). Y si todavía no creés, para que Dios esté con vos hay que entender que no es la religión la que salva: Cristo es el verdadero templo (Jn. 2:19-21), y el lugar de encuentro con Dios ya está hecho.

En uno y otro caso, es Dios quien despierta el corazón (Hag. 1:14; Fil. 2:13). Él promete restaurarnos y estar con nosotros, y eso lo honra y lo glorifica. Es exactamente lo que hace también cuando alguien se arrepiente de sus pecados y busca a Cristo.

Compartir

WhatsApp Threads Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *