Serie: 1 Tesalonicenses
Capítulo 5:1-11
Hay sonidos diseñados para despertarnos, y el despertador es uno de ellos. Su función no es entretener ni acompañar, sino interrumpir el sueño.
Sin embargo, muchos han aprendido a convivir con la alarma. Suena una vez y la apagan; suena otra vez y la posponen. Incluso pueden seguir durmiendo mientras la alarma insiste. Y lo más peligroso no es dejar de escucharla, sino escucharla tantas veces que termina por no producir ningún efecto.
Algo semejante puede ocurrir en la vida cristiana. Durante años, muchos creyentes han escuchado acerca del regreso de Cristo: han leído los versículos que lo anuncian, han cantado himnos que lo celebran y han confesado la doctrina. Saben que Cristo va a volver. Pero existe el peligro de que una verdad destinada a despertarlos termine convirtiéndose en un ruido de fondo, como la alarma que ya no se apaga.
Es lo que sucedía en los días de Noé, cuando la gente comía, bebía y se casaba: del mismo modo, hoy se siguen haciendo planes, se trabaja, se compra, se vende, se crían hijos y se envejece. Y, poco a poco, se puede llegar a vivir como si el regreso de Cristo fuera una realidad lejana, casi teórica. No es que se niegue su venida con los labios; simplemente se deja de considerarla en la manera de vivir.
Este es justamente el peligro que Pablo aborda en 1 Tesalonicenses 5:1-11.
El día del Señor llegará con certeza
«Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán» (1-3)
Una vez más, Pablo aborda un tema que los tesalonicenses ya habían escuchado. La venida del Señor no era para ellos algo desconocido, y esto deja ver la intensidad con que el apóstol les enseñó en apenas pocas semanas (Hch. 17:2). No se trataba, además, de una verdad que unos creyentes nuevos pudieran darse el lujo de ignorar.
Pablo les enseñaba desde el Antiguo Testamento, y ellos ya sabían varias cosas. En primer lugar, sabían acerca de “los tiempos y las ocasiones”, dos sustantivos que apuntan, uno a una secuencia cronológica (los tiempos) y el otro a un momento señalado (las ocasiones), de manera similar a lo que Jesús dice a sus discípulos en Hch. 1:7. Por lo general, la expresión se refiere a los tiempos que Dios ha determinado para sus actos en la historia. Pablo ya les había enseñado todo esto, de modo que no necesitaban que volviera a escribirles sobre el asunto.
En segundo lugar, sabían acerca del día del Señor, es decir, del regreso de Jesucristo. Su conocimiento era preciso: la palabra “perfectamente” (con precisión) es la misma que Lucas emplea en su evangelio (Lc. 1:3), y de hecho es él quien la usa en ocho de las trece veces que aparece en el Nuevo Testamento. Sabían qué era el día del Señor y cómo habría de ocurrir.
Lo que sabían provenía del Antiguo Testamento, sumado a lo que Pablo les transmitió de la enseñanza de Cristo. (La figura del ladrón, por ejemplo, es un término que Jesús utilizó al enseñar a sus discípulos sobre su venida, en Mateo 24:43 y Lucas 12:39-40; con lo cual Pablo probablemente esté retomando una enseñanza que los tesalonicenses ya conocían de Jesús, sea de manera directa o por medio de la instrucción apostólica.)
Conviene señalar que, al hablar del día del Señor, la Biblia suele contemplar los acontecimientos finales como una sola escena. Algo semejante ocurre cuando se habla de la cautividad de Israel o de su regreso: aunque sucedieron en dos etapas, son vistos como un solo acontecimiento. Como quien observa una cordillera desde lejos y ve una sola montaña, los autores bíblicos describen juntos el juicio de los impíos, la salvación de los creyentes y la victoria definitiva del reino de Dios. El énfasis no está en explicar cada detalle cronológico, sino en afirmar la certeza de que Dios cumplirá, en ese día, todo lo que ha prometido.
Para ilustrarlo, John Piper escribe:
«Cuando Isaías puso en boca del Mesías las palabras que Jesús citó en Lucas 4:18-19, no distinguió entre “el año de la buena voluntad del Señor” y “el día de venganza de nuestro Dios”. Escribió: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro” (Is. 61:1-2). Pero cuando Jesús citó este pasaje como cumplido en su ministerio, se detuvo justo antes de las palabras “y el día de venganza de nuestro Dios”. Ese “día de venganza” formaba parte de la venida del Mesías, pero no de su primera venida. Es decir que lo que Isaías vio como un solo conjunto de acontecimientos implicaba, en realidad, una separación de siglos. De manera similar, cuando Isaías predijo la venida de Cristo, contempló en una sola visión profética tanto el nacimiento del niño como el gobierno del Rey: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Is. 9:6-7). Esta “perspectiva profética” es útil para comprender cómo los escritores del Nuevo Testamento entendían la relación entre acontecimientos futuros cercanos y acontecimientos futuros más lejanos.»
— John Piper, Come, Lord Jesus, p. 106.
En cuanto a la manera en que ocurriría, lo que los tesalonicenses sabían también lo habían recibido del Antiguo Testamento por medio de la enseñanza de Pablo: el día del Señor llegará de manera inesperada, tal como Cristo lo enseñó. Para describirlo se emplean dos figuras. La primera es la del ladrón, término que Jesús utilizó al instruir a sus discípulos sobre su venida (Mateo 24:43; Lucas 12:39-40). La segunda es la de los dolores de la mujer que está por dar a luz (Mt. 24:8). Ambas imágenes fueron usadas por Jesús al enseñar sobre su regreso: el ladrón destaca lo inesperado de ese día, y los dolores de parto subrayan que, cuando llegue, nadie podrá evitar lo que Dios ha determinado. Pablo no está inventando nada.
Lo que el apóstol busca que recuerden los tesalonicenses —y, con ellos, la iglesia de todos los tiempos— es que ese día será inevitable y sorpresivo. A esta misma iglesia, sin embargo, le dirá en la segunda carta que el Día no había llegado todavía, porque primero debían ocurrir ciertas cosas (2 Ts. 2:3-5) que también les había enseñado, como se desprende de ese mismo pasaje.
Pero aquí el énfasis de Pablo es otro: la necesidad de estar alertas. Y es justamente desde este punto que se desprende el resto de la enseñanza del pasaje, porque al apóstol le preocupa que la conducta y el testimonio de los tesalonicenses caigan en un letargo espiritual, distraídos por la falta de vigilancia.
Los creyentes son hijos de luz
«Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas» (4-5).
Pablo establece una clara distinción al comenzar con «vosotros». Los creyentes no pueden ser sorprendidos, y no porque sean más inteligentes que los demás, sino porque son del día. Con esta doble analogía —que no es nueva en la Biblia, sino que recorre toda la revelación de una u otra manera— el apóstol señala la distinción que desembocará en la exhortación imperativa de los versículos 6 a 8. Y no dice simplemente «del día», sino hijos de luz e hijos del día.
Las tinieblas espirituales abarcan tanto la oscuridad moral como la intelectual (Ef. 4:17-19). Cuando Juan habla de la llegada de Jesús al mundo, lo presenta como la Luz, y luego recuerda el contraste en Jn. 3:19-20. El mundo se caracteriza por las tinieblas; el pueblo de Cristo, por la luz o el día. Tan marcado es ese contraste que Pablo lo desarrolla con fuerza en Ef. 5:6-15. No hay término medio: noche o día, luz o tinieblas.
Se trata de un lenguaje glorioso y bendecido, cargado de una atmósfera de misericordia y bondad de parte de Dios. Es el evangelio que se revela en 2 Co. 4:4-6.
Quienes están en tinieblas carecen de la capacidad de discernir o de advertir el peligro que se avecina; viven en una falsa paz y una falsa seguridad. Es algo que se observa hoy, como ha sido siempre, y así lo enseñó Jesús (Lc. 17:26-30).
Los hijos de luz viven despiertos y sobrios
«Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo» (5-8).
Hay una consecuencia inevitable que se manifiesta como fruto en la vida de quienes son hijos de luz: una vida que permanece alerta y sobria. Dicho de otro modo, la vigilancia en la vida cristiana es fruto de la salvación, y no el precio que se paga para obtenerla.
Los incrédulos, en cambio, se caracterizan por vivir sin control. Son los que no tienen esperanza, los que pertenecen a las tinieblas, y cuya conducta y modo de vida están marcados por la oscuridad. Los ejemplos que Pablo ofrece en los versículos 7 y 8 buscan establecer un contraste, con el fin de mostrar la clara distinción que no solo caracteriza a la iglesia, sino que también determina quiénes serán librados de la ira venidera de Cristo y quiénes no.
La imagen de la embriaguez describe a quienes están sin Cristo, porque habla de un descontrol, de un enajenamiento respecto de Dios y, a la vez, de estar dominados por las tinieblas (Ef. 2:1-3). Duermen —lo que habla de una indiferencia pasiva— y se embriagan —lo que habla de una pecaminosidad activa—. De esta manera, el contraste muestra que los creyentes, como hijos de luz, viven de un modo opuesto y distinto al de quienes están sin Cristo.
Una exhortación similar se halla en Ro. 13:12-14, y la Palabra de Dios se explica a sí misma: vestirse del Señor Jesucristo equivale a estar revestidos de fe, amor y esperanza. Despiertos y vestidos: esa es la idea. La fe tiene que ver con una profunda confianza en Dios y en su Palabra; el amor, con la devoción y la sed de Dios propias del creyente; y la esperanza de salvación, con la certeza de una glorificación futura y de todo lo que implica el estado futuro del creyente al partir de este mundo en Cristo.
Los hijos de luz tienen seguridad en que Cristo murió por ellos
«Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él» (9-10).
Lo que permite a los creyentes vivir de esta manera, lo que mantiene activa esa vida y esa conducta, esa esperanza y esa devoción, es el evangelio: el evangelio los ha librado de la ira venidera. Ya lo había dicho Pablo en 1:10. La Biblia es clara al hablar de la ira del Cordero, y el Apocalipsis vuelve una y otra vez sobre este asunto.
Esta “ira” puede entenderse como la ira escatológica del Día del Señor, de la cual el creyente es liberado, en conexión con 1:10 —”Jesús que nos libra de la ira venidera”— y con Apocalipsis 3:10. Otros la entienden como la condenación final. Pero, en cualquier caso, lo que el texto afirma sin discusión es que el destino del creyente es salvación, y no ira, de manera semejante a lo que Pablo enseña en Ro. 5:1, 9.
El evangelio no solo garantiza al creyente ser librado de la ira venidera, sino que, especialmente, le ha concedido la gloriosa esperanza de vivir con Cristo. De eso se trata el cielo: de estar con Cristo y disfrutar de su presencia. Es la promesa que Jesús anticipó a sus discípulos en Jn. 14:1-3.
Los hijos de luz se animan unos a otros con estas verdades
«Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis» (11).
El apóstol Pablo concluye, una vez más, exhortando a los tesalonicenses a animarse unos a otros y a perseverar en ello. Como ya había hecho en 4:18, vuelve a llamar a la mutua edificación después de recordarles que estarán para siempre con el Señor. Difícilmente se pueda animar a otro con verdades que no se contemplan, no se recuerdan ni se conversan. Cuando alguien quiere conocer mejor a una persona o un lugar, dedica tiempo a pensar en ello y a aprender más al respecto. A mí me ocurre cuando voy a viajar: me gusta investigar el lugar al que voy para conocerlo mejor antes de llegar. De alguna manera, Pablo llama a los tesalonicenses a hacer algo parecido.
Muchas veces se vive como quien deja sonar una alarma tanto tiempo que termina por acostumbrarse a ella. Ocupados en tantas cosas, distraídos con tantas preocupaciones, los creyentes pueden ver reducida la esperanza de la venida de Cristo a una doctrina que se afirma o a unas páginas de la Biblia que se leen de vez en cuando. Pero los hijos de luz no pueden vivir dormidos. Una de las maneras en que permanecen despiertos es llenando la mente y las conversaciones con Cristo, con su regreso, con el cielo que les ha sido prometido y con la esperanza que él compró para ellos al librarlos de la ira que merecían. Cuanto más contemplen a su Salvador y su destino eterno, más podrán animarse y edificarse unos a otros con estas verdades.
