Serie: 1 Tesalonicenses
Capítulo 4:13-18
Recuerdo a un hombre a quien le compartíamos el evangelio junto con un amigo. En medio de la conversación, repentinamente nos interrumpió y dijo: «¡No me hablen de la muerte! ¡No quiero escuchar nada sobre la muerte!». Estaba aterrorizado.
La muerte. Un tema del que muchas veces se habla con liviandad, pero que la Escritura identifica como «el rey de los espantos» (Job 18:14). Un autor escribió:
«El hombre encuentra en la muerte el final de toda esperanza, de todo proyecto, de todos sus ideales y de todos sus planes. La escena donde transcurrió toda su vida ya no lo reconoce. Su naturaleza ha cedido, impotente ante este amo implacable —la muerte— a quien pertenece y que ahora reclama todos sus sombríos derechos. Pero eso está lejos de ser toda la realidad. Es cierto que, como ser viviente de este mundo, el hombre desaparece de la escena y se hunde en la nada».
Los tesalonicenses vivían en un mundo donde las respuestas acerca de la muerte eran variadas, pero ninguna verdaderamente consoladora. Algunos la consideraban una pérdida triste e irreversible. Otros creían en la inmortalidad del alma, pero no en la resurrección del cuerpo. Algunos sostenían que después de la muerte no había nada. Y otros imaginaban que los muertos descendían al Hades, un lugar sombrío donde la existencia continuaba de manera tenue y poco deseable.
Ya hemos visto que los tesalonicenses habían sido bien enseñados en muchas áreas de la vida cristiana. Pablo lo confirma repetidamente mediante expresiones como «sabéis» o «como sabéis». Sin embargo, al llegar a este tema, escribe: «No queremos, hermanos, que ignoréis…».
No es que ellos no creyeran en la venida del Señor. De hecho, Pablo ya había destacado esa esperanza en 1:10. El problema era que desconocían algo relacionado con los creyentes que habían muerto. Esa ignorancia los estaba llevando a entristecerse de una manera incompatible con la esperanza cristiana.
Por eso Pablo les recuerda una verdad fundamental: la muerte y resurrección de Cristo garantizan la resurrección de los creyentes y su reunión eterna con Él. Esa es la esperanza que no podemos ignorar.
El dolor de la muerte no destruye la esperanza cristiana
“Pero no queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza”. (13)
Pablo no está cuestionando el dolor de los tesalonicenses. No les reprocha que lloren a sus seres queridos, ni sugiere que la esperanza cristiana elimina toda expresión legítima de tristeza. Abraham lloró a Sara. Jesús lloró por Lázaro. La Escritura no llama al estoicismo.
Lo que Pablo corrige no es la tristeza, sino una tristeza que ha perdido de vista la esperanza. El problema no es el duelo; el problema es afligirse como quienes no tienen esperanza. Y esa sensación se vuelve particularmente intensa cuando la muerte comienza a separar a los miembros de una familia, a amigos cercanos o a hermanos en la fe. Allí el dolor se multiplica. El temor, la sensación de pérdida y la incertidumbre pueden llegar a ser abrumadores. Vivir sin esperanza frente a la muerte es quizás la forma más opresiva de desesperanza que existe.
Es importante, entonces, notar que Pablo no está ofreciendo aquí una clase de teología sobre eventos futuros por el mero interés de informar, aunque los eventos futuros están ciertamente incluidos. Su propósito es pastoral, y sabe —y debemos recordarlo nosotros también— que una esperanza firme está fundada sobre una buena doctrina. El propósito consolador de esta sección es evidente: abre y cierra con una nota de consuelo (vv. 13 y 18).
Para entender la esperanza que Pablo va a desarrollar, es necesario prestar atención a un detalle significativo. En este contexto, habla de los creyentes que han muerto como de aquellos que «duermen», pero cuando se refiere a Cristo no utiliza ese eufemismo. Pablo dice que los creyentes duermen, pero que Jesús murió. Esa diferencia no es accidental y será fundamental para comprender el fundamento de nuestra esperanza.
La muerte no tuvo la última palabra sobre Cristo
“Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él”. (14)
El evangelio responde a esta ignorancia como responde a todos los aspectos de la vida cristiana. Pablo no les ofrece especulaciones ni opiniones personales. Les recuerda el evangelio: Jesús murió y resucitó.
El lenguaje de Pablo está cargado de certeza. Es como si dijera: «Ya que creemos que Jesús murió y resucitó…». La esperanza cristiana no descansa sobre deseos, sino sobre hechos históricos. Y Pablo habla aquí de Jesús —no de Cristo, no de Señor, como suele preferir—, porque el uso del nombre Jesús enfatiza su vida terrenal y su obra histórica. Pablo ancla la esperanza de los tesalonicenses en acontecimientos reales: Jesús murió y Jesús resucitó.
La distinción entre la muerte de Jesús y el sueño de los creyentes tampoco es accidental. León Morris lo expresa con precisión:
«Cristo, en su muerte, cargó con la paga del pecado. Soportó lo peor que la muerte puede llegar a ser. De ese modo transformó por completo la situación de quienes están en Él. Precisamente porque para Él no hubo ninguna mitigación del horror de la muerte, ya no hay horror en la muerte para Su pueblo. Para ellos, no es más que un sueño».
En otras palabras, el creyente duerme porque Cristo murió. El cristiano puede enfrentar la muerte sabiendo que no es el final, porque Jesús soportó toda la realidad de la muerte como juicio divino. Él cargó con la paga del pecado, sufrió todo el rigor del juicio de Dios y venció la muerte mediante Su resurrección.
Existe una unión tan estrecha entre Cristo y los suyos que lo que ocurrió con Él determina lo que ocurrirá con ellos. Su muerte asegura nuestra liberación del juicio, y su resurrección garantiza nuestra futura resurrección. Esto es lo que Pablo afirma al final del versículo 14: «Así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en Él». Una vez que la vida de una persona queda conectada con Cristo por la fe en el evangelio, el destino de Cristo en su muerte y resurrección determina también el destino de ese creyente. Romanos 6 nos habla precisamente de esta realidad.
La muerte no tendrá la última palabra sobre nosotros
“Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”. (15-17)
El versículo 15 nos permite entender mejor la inquietud que estaba detrás de la tristeza de los tesalonicenses. Parecían temer que los creyentes que habían muerto antes de la venida del Señor quedaran de algún modo en desventaja respecto de aquellos que estuvieran vivos cuando Él regresara. Pablo responde con una enseñanza que él mismo reconoce como recibida con autoridad divina —posiblemente una revelación dada directamente en su condición de apóstol, dado que los Evangelios no registran estas palabras de manera explícita.
La respuesta es clara: los que murieron antes no están en desventaja. No se perderán nada en lo que concierne a la venida del Señor.
Vale notar que Pablo consideraba posible que esto ocurriera durante su propia vida, puesto que se incluye entre los que estarían vivos en ese momento: «nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado hasta la venida del Señor». No habla en tercera persona. Pablo vivía esperando el regreso de Cristo, y eso dice mucho de su manera de vivir la vida cristiana.
Pero el punto principal es que los creyentes muertos no quedarán excluidos ni llegarán tarde a ninguno de los acontecimientos relacionados con la venida del Señor. Por el contrario, participarán plenamente. A continuación, Pablo describe lo que ocurrirá cuando Cristo regrese —no para satisfacer curiosidad sobre el futuro, sino para que esta esperanza sea clara en sus mentes y corazones, y para que la ignorancia que los entristecía sea removida.
Se destacan dos acontecimientos. Primero, Cristo vendrá para reunir a Su pueblo. Descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios. Su llegada no será secreta ni pasará desapercibida, y será la señal para la resurrección de todos los que murieron en Cristo. La voz de mando describe una voz de autoridad: la que usa un oficial para dar órdenes a sus soldados, un cazador para dirigir a sus perros o el capitán de un barco para coordinar a sus remeros. La voz de arcángel acompañará este acontecimiento —el texto no dice que Cristo tenga voz de arcángel, sino que ella acompañará Su venida; Judas 9 menciona a Miguel como arcángel, pero no se nos da más información aquí. Y la trompeta de Dios, que en el Antiguo Testamento frecuentemente servía para convocar al pueblo, conecta este momento con la resurrección y transformación final de los creyentes, tal como enseña 1 Corintios 15:52. Las tres expresiones forman una sola escena majestuosa que enfatiza la autoridad, la solemnidad y el carácter público de la venida de Cristo.
Segundo, los creyentes que estén vivos en ese momento serán arrebatados juntamente con los creyentes resucitados para recibir al Señor en el aire. En ese instante sus cuerpos también serán transformados, como enseña 1 Corintios 15:52. Desde entonces, todos los redimidos estarán para siempre con el Señor.
Esta esperanza fue dada para consolarnos mutuamente
“Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras”. (18)
La muerte sin el evangelio es desesperante. Pero el evangelio ofrece esperanza no solo por la muerte y resurrección de Cristo, sino también por la segura promesa de Su venida. Su resurrección derrotó a la muerte. León Morris lo expresa así:
«Para los cristianos, la muerte ya no es ese adversario al que nadie puede resistir, ese tirano que pone un fin terrible y definitivo a toda existencia valiosa. La muerte ha sido vencida por el Señor resucitado, y eso ha transformado por completo la situación de quienes están en Él».
Ahora los creyentes duermen. Mueren, pero no enfrentan la muerte como juicio condenatorio, porque Cristo ya llevó ese juicio. Para el cristiano, la muerte sigue siendo un enemigo (1 Co. 15:26), pero un enemigo derrotado. Ya no es una puerta a la condenación, sino una entrada a la presencia de Cristo y una espera de la resurrección futura.
Cristo ha intervenido. Él ha entrado en la muerte. Es el Autor de la vida. Y por eso, Gordon Fee, al comentar 1 Corintios 3:21-23, escribe:
«La muerte es nuestra, dice el apóstol, así como son nuestras todas las cosas. Por la bendita entrada del Señor en ella por mí, la muerte, así como el juicio, se han convertido en mi salvación. El pecado, del cual era la paga, ha sido quitado por la muerte misma. El juicio fue llevado allí, en mi lugar».
Nuestra responsabilidad es aferrarnos a las verdades que Dios nos ha revelado acerca de Cristo, de su resurrección y de su regreso. La muerte fue vencida. En la cruz, Dios plantó Su bandera en la tierra: el mundo le pertenece, la vida y la muerte le pertenecen, y por lo tanto podemos vivir confiados, sabiendo que no estamos sujetos al azar ni a sus caprichos. Cristo volverá, los muertos en Cristo resucitarán, los que vivan serán arrebatados y transformados, y todos estaremos con Él. Ningún hijo de Dios quedará fuera. Ninguno será dejado de lado.
Podemos entristecernos, pero la esperanza que nos confiere este pasaje hará que, una y otra vez, el dolor de la partida de los que amamos sea mitigado de manera concreta, con el sello de la Palabra de Dios. Por todo esto, esta es una esperanza que no podemos ignorar.
