A fines de abril de 2026, junto con mi esposa y un grupo de treinta personas, recorrimos durante una semana varios de los sitios bíblicos más importantes de la antigua Asia Menor, en lo que hoy es Turquía. El viaje fue organizado por SERVE, la agencia misionera de Denton Bible Church, en Denton, Texas. La mayoría del grupo eran hermanos de DBC; el resto éramos misioneros de SERVE provenientes de distintas partes del mundo: India, China, Kuwait, Austria, Kenya y Argentina. Nos movíamos en tres vans alquiladas, de ocho a diez personas cada una, rotando los vehículos para poder conocernos todos durante el camino.
No teníamos un guía turístico profesional, pero uno de los ancianos de DBC traía un buen conocimiento bíblico-histórico de cada lugar que visitaríamos, y eso fue más que suficiente. Antes de salir, cada misionero recibió una bolsa con caramelos, lapiceras y notas de ánimo escritas a mano por hermanos de la iglesia en Denton. Parece un detalle menor, pero no lo es: sentir que una congregación al otro lado del mundo te sostiene en oración y te lo expresa así, concretamente, es algo que se agradece. Hablábamos inglés casi todo el tiempo; entre los argentinos, claro, nos pasábamos al español.

Esmirna: la llegada
Llegamos a Esmirna vía Londres y Estambul, alrededor de las tres y media de la tarde, bastante cansados por el largo viaje. Tomamos un Uber al hotel y tuvimos tiempo de acomodarnos. Yo salí a correr un rato —unos dos kilómetros— para acomodar el cuerpo. Es algo que hago siempre que viajo: correr y que quede registrado en mi aplicación. Ya tengo corridas en Argentina, Grecia, Chile, Estados Unidos, Uruguay, Reino Unido y ahora Turquía. No sé bien qué es: quizá una forma de dejar una marca, de decir “estuve acá y lo recorrí con mis pies”. Cenamos alrededor de las siete y media. Comida desconocida, pero apreciada. Todo era nuevo.
Al día siguiente grabé un reel sobre Esmirna, recordando lo que enseña Apocalipsis sobre esta iglesia y especialmente un dato histórico que pesa: aquí murió por causa de su fe Policarpo, discípulo del apóstol Juan. Pararse en Esmirna y saber eso cambia la lectura de Apocalipsis 2:10: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.” Policarpo lo fue.
Sardis: el primer impacto
La primera parada fuerte fue Sardis. Y el impacto fue tremendo. Uno lee la carta a Sardis en Apocalipsis 3:1 —“tienes nombre de que vives, y estás muerto”— y la entiende doctrinalmente. Pero pararse entre esas ruinas y leer esas palabras ahí, donde esa iglesia existió y donde esa advertencia fue recibida, es otra cosa. Tenía preparado un reel para grabar que relacionara el lugar con lo que la Biblia dice sobre Sardis. Ver todo eso y poder conectarlo en el lugar mismo fue la primera impresión fuerte del viaje. Y apenas era el comienzo.

Pérgamo: donde Satanás tenía su trono
Pérgamo fue increíble. La antigua ciudad estaba ubicada bien en lo alto —hay que subir bastante en vehículo para llegar— y desde ahí se abre una vista imponente. Hacia el sureste, la ciudad moderna de Bergama. Hacia el noreste, el Kestel Barajı, un embalse construido entre 1983 y 1988 sobre el río Kestel, que forma un lago artificial rodeado de colinas verdes. Hermosa vista desde la acrópolis.

Pero no estábamos ahí por la vista. Estábamos ahí porque en este lugar, según Apocalipsis 2:13, Satanás tenía su trono. Leer esas palabras parado entre los vestigios de templos paganos, altares y columnas dedicadas a dioses que ya nadie adora es una experiencia que no se obtiene en el escritorio. Se ven los restos de lo que fue: la idolatría alrededor, o al menos sus vestigios, que te dan una idea bien clara de lo que habrá sido vivir como creyente en medio de eso. Y me emocioné pensando en Antípas, el testigo fiel mencionado en ese mismo versículo. Qué sensación tan particular. Estar ahí, mirar, observar, y pensar en alguien que no negó la fe donde Satanás mismo habitaba.
El anfiteatro es otra cosa. Bajé y subí sus escaleras: 175 escalones, los conté. Con otro hermano de DBC hicimos una prueba: citamos Juan 3:16 desde abajo, en inglés y en español, con voz normal, y los que estaban arriba lo escuchaban perfectamente. La acústica de esos teatros antiguos es asombrosa: fueron diseñados para que la voz humana llegara a miles de personas sin amplificación alguna.

En un momento me quedé solo ahí. Mientras subía la escalinata, me detuve a filmar y a grabar el sonido que llegaba desde la ciudad moderna: el llamado a la oración islámica, el ezan, resonando con eco a lo lejos. Fue un momento que me hizo pensar. Donde una vez hubo idolatría pagana, hoy hay otra religión que no es el evangelio. Y el evangelio sigue siendo necesario en la Pérgamo moderna, tanto como lo fue en la antigua.
Si Pérgamo ya me había dejado sin palabras, lo que vino después fue todavía más fuerte. En la próxima entrega: Laodicea, Hierápolis y Éfeso.
