Serie: 1 Tesalonicenses
Capítulo 3:1-10
¿Has estado desesperado alguna vez? Seguramente que sí. Todos lo hemos estado. En situaciones como esas tenemos la tendencia a perder la brújula: en lugar de pensar con claridad, examinar la situación y dar pasos concretos hacia una solución, nos paralizamos. En el plano espiritual ocurre lo mismo. Reaccionar adecuadamente no solo nos orienta hacia decisiones sabias, sino que también abre la puerta a un desenlace favorable y esperanzador frente al conflicto. Cuando se entiende cuál es el asunto principal, entonces se puede actuar de la manera más sabia. En 1 Tesalonicenses 3:1-10, Pablo está preocupado por la fe de los tesalonicenses. De eso se tratan estos diez versículos. Y las decisiones que él toma terminan siendo las mejores.
Cuando el amor no se queda quieto
El amor pone manos a la obra. Pablo actúa movido por algo concreto: la incapacidad de seguir conteniendo su estado de ánimo (1 Tes. 3:1-2). Vale detenerse y apreciar la humanidad de Pablo, porque también refleja la humanidad de cualquier pastor que ama a sus ovejas. Ya no podía contenerse; cargaba con un peso emocional que lo desbordaba, tanto que prefirió quedar solo, incluso en tiempo de necesidad y aflicción propia (v. 7).
Hay que destacar que, frente a la opresión de Satanás (2:18) y sus propias tribulaciones (3:7), Pablo y sus compañeros no se quedaron sin hacer nada. No quedaron paralizados. Hicieron algo. De acuerdo a Hch. 17:16, Pablo estaba solo en Atenas. La “ansiedad paulina” no era únicamente por los tesalonicenses; también lo pesaba lo que veía en esa ciudad: una tremenda idolatría. Y luego, en Hch. 18, en Corinto, Silas y Timoteo —llegando de Macedonia— lo encontraron entregado por entero a la predicación de la Palabra (Hch. 18:5). Todo esto muestra que Pablo no estaba cruzado de brazos, y que la preocupación por la iglesia no le impidió continuar predicando.
¿Los pastores tienen ansiedades ministeriales? Por supuesto que sí. Pero solo son válidas aquellas que verdaderamente justifican el ministerio. Este es el caso de Pablo. El que escribió “por nada estéis afanosos” (Fil. 4:6) ciertamente no se estaba contradiciendo aquí. Tomó una decisión que demostró desinterés sobre su propia vida: se quedó solo con Silas, o probablemente solo. El texto puede interpretar un plural por como quienes los pastorearon, pero también puede señalar solamente a Pablo.
Pablo envía entonces lo mejor —por así decirlo— a Timoteo, quien servía a Dios como colaborador en la predicación de Cristo (1 Tes. 3:2). No lo envió de paseo, sino a confirmarlos. El hecho de que lo hiciera Timoteo y no Pablo significa que este joven ya estaba preparado para semejante tarea. De acuerdo a la cronología, Pablo lo envía aproximadamente un año y medio después de haberlo incorporado a su equipo (Hch 16:1-3). Timoteo no era un “sobrante” que mandaban. Era alguien que había madurado rápidamente. La carga emocional de Pablo era bien suplida por la confianza en lo que Timoteo haría. Pablo sabía delegar.
El propósito no fue solucionarles los problemas, sino fortalecerlos estando en medio de ellos. Pablo no creía ser omnipotente, pero sabía que Dios sí lo era. Su interés era que los tesalonicenses fuesen confirmados y exhortados respecto a su fe (1 Tes. 3:2-3) —la vida de fe en su totalidad: su permanencia, su confianza activa en Dios bajo presión, su crecimiento, y la salud doctrinal y práctica de esa vida. No es que Pablo estuviera preguntando “¿siguen comportándose bien?”. Estaba preguntando algo más profundo y más evangélico: “¿siguen confiando en Dios? ¿Sigue su confianza en Cristo sosteniéndolos en medio de la tribulación, o el tentador logró erosionarla?”
El peso recae sobre el objeto de la fe —Dios, Cristo— y no sobre la fuerza de los tesalonicenses. Pablo no estaba midiendo el músculo espiritual de ellos; estaba preguntando si su mirada seguía puesta en Aquel en quien creyeron. Y esa es precisamente la fe que produce perseverancia, no la perseverancia que produce fe.
Esto es así porque es una realidad que los creyentes pueden conmoverse por las pruebas. “Inquietar” tiene que ver con una conmoción interior como resultado de una situación exterior —en el griego la palabra original se utilizaba para referirse a un perro cuando mueve su cola. La persecución es la normalidad de la vida cristiana. Pablo se los había dicho; ellos lo sabían. “Predecíamos” es la palabra “prólogo”: lo que anticipa lo que vendrá. La fe cristiana está en absoluta contradicción con la cosmovisión y los valores de este mundo caído. Los creyentes deberían, normalmente, experimentar burla y odio. Parafraseando al comentarista Gordon Fee: “La cristiandad cultural ha llevado a que muchos creyentes adopten una fe superficial, evitando el discipulado radical que Pablo enseña.”
La angustia legítima del pastor
Este es un punto clave. Pablo describe la razón por la que envió a Timoteo: la preocupación pastoral. Esto es amor pastoral. Su deseo de informarse sobre la fe de ellos nacía de un hecho que Pablo conocía bien: Satanás siempre está operando para detener o estorbar la fe de los creyentes.
No es una posibilidad; es un hecho. Cristo mismo lo padeció. Y Pedro dice que el diablo es como un león rugiente que busca a quién devorar (1 P. 5:8). La parábola del sembrador nos dice lo primero que hace Satanás: roba la semilla (Mt. 13:19). Satanás ciega el entendimiento (2 Co. 4:4), busca extraviar los sentidos de los creyentes (2 Co. 11:3), y la tentación es una realidad en cualquier creyente (Stgo. 1:12-18).
Pero Pablo tampoco ignoraba la soberanía de Dios. Sabía que la elección de ellos era una obra divina. Sin embargo, solo los frutos muestran que ese decreto es genuino. Sabía teológicamente que los elegidos perseveran, pero no tenía acceso al libro de la vida; tenía acceso a una iglesia bajo persecución cuya fe estaba siendo probada.
La omnisciencia es un atributo divino, no de los pastores, y por eso muestran preocupación.
Esta es una genuina preocupación de cualquier pastor que ama a su congregación. Es una angustia legítima, porque el pastor opera desde abajo, viendo lo que es visible —frutos, resistencia bajo prueba—, no desde arriba leyendo el decreto eterno. Y es también una preocupación legítima para todo cristiano que discipula a otro. Epafras estaba preocupado por los colosenses (Col. 4:12); Epafrodito por los filipenses (Fil. 2:25-26). La omnisciencia es un atributo divino, no de los pastores, y por eso muestran preocupación. De hecho, Cristo era omnisciente, sabía lo que ocurriría con Pedro y, sin embargo, oró por él para que su fe no faltara (Lc. 22:32).
Cuando las noticias son buenas nuevas
Si los versículos anteriores eran como tratar de aguantar la respiración, estos son el momento en que se puede volver a respirar. Timoteo regresó, y las noticias son “buenas nuevas” —en griego, evangelizo, que es la única vez en el Nuevo Testamento que se utiliza el término con otro sentido que no sea el del evangelio. La atmósfera es totalmente diferente (1 Tes. 3:6-8).
Las buenas nuevas que trajo Timoteo estaban compuestas por cuatro cosas. Primero, su fe: el asunto de mayor importancia para Pablo, la cuestión vertical que define la relación de ellos con Dios, y el asunto que debe importarnos a todos. Segundo, su amor: la cuestión horizontal, el trato entre ellos como iglesia. Gál. 5:6 es la mejor explicación de este texto; es la analogía de la Escritura lo que aquí nos ayuda a comprender qué pasaba con ellos y lo que satisface el corazón de Pablo como su pastor. Tercero, la actitud que tenían hacia Pablo, Silas y Timoteo: un recuerdo cariñoso. Esto refleja que los tesalonicenses no se tragaron cualquier versión que les hubieran contado sobre Pablo y sus compañeros. En pocas palabras, no sospechaban nada de ellos. Los amaban y tenían gratos recuerdos. Es muy difícil ministrar cuando una iglesia vive en sospechas de su pastor o pastores. Cuarto, deseaban verlos: los extrañaban. Nadie extraña lo que no ama. Es preciosa la reciprocidad pastoral con la iglesia.
No hay nada que mantenga con tanta vitalidad a un pastor como saber que los creyentes están firmes.
Los vv. 7-8 definen el asunto principal: esta es la razón que sostiene a Pablo en aflicción y necesidad. Sus aflicciones reciben alivio por medio de la fe de los creyentes. No hay descripción de esas aflicciones, pero sí una confesión de que, pastoralmente, no hay nada que mantenga con tanta vitalidad a un pastor como saber que los creyentes están firmes. Es un medio de gracia por el cual Pablo es alentado.
De la gratitud a la oración
Pablo expresa, a través de una pregunta retórica, que no hay gratitud suficiente (1 Tes. 3:9-10). Y lo que hace es orar. Hoy diríamos que “no empezó a publicar fotos, anuncios y posteos en redes sociales sobre lo que pasaba entre las personas que habían creído en Cristo por su predicación”. Pablo iba a la presencia de Dios con gozo. Gozo y oración son las dos caras de una misma moneda. Pablo “apila” palabras cuando dice que ora con gran insistencia, como diciendo: “super-hiper-recontra-siempre oramos”.
En lugar de estar reprendiendo al diablo por la oposición y las tentaciones, dedica tiempo a orar —mucho tiempo a orar— y mientras lo hace, continúa pidiendo dos cosas: verlos otra vez, y enseñarles más, que es lo que comunica “completar lo que falte a vuestra fe” —lo cual se anticipará en los capítulos 4 y 5.
Cristo, el Pastor ejemplar
Pero nunca nos podemos quedar con Pablo, con el hombre. Él dijo que lo imitaran así como él imitaba a Cristo. ¿Hay una ilustración de Cristo como Pastor amado aquí? Claro que sí. Él amó a sus ovejas (Jn. 10:11-16), protegió a sus ovejas (Jn. 10:2-5), agradeció por sus seguidores (Mt. 11:25-30) e intercedió por los suyos (Jn. 17:6-26).

