Teología

El gran intercambio de la Pascua

Ricardo Daglio 14 min de lectura

Existe un experimento mental conocido como el síndrome de la rana hervida. La premisa sostiene que si una rana se coloca repentinamente en agua hirviendo, saltará de inmediato; pero si se la coloca en agua tibia que se lleva lentamente a ebullición, no percibirá el peligro y se cocerá hasta morir. La historia suele usarse como metáfora de la incapacidad —o la falta de voluntad— de las personas para reaccionar ante amenazas siniestras que surgen de manera gradual, en lugar de hacerlo de repente.

Creo firmemente que nuestra vida cotidiana como cristianos enfrenta esa misma amenaza sigilosa. Y lo único que nos hará saltar, como la rana al agua hirviendo, es mantener firme nuestro entendimiento y nuestra meditación de la cruz, la muerte sustitutiva de Cristo, comprendiendo cada vez más sus implicaciones.

Solamente Dios pudo sintetizar esto en veinte palabras en español —quince en el griego original— en 2 Corintios 5:21.
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él“.

Este texto nos recuerda que la cruz no fue una tragedia, sino teología. Es donde aprendemos que la teología bíblica y la comprensión de los términos y conceptos del Antiguo Testamento son indispensables para valorar la cruz de Cristo. La cruz es inescrutable: que en el cielo Cristo sea visto como un Cordero nos recuerda permanentemente el Calvario. La adoración en el Apocalipsis está centrada en el Cordero inmolado (Apocalipsis 5:6, 12). En el cielo no habrá otro tema que la cruz; será el asunto primordial y la razón de nuestra adoración.

Entender la redención es entender el peso de 2 Corintios 5:21. Siendo un asunto inescrutable, resulta, a la vez, profundamente bendecido notar cómo en al menos tres partes —sencillas, pero no por eso menos profundas— Dios nos invita a mantenernos ocupados en nuestra contemplación, para luego ver cómo nuestra vida práctica es afectada de forma profunda, constante y creciente.

Ningún otro tema es tan central ni tan generativo para cualquier otra doctrina y práctica de la iglesia. La cruz modifica, regula, sostiene y alimenta permanentemente toda la vida de la iglesia en todos sus aspectos imaginables e inimaginables. Por eso temo que, como ranas, vamos siendo cocinados por las atracciones, distracciones y vanidades de esta vida que tienden a debilitar nuestra imprescindible necesidad de volver diariamente a la cruz.

Somos vencidos por cualquier distracción y procrastinación que produce atracción en el corazón, pero no logramos enamorarnos de las riquezas del Calvario como lo estaba Pablo, sencillamente porque no dedicamos tiempo a examinar textos como este. La sencilla expresión de Pablo —“el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20)— es suficiente para percibir su celo por Cristo y su incansable labor misionera.

¿Qué vemos en este texto?

1. Lo que Cristo trajo a la cruz (su impecabilidad)
2. Lo que Dios hizo en la cruz (lo hizo pecado)
3. Lo que nosotros recibimos en la cruz (su justicia)

Antes de ingresar a esas tres realidades, conviene ubicar el texto en su contexto. En 2 Corintios, Pablo escribe defendiendo su apostolado y el ministerio de la reconciliación. El argumento de los capítulos 3–6 establece la superioridad del nuevo pacto sobre el antiguo y la naturaleza del ministerio apostólico como embajada de Cristo. El versículo 21 no es una declaración aislada; es el fundamento teológico de todo lo que Pablo acaba de decir. Es la respuesta al ¿cómo? de la reconciliación de los versículos 18 y 19.

El movimiento teológico desde el versículo 14 es claro

v. 14 – El amor de Cristo nos constriñe: uno murió por todos.
v. 15 – El propósito de esa muerte es que vivamos para él.
v. 16-17 – El resultado es una nueva creación, una nueva perspectiva.
v. 18-19 – El origen de todo es Dios mismo: la reconciliación proviene de él.
v. 20 – Requiere la proclamación de un mensaje: “Reconcíliaos con Dios.”
v. 21 – El fundamento de ese mensaje es el Gran Intercambio: cómo lo hace Dios.

Hay un sujeto único y decisivo en este versículo: quien actúa es Dios. El contexto del versículo 18 lo confirma. Lo que vamos a ver no es obra de los romanos ni de los judíos. La cruz no fue una tragedia de la humanidad. Es la obra y el deseo de Dios. Dios nunca ha perdido el control de nada en la historia del universo.

«Al que no conoció pecado…»
“tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” — así describe Hebreos 4:15 al Señor Jesucristo. El Nuevo Testamento documenta con claridad que vivió una vida absolutamente impecable: “no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2:22); “no hay pecado en él” (1 Juan 3:5); fue “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (Hebreos 7:26). El mismo Señor desafió a sus oyentes: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46); y declaró respecto al príncipe de este mundo: “él nada tiene en mí” (Juan 14:30).

Y desde el Antiguo Testamento, en el contexto de la Pascua en que Cristo murió, el cordero debía ser sin mancha (Éxodo 12:5). Es lo que Juan el Bautista proclamó al verlo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Es el macho cabrío expiatorio —Azazel— que carga los pecados del pueblo (Levítico 16:20–22).

La expresión “no conoció pecado” no se refiere a conocimiento intelectual. Como Dios, Cristo conocía perfectamente lo que era el pecado; su omnisciencia no tiene límites. Se trata de un conocimiento experiencial y relacional: Cristo nunca tuvo relación personal con el pecado; nunca lo experimentó como propio. La negación indica una cualidad inherente, no meramente circunstancial.

El pecado le era tan extraño a Cristo como la oscuridad le es al sol. El sol puede iluminar la oscuridad, puede entrar en ella, pero no puede ser oscuridad; no está en su naturaleza. Cristo no era ignorante del pecado: era inmune a él.

Conviene aclarar un posible malentendido: cuando Cristo fue tentado, sí experimentó todo el peso de la tentación, pero no sucumbió a ella. Es como el oro puro: no importa la temperatura a la que se lo eleve; se fundirá, pero siempre será oro puro, sin escoria alguna.

Cristo no vino como un buen ejemplo. Cristo vino como sustituto

Nosotros no solo conocemos el pecado intelectualmente, sino también experiencialmente, en toda forma y manera. La Biblia y nuestra propia experiencia lo atestiguan (Romanos 1; 3; Isaías 59). Eso es exactamente lo que hace a Cristo completamente distinto. Si no comprendemos que Cristo trajo a la cruz su impecabilidad, no podremos entender nada del resto del versículo ni del mensaje que transmite.

LO QUE DIOS HIZO EN LA CRUZ: LO HIZO PECADO

«…por nosotros lo hizo pecado…»

Esto es un hecho completo, una acción acabada en el pasado. Es como si vieras una fotografía de algo, no un video en desarrollo.

Sin duda, este es el punto más alto, más dramático y más profundo, tanto teológica como prácticamente: Dios hizo pecado a su Hijo. Si Dios es el sujeto —quien lleva a cabo la acción “lo hizo”—, Cristo es el predicado. El predicado es lo que se afirma de alguien: Juan es médico, José es empleado, María es ama de casa. Y aquí: Cristo es pecado.

Lo que alguien es normalmente se refleja en lo que hace: el médico practica medicina, el empleado trabaja como tal. Pero aquí ocurre algo completamente distinto. El texto dice que Cristo fue hecho pecado… y sin embargo, Cristo nunca practicó el pecado. Nunca lo vivió. Nunca lo experimentó. Entonces, ¿qué significa? Que no fue hecho pecador, sino que fue tratado como pecado. Dios lo colocó en el lugar que le correspondía al pecador y lo trató como si fuera el pecado mismo.

Esto se llama imputación. No una transferencia de corrupción moral, sino una transferencia de culpabilidad legal. Como lo formuló John Murray: la imputación es doble: el pecado nuestro fue puesto sobre Cristo, y la justicia de Cristo fue puesta sobre nosotros. Ambos movimientos son forenses, no transformativos en su naturaleza inmediata.

¿Qué es el pecado según la concepción bíblica? “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

Dios había dicho a Adán: “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Comer fue el primer pecado: desobediencia. Cristo no violó Génesis 2:17, pero murió la muerte que ese versículo prometía. ¿Por qué? Porque Dios le imputó el pecado de quienes sí lo violaron: en Adán y en sus propias transgresiones personales.

Considera ahora Santiago 2:10: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos.” Esto nos coloca bajo maldición.

Lee entonces Gálatas 3:13: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).”

El argumento de Gálatas 3:10–14 es preciso

v. 10 — Cita Deuteronomio 27:26: premisa que la ley maldice a todo aquel que no la cumple en su totalidad.
v. 11 — Nadie es justificado por la ley (cita Habacuc 2:4).
v. 12 — La ley no es de fe, sino de obras (cita Levítico 18:5).
v. 13 — Cristo nos redimió de esa maldición haciéndose maldición él mismo (cita Deuteronomio 21:23).

Pablo no dice “la maldición de un mandamiento”, sino “la maldición de la ley”. Es la ley como sistema completo, como pacto, la que pronuncia maldición. Y esa maldición abarca Deuteronomio 27–28 y Levítico 26:

  • Deuteronomio 27:15–26 — La liturgia de maldiciones en el monte Ebal: doce maldiciones que cubren idolatría, deshonra a los padres, injusticia, inmoralidad sexual, violencia y soborno, cerradas con la maldición totalizante del versículo 26, que Pablo cita en Gálatas 3:10.
  • Deuteronomio 28:15–68 — Las consecuencias desplegadas: enfermedad, derrota, locura, exilio, esclavitud, horror. Son 53 versículos de maldiciones frente a solo 14 de bendiciones (28:1–14). Es el catálogo completo de lo que significa estar bajo la ira del pacto de Dios.
  • Levítico 26:14–46 — Las maldiciones del pacto sinaítico en cinco ciclos de intensidad creciente (vv. 16, 18, 21, 24, 27), culminando en la desolación de la tierra y el exilio. La ley funciona como unidad: violar un punto es ser culpable de todo (Santiago 2:10). La maldición que Cristo cargó no fue parcial: fue la maldición completa del pacto violado en su totalidad.

Cuando Pablo dice que Dios “lo hizo pecado”, no habla en abstracto. Detrás de esa frase está todo el peso de Deuteronomio 27–28 y Levítico 26, cada maldición que Dios prometió a los transgresores de su pacto: el desamparo, el rechazo, la muerte. Cristo no cargó una maldición simbólica. Cargó la maldición que tenía tu nombre, toda la furia del pacto de un Dios justo contra el pecado. Y la agotó. No quedó nada.

Nótalo en su cumplimiento concreto

Esto nos conduce a Getsemaní y a una de las imágenes más poderosas de toda la Biblia: la copa.

Cuando Cristo ora pidiendo que el Padre “pase esta copa” (Mateo 26:39), no está hablando de manera vaga. En la Biblia existen dos copas radicalmente opuestas. Por un lado, la copa de bendición, porción y salvación: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa” (Salmos 16:5); “mi copa está rebosando” (Salmos 23:5); “tomaré la copa de la salvación” (Salmos 116:13). Por el otro, la copa de ira y juicio: “el cáliz está en la mano de Jehová, y el vino está fermentado… y lo beben todos los impíos de la tierra” (Salmos 75:8); “la copa de su ira… el cáliz de aturdimiento” (Isaías 51:17, 22); “Toma de mi mano la copa del vino de esta ira, y da a beber de ella a todas las naciones” (Jeremías 25:15–16).

La copa de Getsemaní no es ambigua. Es la copa de la ira divina: la misma copa que Isaías, Jeremías y Ezequiel describen como el juicio de Dios contra el pecado. Jesús lo sabe, y por eso la agonía. No es miedo a la muerte física; es la realidad de recibir la copa que contenía toda la furia del pacto de Dios.

El intercambio de copas es la expresión narrativa de lo que Pablo dice en lenguaje forense: el que tenía la copa de comunión perfecta con el Padre —“el que no conoció pecado”— recibe la copa de juicio —“lo hizo pecado por nosotros”—, para que nosotros, los que merecíamos la copa de ira, podamos tomar la copa de la salvación (Salmos 116:13) y decir con el salmista: “Jehová es la porción de mi copa” (Salmos 16:5).

LO QUE NOSOTROS RECIBIMOS EN LA CRUZ: SU JUSTICIA

«…para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.»

Aquí se expresa el propósito de Dios: “para que.” Todo el sufrimiento de Cristo tiene un propósito deliberado. La cruz no es tragedia; es teología.

Este es el punto más alto de la doctrina de la justificación. Es la sustitución. Es una acción legal. Así como el pecado no fue una infusión en la persona de Cristo, la justicia tampoco es una infusión en los que creen. La justicia es imputada: puesta a favor, acreditada en la cuenta del pecador.

“En él” es una expresión recurrente en todo el Nuevo Testamento y siempre significa lo mismo: solo en los méritos de Cristo y en unión con él es posible ser vistos como justos delante de Dios.

Dios trató a su Hijo como si fuéramos nosotros, y a nosotros como si fuéramos Cristo

Lo formuló con precisión Charles Hodge: “Lo que se quiere decir es que así como Cristo fue tratado como pecador aunque no lo era, nosotros somos tratados como justos aunque no lo somos. La justicia sobre cuya base somos así tratados es la justicia de Dios; es una justicia perfecta, divina.”

Esta es la razón por la que la Biblia habla de ser vestidos con vestiduras de salvación y rodeados de manto de justicia (Isaías 61:10). Es la justicia en la que Pablo quiere ser hallado (Filipenses 3:9). Es porque el salmista sabe que si Dios mira los pecados nadie puede estar en pie, pero que por eso el perdón está en Dios para que sea reverenciado (Salmos 130:3–4). Es porque Dios puede alejar nuestros pecados tan lejos como está el oriente del occidente (Salmos 103:12). Es porque puede deshacer nuestras rebeliones como niebla y nuestros pecados como nube (Isaías 44:22). Es porque puede echar nuestros pecados a lo profundo del mar (Miqueas 7:19). Es el argumento central del evangelio (Romanos 3:22–26). Es porque en ningún otro hay salvación (Hechos 4:12). Es por todo esto que la Biblia puede decir con tanta sencillez: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31).


Veinte palabras en español. Quince en griego. Y sin embargo, toda la eternidad no alcanzará para agotar su profundidad. La rana que no salta muere sin saberlo. El cristiano que no vuelve diariamente a la cruz se enfría sin notarlo. Que este texto nos mantenga despiertos, enamorados del Calvario, y firmes en la única justicia que puede sostenernos delante de Dios: la de aquel que no conoció pecado, y que fue hecho pecado por nosotros.

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