sermones

La palabra que actúa eficazmente

Ricardo Daglio 9 min de lectura
Serie 1 Tesalonicenses
Capítulo 2:13-16

Muchos conocemos los medicamentos de acción prolongada: no actúan de golpe, sino que estabilizan al paciente de manera sostenida en el tiempo. Eso es, espiritualmente hablando, lo que la Palabra de Dios hizo en la iglesia de Tesalónica desde el primer día que les fue predicado el evangelio. Y lo que estos versículos nos muestran no es una experiencia extraordinaria reservada para pocos, sino verdades objetivas y repetibles en la vida de cualquier creyente. Pablo desarrolla esta verdad en 1 Tesalonicenses 2:13-16.

Una Palabra que hace lo que promete

La segunda vez que Pablo expresa gratitud por los tesalonicenses en esta carta —la primera la encontramos en 1:2-3— tiene un foco diferente. No es tanto la fidelidad de ellos lo que lo llena de gozo, sino la manera en que la Palabra de Dios hizo la obra en ellos. Pablo sabía esto porque Timoteo le había traído noticias de su estado (3:6-8), y eso lo llevó a dar gracias con precisión: “por lo cual”, dice, enlazando esta gratitud con todo lo que acaba de describir sobre su vida y ministerio entre ellos.

Hay algo que vale la pena detenerse a considerar: cuando los predicadores confían más en sus habilidades —en la elocuencia, en el manejo del lenguaje, en la hermenéutica— pueden producir oyentes instruidos, pero nunca verán convertidos. Pablo podía dar gracias porque los tesalonicenses recibieron la Palabra de Dios como lo que realmente es. Eso no es poca cosa. Y lo que sabemos de la forma en que él predicaba lo confirma Hechos 17:4: “Y algunos de ellos creyeron, y se juntaron con Pablo y con Silas; y de los griegos piadosos gran número, y mujeres nobles no pocas.” Era su costumbre hasta el final (Hch. 28:23-24).

El texto usa dos veces la palabra recibir, y no es casual. La primera tiene que ver con abrazar objetivamente, como cuando José recibió a María como su mujer (Mt. 1:24). La segunda va más profundo: darle entrada completa a la Palabra. Y eso solo ocurre cuando Dios mismo opera en la predicación. Es la parábola de la semilla, es la conversión de Lidia, es lo que Pablo recordaba a los corintios: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis” (1 Co. 15:1). La Biblia es inspirada por Dios (2 Ti. 3:16; 2 Pe. 1:21), y Cristo mismo dijo de sus palabras: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Jn. 6:63). Por eso los predicadores bíblicos no predican ideas sobre la Biblia, sino la Biblia misma: porque es lo que Dios usa.

Y hay algo más. Lo maravilloso del evangelio verdadero es que una vez que Dios da vida por Su Palabra, sigue dándola por esa misma Palabra. El vocablo que Pablo usa —”actúa eficazmente”— habla de un efecto que permanece en el tiempo. No es un impacto momentáneo. No fue solo algo que escuchaste un día y te emocionó. No fue solo el momento de tu conversión. Es lo que Dios prometió: “así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Is. 55:11). “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, los huesos y los médulas, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (He. 4:12). Ella nutre (1 Pe. 1:23), edifica (Hch. 20:32), y sostiene el crecimiento en la vida del hijo de Dios a lo largo de toda su vida (Fil. 1:6; 1 Pe. 5:10). ¿Continúa la Palabra de Dios obrando en tu vida?

Lo que la Palabra produce en quienes la reciben

Cuando la Palabra de Dios da vida a los creyentes, produce inmediatamente algo que se convierte en evidencia: una imitación. Pero no una imitación programada ni metódica. Podés ver las sectas andando por la calle con una apariencia de imitación que es el resultado de un método. Esto es diferente. Lo que ocurrió en Tesalónica es parte de un patrón que se repite: lo mismo había pasado en Jerusalén, en Antioquía, y continuó a lo largo de toda la historia de la iglesia. La Biblia nos invita a imitar la fe de los pastores cuando su conducta ha sido observada cuidadosamente: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe” (He. 13:7). Pero la imitación fundamental no viene de la observación sino del Espíritu Santo, como ese patrón natural que marca la vida de Dios en su iglesia (2 Pe. 1:2-4).

La segunda evidencia es quizás la más incómoda de aceptar: la perseverancia en medio del sufrimiento. Solo basta un repaso del libro de Hechos para descubrir que los padecimientos de los creyentes son absolutamente normales cuando la gracia de Dios ha obrado en sus vidas. Pablo mismo se los había advertido cuando todavía estaba con ellos: “pues cuando estábamos con vosotros, os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones; como ha acontecido, y sabéis” (1 Ts. 3:4). El Señor también lo anunció: “los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt. 10:36). A los Filipenses Pablo fue más directo aún: “porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (Fil. 1:29).

La fe genuina no solo transforma la vida; también redefine las relaciones, y a veces expone oposición donde uno menos lo esperaba. Los padecimientos son recurrentes, y son evidencia de que Dios ha obrado.

El efecto inevitable del rechazo

Los versículos 15 y 16 son también, para los tesalonicenses, una fuente de aliento. Lo que estaban viviendo no era algo aislado ni arbitrario. La oposición que sufrían tenía una lógica clara, y Pablo la traza desde su raíz.

Todo comienza en el corazón: el odio a Cristo. Los que no reciben el amor de la verdad para ser salvos manifiestan su enemistad de manera continua. Lo que pasó históricamente con Cristo es lo que sigue pasando espiritualmente. Él mismo lo dijo: “El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn. 15:20). Y así como aborrecieron a Cristo, aborrecieron a todo el que lo representaba. Esteban lo recordó en su sermón ante el Sanedrín: “¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo” (Hch. 7:52).

Ese odio se manifiesta luego en acción: agresión al pueblo de Cristo. Los que rechazan el evangelio viven desagradando a Dios y aborrecen a quienes sí lo honran. “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19). Y la forma más práctica de expresar esa oposición es estorbar la predicación del evangelio, que es exactamente lo que vemos en Hechos 17 con los judíos que reaccionaron violentamente contra Pablo en Tesalónica.

El punto final es el más solemne: el juicio de Dios. La mejor forma de entenderlo son las propias palabras del Señor: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36). Pablo lo expresa como algo que ya estaba ejecutado, de la misma manera que ocurrió con el diluvio o con los amorreos (Gn. 15): el juicio de Dios sobre quienes rechazan Su Palabra está definido, aunque aún no se haya consumado plenamente. El efecto del rechazo sigue una progresión clara: comienza en el corazón —odio a Cristo—, se manifiesta en acción —agresión al pueblo—, se extiende en propósito —oposición al evangelio— y termina en consecuencia divina: el juicio de Dios.

Lo que la Palabra deja en nosotros

Debemos ver los efectos de la Palabra de Dios en nuestros corazones: imitando a Cristo y a los creyentes que han sido fieles, mostrando evidencias claras de su poder aún en medio de la oposición. La Palabra de Dios tiene poder para edificarnos, proveer gracia a diario y sostener una vida que agrada a Dios. No seguimos un método; imitamos a Cristo y su vida piadosa como resultado de la naturaleza divina de la cual somos participantes desde el día de nuestra conversión.

Si la Palabra de Dios solamente es una serie de datos e información para tu vida, tarde o temprano terminarás rechazando la verdad, deshonrando a Dios y evidenciando que la justa condenación divina no se tarda. El único que puede librarnos de la ira venidera es el Señor Jesucristo, quien recibió toda nuestra condenación sobre sí mismo en el Calvario. Arrepentimiento y fe en ese mensaje es el camino.

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