EL GRAN DIOS DETRÁS DE UN GRAN LÍDER

Introducción al libro de Josué

Por qué no podemos ignorar el Antiguo Testamento

Enseñar un libro del Antiguo Testamento es todo un desafío. Con frecuencia, los libros del AT quedan de lado a la hora de escoger qué predicar: exigen trabajar secciones más extensas, el idioma hebreo presenta más dificultades que el griego, los factores culturales demandan un estudio considerable y, en general, estamos más familiarizados con el Nuevo Testamento.

Sin embargo, hay razones de peso para no esquivarlo. El Nuevo Testamento nos recuerda que “toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Ti. 3:16) y que por medio de ella tenemos esperanza gracias a la paciencia y la consolación que nos concede (Ro. 15:4). Pablo les dice también a los corintios que las cosas escritas antes lo fueron para nuestra enseñanza, especialmente para que no reproduzcamos los malos ejemplos (1 Co. 10:11). El AT tiene, entonces, un valor profundamente didáctico y espiritual.

Predicar el AT es la manera de proclamar “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27). Es el mejor camino para aprender a interpretar correctamente el NT, cuya teología descansa sobre la revelación veterotestamentaria. Y es, ante todo, la antesala necesaria para comprender la persona y la obra de Cristo (Lc. 24:27).

Josué en la trama redentora

El libro de Josué ocupa en relación al Pentateuco el lugar que Hechos ocupa respecto a los Evangelios: es una transición única en la que Dios está presente e involucrado en su revelación. Para entenderlo plenamente, es indispensable conocer bien el Pentateuco y, en particular, el Deuteronomio.

El libro de Josué es la demostración de la fidelidad de Dios en cumplir sus promesas. Es la demostración de que ningún hombre es imprescindible para Dios. Es la demostración de que Dios está detrás de cualquier hombre al que llama a liderar. Es la demostración de que la fidelidad de Dios no está condicionada por la infidelidad del hombre.

El libro introduce a Josué de tal manera que el lector sabe que no se trata de un desconocido. Pero lo más destacable del inicio es que Dios toma la iniciativa: Moisés ha muerto, Josué es el sucesor, pero es Dios quien pone en marcha la obra que Josué deberá llevar a cabo — “Jehová habló a Josué” (Jos. 1:1).

En la historia de Israel se destacan tres momentos fundacionales: con Abraham, el inicio de una raza (Gn. 12), alrededor del año 2000 a. C.; con Moisés, la formación de una nación; y con Josué, la obtención de una tierra. Estas tres realidades están íntimamente relacionadas y forman un cordón que no puede separarse, aunque su cumplimiento completo todavía no ha sido plenamente revelado.

Al estudiar Josué no podemos distraernos con los árboles y perder el bosque. La historia de Josué, importante como es, es un eslabón más en la cadena del desarrollo redentor de Dios, quien es el personaje principal de toda Su revelación. El evangelio está presente en distintas formas a lo largo de este libro, algo que iremos descubriendo poco a poco.

Un líder formado por Dios

Un repaso con la concordancia permite trazar con precisión el proceso por el cual Dios fue formando a Josué para convertirlo en el líder que introduciría a Israel en su tierra y luego la repartiría entre las tribus. La historia personal de Josué comienza mucho antes del libro que lleva su nombre.

El poder de Dios y el juicio a la rebelión — Éxodo 17:8-16

La vara de Dios en la mano de Moisés es figura del poder de Dios. Cuando Josué destruyó a Amalec, se erigió como general del ejército y aprendió que Dios no hace concesiones con la rebelión (Ex. 17:14). También aprendió que lo que Dios haría con Amalec estaba registrado en un libro: la relación entre Josué y el libro de la ley comienza desde su primera aparición como general. Poder de Dios, Palabra de Dios, punición de Dios.

La gloria de Dios y su cercanía — Éxodo 24:13

En su preparación, Josué aprendió que no es posible vivir en dicotomía: en dos mundos separados, uno secular y otro espiritual. Dios está cerca en su gloria; es trascendente, pero no distante. Una lección sobre cómo vivir en la presencia de Dios era indispensable para un líder espiritual. Aprenderemos que Dios estaría con Josué; pero aquí vemos que Josué comprendió, además, que él podía acercarse a Dios.

La santidad de Dios — Éxodo 32

Este acontecimiento quedó grabado de manera imborrable en la memoria de Josué. La falta de discernimiento que aquella situación dejó al descubierto (Ex. 32:17) le enseñó algo fundamental: hay momentos que revelan la condición del corazón, y es especialmente necesario que un futuro líder descubra su incapacidad para distinguir lo precioso de lo vil, tal como advierte el profeta: “Si entresacas lo precioso de lo vil, serás mi portavoz” (Jer. 15:19). Un líder que será usado por Dios necesita tener en claro que la santidad de Dios no es negociable. Josué estaba siendo testigo de lo que Pablo dejaría en claro más adelante en Romanos 1. De acuerdo a la tradición, los hijos de Israel colocaron el nombre de Dios sobre el becerro de oro; Josué debió aprender entonces que usar meramente el nombre de Dios no es suficiente (Is. 29:13).

La comunión con Dios — Éxodo 33:9-11

Una lección simple pero indeleble: la comunión íntima con Dios es insustituible para un líder espiritual (Sal. 25; 1 Co. 1:9).

Los planes de Dios — Números 11:24-29

Josué tenía un celo excesivo por Moisés, una centralidad puesta en el hombre que Dios debía erradicar de su vida para formarlo como líder de la nación. Un líder no debe confundirse atribuyendo al hombre lo que le corresponde a Dios. Nadie es imprescindible.

La convicción por encima de las apariencias — Números 14:6-9

Josué y Caleb fueron la minoría con la respuesta correcta. Nunca dudaron de Dios aunque las circunstancias y la mayoría lo daban todo por perdido. Los hombres que Dios usa en el liderazgo no se detienen ante situaciones pragmáticas; avanzan confiados en lo que Dios ha dicho. Esta lección probablemente perduró en Josué toda su vida: de los aproximadamente 2,4 millones de judíos que salieron de Egipto, solo tres contemplaron la Tierra Prometida desde los llanos de Moab, frente a Jericó — Moisés, Josué y Caleb (Nm. 26:65).

Dios es el único soberano en la elección de líderes — Números 27:18-23

“Después de todos los años de preparación, Josué estaba ahora señalado en presencia del pueblo de Dios como el hombre elegido por Dios. Habría aprendido así que el liderazgo, si es real, no procede de los hombres. Ni siquiera de Moisés, sino solo de Dios. Los hombres pueden mandar, pero el liderazgo no deriva de ellos. Los hombres, incluso los hombres cristianos, pueden generar liderazgo, pero el liderazgo generado por los hombres solo está al nivel de cualquier liderazgo humano y no traerá más resultados espirituales verdaderos que cualquier carisma humano.” — Francis Schaeffer, Josué y el fluir de la historia bíblica

La presencia y los recursos de Dios — Deuteronomio 31:2-8, 14-15

Lo que Moisés oyó al inicio de su ministerio es ahora lo que Josué escucha a las puertas del suyo. Dios ha prometido estar con el líder y con su pueblo. La razón por la que el pueblo de Dios no debe tener temor no es que cuente con un Moisés o un Josué, sino que tiene la certeza de la presencia de Dios. Lo que Josué contempló desde su juventud en el tabernáculo lo ve confirmado al llegar a la madurez: la originalidad no es necesaria para servir a Dios, sino los mismos recursos que Él ha ordenado.

Dios es imprescindible, los hombres no — Deuteronomio 34:7-8

Quizá es la última lección que Josué recibió antes de tomar el liderazgo: ningún hombre es imprescindible para Dios. Pero también subraya que ningún hombre es igual a otro — así es en la iglesia (1 Co. 12).

Al final de su vida, Josué llamó a todos a tomar una decisión: servir o no servir a Dios. Cómo terminamos es tan importante como cómo marchamos; ambas cosas van de la mano. Josué mantuvo su relación con Dios y su testimonio de líder hasta el día de su muerte. Cometió errores, tuvo momentos de debilidad, pero al final demostró con su vida que Dios estaba detrás de todo lo que había hecho.

El evangelio en el libro de Josué

Los hombres y mujeres que son una joya para este mundo son aquellos que han sido redimidos por la sangre de Cristo; los que aprenden que Dios es todo y que ellos no son nada aparte de Él. Esta convicción solo es posible cuando el evangelio nos hace nuevas criaturas. El evangelio nos enseña sobre la santidad de Dios, sobre su soberanía, sobre la limitación humana.

Jesucristo vino a este mundo como el verdadero Josué, el Salvador de nuestros pecados. Josué guió al pueblo hacia un descanso terrenal; Jesús lo hace hacia un descanso espiritual (He. 4:8).




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